Cultura

Conquistando la Novena

En varias ocasiones he manifestado mi máximo interés por la obra de José María Báez, el pintor nacido en Jerez y afincado en Córdoba, ciudad donde a lo largo de los años ha sido uno de los grandes impulsores del Arte Contemporáneo. Conocí, por primera vez, la obra de este artista, en los primeros años de la década de los ochenta, cuando se encontraba inmerso en una particular figuración llena de ironía que daría paso a aquella obra excelsa, conceptual y, si se me permite, literaria, por aquello de la utilización exacta de textos y citas que generaban esos nuevos espacios pictóricos que tanto entusiasmo creaban y que tan bellos resultados obtenían. A lo largo de estos años, he seguido fielmente la obra de José María Báez y he asistido a una sensata y serena evolución, en la que todo estaba medido minuciosamente y puesto en valor artístico a través de una obra personal y única.

De nuevo, José María Báez vuelve a su galería natural; al espacio expositivo donde, ya, había expuesto anteriormente, de forma individual, en ocho ocasiones, convirtiéndose esta comparecencia en la novena. Por eso, José María Báez, en uno de esos felices guiños que sabe adoptar, ha titulado la muestra como La novena -él que es aficionado al fútbol ha jugado con la forma que los seguidores de un equipo cuentan las victorias en una superior competición futbolística-.

La exposición, con un criterio estético absolutamente distinto al que conocíamos, nos sitúa en lo que pudiéramos llamar universo Báez. La obra, como es norma en su trabajo, es medida, pulcra, inteligente y altamente convincente; en definitiva, el concepto artístico de José María Báez llevado a su máxima potestad. Desde ese inicial punto de partida, el artista nos conduce por un nuevo planteamiento, aunque jugando con esa propuesta doble que casi siempre encontramos en su obra. Se trata de un minucioso trabajo manual a base de recortes de papel que se van expandiendo hasta conformar retículas de diferentes diseños que se van ensamblando y estructurando en formas distintas. La obra adquiere un nuevo sentido plástico; el soporte se aparta del tradicional y busca espacios novedosos en los que se va articulando una nueva entidad pictórica, si se quiere con un sentido extraartístico.

El espectador se enfrenta a una realidad artística en la que los módulos recortados adquieren una, todavía, más poderosa esencia plástica, toda vez que las redes reticulares están sobriamente pintadas con una idea absoluta de lo abstracto. Con todo ello, el artista va distribuyendo los módulos en sistemas expansivos por toda la sala, creando una especie de gran mural que nos lleva a pensar en una instalación. A veces, incluso, estas formas inconexas entre sí, con formas geométricas distintas, se superponen creando laberínticos juegos que acentúan el carácter especialísimo de la obra y genera, además, una nueva intencionalidad pictórica desde la superposición de formas y colores.

La exposición que Rafael Ortiz ha llevado hasta su espacio de la calle Mármoles -en ArteSantander, la galería sevillana presenta en su stand, el iniciático trabajo de José María Báez, aquel que en los años setenta abría nuevas fórmulas pictóricas- la suprema realidad artística de un pintor que nunca deja indiferente; un pintor distinto, sin reveses, culto, conocedor de todos los aspectos del arte contemporáneo, que sabe transitar, con decisión, paso firme y carácter, por los entresijos de la creación. Es, por tanto, un pintor necesario que dispone de los más lúcidos argumentos para una pintura a la que él ha dado muchos y muy buenos postulados.

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