Cultura

Arrabal es Dios

  • El poeta y dramaturgo cierra el congreso 'Teatro ilustrado y modernidad escénica' con un caótico y genial discurso en la Facultad de Filosofía y Letras

Lección magistral de surrealismo en Filosofía y Letras. Fernando Arrabal, traje negro y sonrisa cáustica, se alza en pie, ante un público mayormente joven, y abre su mundo a Cádiz. "Qué bien se está en Cádiz, sobre todo diez días antes de que se publique mi libro". Y muestra la portada. "¿Cómo se puede decir que España me ha maltratado?", pregunta el poeta, escritor, filósofo, dramaturgo y sobre todo provocador. "España me ha brindado honores inesperados e inmerecidos como meterme en la cárcel de Carabanchel". Y entonces traza una línea paralela entre la viruela, Kundera y Leandro Fernández de Moratín, "ambos difamados", y entra a matar con Stalin, "el jefe de Estado que más admiro, aunque era un bárbaro, pero quizá no tan bárbaro como otros cuyas tumbas se mantienen en la Plaza Roja". Silencio en la sala. "Stalin tenía unas manos preciosas y era un pedófilo platónico. Es extraordinario que pueda contar estas cosas aquí y ahora", piensa en voz alta, no sin antes mostrar su esperanza, "yo también quiero saber dónde ha ido a parar mi padre, me parece bien que abran las fosas de los muertos". Arrabal preguntó a la Pasionaria por su padre, que se escapó de la prisión de Burgos un día de los inocentes. "La Pasionaria no parecía muy inteligente, tendría otras cualidades". "Y hasta El País ha crucificado a Kundera".

Tras dejar caer que "estamos viviendo el gran renacimiento del teatro", Arrabal desfila junto a sus personajes: "Picasso, yo mismo, Teresa de Ávila, Dalí, Ignacio de Loyola o Freud, no tenemos patria. Todos nos marchamos a Francia, como Teresa, que huyó de Ávila". "Tienes ustedes demasiada atención en mí", sugiere al personal, y de improviso suena un teléfono celular: "Es Dios, el que llama es el Señor. Dios, llama más tarde". Risas por doquier. La gente se relaja. "Los profesores saben más de mí que yo", confiesa el autor del discurso circular. "Surrealismo es amor, dadaísmo es amor". Y suena una tos tísica. "Esto es un burdel chino", apunta Arrabal, quien enfila "la tercera patria de Teresa, el destierro", habla de "páginas huevo" y sorprende a una chica cogiendo el camino. "No se vaya, por favor". Pero la chica se va. Y Arrabal vuelve a don Leandro, que llega a París tres años después de la toma de la Bastilla. "No entiendo cómo pueden seguirme con tanto paréntesis". Su mujer le echa un cable desde el público. "Soy un patriota de mi destierro", subraya el poeta. "Si Franco si hubiera vuelto loco y hubiese abierto las fronteras, Picasso no habría entrado. ¿Por qué?" Pirandello era un fascista, y Brecht, stalinista. "Y por las noches viene a verme una mujer. Si tuviera éxito iría a las discotecas, y no me dedicaría al teatro. Un fascista y un comunista buscan a la mujer de negro. Es horrible alguien vestido de negro". Y, brazos en cruz, exhibe su traje negro. Al cabo, la mujer se llama Imaginación, "el arte de combinar los recuerdos" Y Arrabal retorna a "la España escatológica, de cielo y mierda, y luego dicen que no soy patriota. ¿Saben cómo se llama la última vértebra al lado del culo? Sacro. Lo sagrado. Don Leandro traduce Hamlet y se carga a Shakespeare; por lo tanto se carga a Cervantes".

"Saben ustedes, yo soy divino, más o menos. Dios lo ve todo, lo oye todo y lo confunde todo", sentencia el hombre que habla en nombre de Fernando Arrabal, que saca un billete de diez dólares cuando se marcha el segundo espectador. "Otro que se va". Arrabal recita un poema, en defensa de Kundera, y lo hace en latín, euskera, catalán e italiano. De pronto se levanta una mujer italiana y Arrabal la invita a leer. La gente ya lo flipa. El autor se refiere ahora al premio Nobel de Literatura, el francés Jean Le Clezio: "Hubiera sido un escándalo que le hubiesen dado el Premio Nobel de Inteligencia". Arrabal concluye en la cárcel, por escribir una dedicatoria blasfema que le había solicitado un admirador. "Me cago en Dios, en la Patria y en todo lo demás". Y se ríe de la nueva inquisición, "la misma que persiguió a don Leandro por su revolucionaria obra, El sí de las niñas". Y se ríe de sí mismo, poniendo en boca de la duquesa de Alba las palabras de una fiel seguidora: "Soy una gran admiradora de usted, conozco todas sus canciones". Ovación.

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