Cartas a la mujer valiente

El jerezano Francisco Antonio García Romero desvela en sus traducciones del griego de Sinesio, las únicas en español, la devoción de este autor hacia Hipatia, protagonista de la última película de Amenábar

Arantxa Cala /Jerez

24 de mayo 2009 - 18:51

“La muy venerable filósofa, la predilecta de la divinidad”. Así definía Sinesio a Hipatia en una de las numerosas cartas que le enviaba a esta envidiada y, a la vez, odiada mujer de la antigüedad. Un nombre femenino que a muchos ya suena gracias a la nueva película de Alejandro Amenábar Ágora, y que, para su realización, los guionistas se han basado en la lectura de textos tan relevantes como los de Sinesio.

“La principal fuente, casi única, y desde luego la más fidedigna para conocer a esta gran mujer es Sinesio, que le profesó devoción, admiración sin límites y una amistad que duró toda la vida, como demuestra el hecho de que le dirigiera cartas y le dedicara obras. Murió sobre el 413, antes del terrorífico final de su maestra en el 415-6”, cuenta el filólogo y colaborador de este Diario, Francisco Antonio García Romero, autor de la única traducción completa de la obra en griego de Sinesio al español. Los libros, de la Biblioteca Clásica de Gredos, son Sinesio de Cirene. Himnos. Tratados (1993), y Sinesio de Cirene. Cartas (1995).

Sinesio nació alrededor del 370 de nuestra era en Cirene, cuyas ruinas, en la actualidad, están cerca de Shahhat, en la zona noreste de Libia. Pertenecía a una importante familia y llegó a ser un gran señor feudal de la Cirenaica, a la que defendió de sus enemigos bárbaros (libios del desierto) y para la que solicitó ante el emperador Arcadio en Constantinopla una rebaja de impuestos en torno al año 400. Se le ordenó sobre el 410 obispo metropolitano de Tolemaide (o Ptolemaida) en la Cirenaica y, aparte de otros méritos, es considerado un gran escritor eclesiástico, aunque muy neoplatónico, debido a los conocimientos filosóficos que recibió también de la propia Hipatia.

Lógicamente, fue educado como un personaje importante y para sus estudios superiores se le envió al emporio del saber, a Alejandría, donde asistió a las clases de matemáticas, astronomía y filosofía de Hipatia (o ‘Hipacia’: “la más alta”, “la más importante”). Era hija del matemático Teón y su prestigio en aquel momento era enorme en su país. “Luego Sinesio iría a Atenas, pero el viaje fue una decepción: los filósofos atenienses, según confesión propia, no le llegaban a Hipatia ni a la altura del zapato”, comenta Francisco Antonio.

Alejandría era entonces un hervidero político y religioso. Los paganos y los cristianos se disputaban el poder. Hipatia era sin duda por su prestigio el ídolo de la ciencia (recuérdese la biblioteca del Serapeo) contra los abusos de los patriarcas Teófilo y Cirilo.

“La lucha era mucho más que religiosa, era política contra el emperador Teodosio II. De hecho no muchos antes del asesinato de Hipatia, la misma chusma alejandrina había matado al obispo Jorge”, cuenta García Romero, que añade que, aunque las razones del asesinato “fueran más políticas que de otro tipo, el ensañamiento y el modo del martirio evidencia un fanatismo religioso. Lo que seguramente en la película, como se ha dejado ver en otras interpretaciones del hecho, se traduzca en una condena genérica e injusta del cristianismo”.

Algunas de las traducciones de las cartas de Sinesio a Hipatia que ha realizado Francisco Antonio contienen frases tan extraordinarias como: “Y es que hemos visto con nuestros propios ojos y escuchado con nuestros propios oídos a la auténtica maestra de los misterios de la filosofía” (carta 137). “Que la Atenas de hoy no tiene de venerable nada más que los nombres famosos de los lugares (...). Sin duda, hoy día, en nuestro tiempo es Egipto el que ha acogido y hace germinar la semilla de Hipatia” (136). “Aun cuando uno se olvide de los muertos en la mansión de Hades, yo incluso allí me acordaré de la querida Hipatia (...). Sólo por ti me parece que podré pasar por alto a mi patria (...)” (124). “Aparte de la virtud, eres tú a quien considero un bien inviolable” (81). “Postrado en la cama dicto esta carta. Ojalá, al recibirla, te encuentres bien de salud, madre, hermana, maestra, benefactora mía en todo” (16).

En otras cartas le reprocha la falta de noticias suyas: “He perdido (...), lo que es más importante, tu alma divinísima, lo último que yo esperé que se me mantuviera firme para superar los varapalos de la fortuna y los embates del destino” (carta 10).

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