Cultura

Campo de Agramante y los nombres olvidados de la generación del 50

  • Junto a autores como Agustín Goytisolo o Miguel Labordeta, la publicación recuerda en este número a Juan Larrea y Cristóbal Serra · La revista se presenta este jueves en el Museo de la Atalaya en Jerez

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Uno de los principales objetivos de Campo de Agramante -según afirma su director, Jesús Fernández Palacios- es realizar una "cartografía lo más completa posible de la literatura del medio siglo o del cincuenta. Un movimiento -explica- que, afortunadamente, no se circunscribe solamente a una famosa foto (la de la visita a la tumba de Machado en Colliure, en el 59) que unos cuantos avispados lograron hacerse en el lugar o momento oportuno, sino que es una instantánea más compleja, variada, rica y heterogénea".

"Ni la poesía del 50 es sólo la Escuela de Barcelona, que dijo Carmen Rivera, ni los que salieron en la foto de Colliure, ni la narrativa o el teatro del 50 se limita al realismo social o a la política contestataria antifranquista -continúa Fernández Palacios-. Fue una literatura, como ya se está demostrando, más periférica, completa y más rica en matices , tonos y estilos de lo que se ha dicho. De ahí nuestro interés en ofrecer una perspectiva lo más amplia posible. Incluso a la cultura española le conviene proyectar una imagen de esa índole: constatar que, a pesar de la adversidad del Franquismo, se supo practicar, crear y publicar una literatura de mayor envergadura, temática y formalmente hablando".

Por eso, en cada número de Campo de Agramante se compagina el indagar en el estudio de los poetas canónicos (aquellos que lograron salir en la foto oportuna) con el estudio de otros poetas de similar significación que no tuvieron tanta suerte. Así, en el número 14 de la revista literaria que publica la Fundación Caballero Bonald, junto al acercamiento a las figuras y la obra poética de Agustín Goytisolo, Miguel Labordeta o Luis Feria, se nos ofrece la aproximación a dos personajes "increíbles, no tan conocidos por el público", como son Cristóbal Serra y Juan Larrea.

Autor de una obra "abundante y de fuste", como asegura Fernández Palacios, Serra ha trabajado por igual la poesía, la narrativa, el ensayo o la traducción. "Es un auténtico heterodoxo que se sitúa dentro de la tradición visionaria y esotérica -indica-. Él mismo se confiesa como cristiano en sus estudios filosóficos pero bajo un enfoque no tradicional. Ha sido elogiado por Octavio Paz, traducido a distintos idiomas y publicado por importantes editoriales españolas. Aunque en la Península no es tan conocido, en Mallorca, donde vive, sus comentarios levantan mucha expectación ya que son, a menudo, desconcertantes y temibles. Con una obra dispersa en distintos sellos, por primera vez este año ediciones Cort va a publicar toda su producción".

Autor, el año pasado, de una biografía sobre Juan Larrea, José Fernández de la Sota firma precisamente el artículo dedicado al autor vasco que publica Campo de Agramante. "Larrea fue el gran desconocido de la generación del 25 -comenta Fernández Palacios-. Sólo Gerardo Diego logró rescatarlo y meterlo en la antología del 27. También en la tradición visionaria, Larrea fue un poeta estupendo, aunque sólo publicó, a finales de los 60, su Versión celeste, de la mano de Carlos Barral, e influyó en varios autores del 50".

El número -que cuenta con un dibujo de portada de la pintora segoviana Eloísa Sanz- se completa con un puñado de poemas inéditos de José Ramón Ripoll, un relato "de corte romántico" de Camilo José Cela Conde, un análisis de las conexiones literarias entre Buenos Aires y España a mitad del siglo pasado y varias 'Notas de lectura' de distintos títulos aparecidos a lo largo de este año.

Los autores del 50 tuvieron en común, como dice Caballero Bonald, "una manera de vivir y de beber, además -prosigue Fernandez Palacios- del antifranquismo. Pero, aunque todos pasaron por el tamiz del realismo social, las poéticas tomaron trayectorias distintas y cada uno se consolidó en la trayectoria que más se adaptaba a cada autor".

"Todos ellos -indica- tenían una formación común, una historia afín. Y esta huella generacional de los llamados niños de la guerra sigue presente en los que aún viven: Gamoneda, Bonald, Bryce, Corredor Mateos... Aunque han muerto, si no los mejores, sí de los mejores: Gil de Biedma, Barral, Valente, Agustín Goytisolo... Muchos de ellos, es curioso, de manera trágica, suicidándose directa o indirectamente".

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