Fragmentos de sueño, fiebre y duermevela

Los intérpretes de Un poco animal, durante la representación.
Los intérpretes de Un poco animal, durante la representación.
Désirée Ortega Cerpa

11 de noviembre 2008 - 05:00

Como la vida es sueño y los sueños, sueños son, la primera coreografía nos presenta a un desesperado sujeto con impronta de Segismundo. En una lúgubre oscuridad, sólo rasgada por la luz de una video-creación que cumple la función de siniestro telón de fondo, flota una mano en la oscuridad como en una pesadilla o película de terror. La luz se abre paso de forma dificultosa y cuando llega a su plenitud, permanecerá en un ángulo, conformando un angosto rectángulo como espacio de representación, donde se ofrece una coreografía potente, recia, viril y al mismo tiempo grotesca, a veces desesperada, con agitaciones y convulsiones varias, que se desarrolla en una espiral que parece no tener fin y donde todo vuelve a empezar eternamente. El segundo trabajo, sigue en los mismos parámetros estéticos, con empleo de un mayor número de focos pero a media potencia, lo que otorga al espacio escénico un cierto aire onírico, apropiado para la paradoja temporal que se describe. Frente al soliloquio corporal anterior, aquí se presenta un trío -dos mujeres y un hombre- descalzos y con vestuario sport urbano que interpretan una historia rebobinada desde el final hasta el principio. La danza parece seguir los preceptos del "contact improvisación", estilo surgido en Estados Unidos en los setenta, a partir de la investigación de los choques, caídas e impulsos. Así, se puede observar una secuencia plena de saltos, con algo de acrobacia, olor de lucha libre y un roce de capoeira, para describir una historia de violencia que parece flotar en el espacio-tiempo. En definitiva, dos trabajos muy cuidados, pero que por su dureza podrían resultar desagradecidos pero que, sin embargo, el público supo valorar y apreciar adecuadamente.

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