Una experiencia única en la Antártida

Los investigadores de la UCA Amós de Gil y Belén Rosado han sido los únicos científicos que han permanecido en el continente helado toda la XXIX Campaña Antártica Española.

Maribel Gutiérrez

21 de marzo 2016 - 07:38

El pasado 17 de diciembre Amós de Gil y Belén Rosado, dos investigadores del Laboratorio de Astronomía, Geodesia y Cartografía de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Cádiz, llegaron a la base española Gabriel de Castilla, ubicada en la isla Decepción, para participar en la XXIX Campaña Antártica Española.

Ambos científicos llevaron a cabo trabajos centrados en el mantenimiento de estudios de registros geodésicos, geotérmicos y oceanográficos, dentro de un proyecto liderado por el profesor de la UCA Manuel Berrocoso que se lleva desarrollando en el continente helado desde hace años.

Para Amós acudir a la Antártida casi forma parte de su rutina, pues ha estado presente en diez campañas, mientras que Belén repetía este año. Su labor se ha centrado “fundamentalmente en el estudio del volcán de la isla Decepción que está en activo, si bien el último proceso eruptivo tuvo lugar entre 1967 y 1970. Es un lugar ideal para estudiar los volcanes y la deformación superficial de la actividad volcánica”, señala el científico de la UCA.

El investigador piensa que “el volcán de la isla Decepción es un laboratorio natural que te puede aportar datos muy fiables. Si algo funciona allí, funciona en cualquier otro sitio porque no puede haber entorno más hostil que ese, además de que los datos que se recogen no están contaminados”.

“También estudiamos la termometría, por lo que hemos instalado una estación termométrica en una zona llamada Cerro Caliente”, añade Belén.

Uno de los hitos que han logrado en esta campaña ha sido “poder instalar un mareógrafo que nos permitirá tener series completas durante todo el año sobre las mareas. Es un éxito rotundo”, explica Amós.

Su día a día en la Antártida comenzaba a las ocho de la mañana en la base Gabriel de Castilla. Entre las nueve y nueve y media empezaban a trabajar en algún punto de la isla al que se desplazaban, en zodiac o andando, acompañados por alguno de los trece militares que conviven en la base. Sobre las dos y media de la tarde se hacía un descanso para comer y la jornada laboral concluía alrededor de las ocho. A las nueve de la noche se servía la cena y a las doce imperaba el silencio. “Eso se podría decir que era un día normal, pero la realidad es que días normales había muy pocos”, sostiene Amós. “Había jornadas en las que estábamos siempre fuera, porque lo que creías que ibas a hacer en una hora al final lo hacías en siete u ocho”.

La investigación y el análisis centraban sus rutinas, aunque han podido disfrutar de algunos momentos distendidos. “Hemos tenido dos o tres días libres, sobre todo en fechas señaladas. Por ejemplo, pasamos allí Nochebuena y Fin de Año, cuando cenamos estupendamente y tuvimos algo de fiesta”, cuenta Belén.

A pesar de encontrarse a miles de kilómetros de sus seres queridos, ambos dicen no haber sentido demasiada nostalgia. “Este año acabábamos de llegar justo antes de Navidad y eran jornadas de mucho estrés y trabajo y eso al final te absorbe”, subraya Belén.

No obstante, las comunicaciones con sus familiares eran frecuentes, pues contaban con internet y el teléfono para hablar con ellos a diario, “eso ayudaba mucho”, afirma Amós.

En la isla Decepción han convivido con 51 científicos de varias universidades españolas e internacionales, aunque ellos han sido los únicos que han permanecido durante toda la campaña, concretamente hasta el 28 de febrero.

Recuerdan que hasta mediados de enero “apenas teníamos noche, era siempre de día” y, aún siendo verano en la Antártida, soportaron temperaturas entre

–3 y 3 grados, aunque cuando soplaba el viento “la sensación térmica era de –20 grados y eso era algo muy frecuente. Incluso había días en los que la fuerte ventisca nos impedía salir al exterior a trabajar. Era bastante duro”, asegura Amós .

No obstante y a pesar de esos momentos difíciles, ambos repetirían sin dudarlo. Belén tiene claro que “volvería con los ojos cerrados, es una experiencia maravillosa. Siempre se aprende algo y se conoce a gente interesante. Cuando estaba saliendo en el barco ya quería volver”.

Por su parte, Amós considera que “cada campaña es distinta y es la mejor. La experiencia es única. En la Antártida nadie es veterano porque las circunstancias cambian, no hay que confiarse nunca”.

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