Galería gaditana VI, historia

ARTE

El edificio del Senado acoge dos estampas históricas con Cádiz como protagonista

MATÍAS MORENO. 'Alfonso X tomando posesión del mar, despues de apoderarse de la plaza de Cádiz'.
Manuel Caballero

08 de agosto 2008 - 05:00

Situado en la madrileña Plaza de la Marina Española, el edificio del Senado se alza sobre la construcción del antiguo Convento de los Agustinos Calzados. Mandado levantar por Doña María de Aragón hacia 1581, su iglesia, convertida hoy en Salón de Plenos, albergó un retablo mayor cuya traza, pinturas y esculturas se debían a la invención y manos de El Greco.

Más tarde, ya en época napoleónica, el edificio restaba bastante maltrecho, sirviendo, no obstante para albergar, en 1814 a las Cortes provenientes de Cádiz.

Desde entonces, se fueron acometiendo sucesivas modificaciones, que mediada la Desamortización del infausto Mendizábal, terminan por obviar su primitivo carácter religioso, para convertirlo hoy en sede de la cámara senatorial.

Contiene el Palacio, además de una excelente y solitaria Biblioteca, una colección pictórica no menos notable, iniciada por el Marqués de Barzanallana, Presidente del Senado entre 1876-1881, que con idea de dotar al edificio de obras de arte de carácter didáctico y ejemplar, elabora un cuidadoso programa iconográfico, en el que, sin desatender otros géneros, la pintura de historia ocupa un lugar preeminente.

En efecto, ahí están representados los grandes nombres del historicismo decimonónico: Álvarez Dumont, Cano de la Peña, Casado del Alisal, Ferrant, Jadraque, Luna y Novicio, Martínez-Cubells, Moreno Carbonero, Muñoz Degrain, Pradilla, Rodríguez de Losada o Alejo Vera, entre otros; con obras como la de la decapitación de Don Álvaro de Luna, las que recrean la rendición de Granada o la entrada de los almogávares en Constantinopla, la siempre emocionante Los dos caudillos, o las liturgias catacumbarias de los primeros cristianos.

En este estupendo conjunto, destacan dos lienzos que por sus temas relacionados con la historia gaditana, vamos a reseñar aquí con más detenimiento.

El primero se debe a Matías Moreno (1840-1906). Ejecutado en 1866, se titula Alfonso X tomando posesión del mar, después de apoderarse de la plaza de Cádiz. Bajo un brillante celaje, se alza, al fondo una formidable muralla que limita el océano. Sin duda se trata de las defensas que, según refiere Adolfo de Castro, mandó erigir el Rey Sabio tras la conquista en 1262, y no, como se ha supuesto alguna vez, la primitiva cerca musulmana. Ante ella se sitúa el grupo del Rey secundado por guerreros, pajes y eclesiásticos. En primer término, un heraldo sobre caballo encabritado se introduce en las aguas, portando un estandarte crucífero. Si bien la tela adolece de un marcado aire teatral, no es menos interesante su acierto cromático, al contrastar el rojo bermellón del vestido real, con la entonación general del asunto, resuelta en fríos tonos verdosos y turquesas, a lo que hay que añadir la presencia de ciertos elementos simbólicos, siendo tal vez el más destacado el pergamino que sostiene un escudero con el blasón de la ciudad, en el que aparece Hércules domador de leones, flanqueado por las columnas, hitos de su periplo hasta este Extremo Occidente. La aparición de esta figura mitológica, junto a las cruces visibles en otras zonas del cuadro, viene a significar una doble restauración: la de la Cristiandad y la de la Tradición Clásica... ("la Cristiandad es Grecia y Roma", apuntaría Francisco Bejarano), que el Rey Sabio resuelve en un solo acto, poético y político. Así, el asunto fue repetidamente plasmado en la pintura gaditana decimonónica, destacando al respecto las telas de Rodríguez de Losada, Cabral Bejarano o Balaca.

La segunda obra referida se debe a Francisco Sans y Cabot (1828-1881). Cabot, que fuera discípulo en París de Thomas Couture, y más tarde director del Museo de El Prado, pinta el Episodio de la batalla de Trafalgar, en 1862. Unos náufragos se resguardan en un escollo rocoso del desastre y la tempestad. Se vale aquí el pintor de la cita histórica para desarrollar un tema, el del naufragio, que ejerció una particular fascinación en el imaginario romántico. Desde Goya y más tarde (por supuesto) Gericault, la lucha del hombre contra la desatada fuerza de la Naturaleza, podía cifrarse en estas escenas en las que, héroe o villano, se ve enfrentado a lo desmesurado, poniendo a prueba su fortuna o valor. El desastre naval de Trafalgar, al que se uniera una terrible galerna, es interpretado por el artista con un marcado eclecticismo, conjugando elementos románticos: el tenebroso y violento escenario, y académicos, en cuanto a la contención cromática y dibujística. Los dos jóvenes marinos que centran la composición triangular, reciben un haz luminoso, tan artificial como efectista; sus gradaciones van destacando las figuras secundarias, cuyas posturas y ademanes de estoica resignación les confiere una ejemplar entereza, más allá de abatimiento.

Esta idealización del comportamiento humano es perceptible en un detalle a la vez secundario e importante: Sans y Cabot evita toda referencia realista, en cuanto, por ejemplo, al mojado de cuerpos y telas, como queriendo salvar a sus personajes de lo contingente del arduo momento, situándolos más allá del peligro, en la región de la derrotas honrosas.

Hace un par de años, cuando se conmemoraba el centenario de la batalla, un grupo de artistas gaditanos fueron convocados a una exposición en la que mostraban su particular y actual visión del hecho. Naturalmente las soluciones fueron otras, pero aportaron nuevas perspectivas iconográficas a un acontecimiento que no ha sido plasmado con frecuencia en nuestro arte, por su naturaleza alejada de esa especie de triunfalismo que denota casi toda la pintura historicista.

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