Educación y movilidad social Los que tuvimos suerte

  • En San Fernando, la educación pagada por la Empresa Nacional Bazán hizo posible el progreso para miles de niños durante décadas

Escena familiar callejera en los primeros años sesenta del pasado siglo en San Fernando. Escena familiar callejera en los primeros años sesenta del pasado siglo en San Fernando.

Escena familiar callejera en los primeros años sesenta del pasado siglo en San Fernando.

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Éramos indudablemente pobres, pero algunos niños de San Fernando tuvimos suerte en aquellos años sesenta. A mí me gusta pensarlo así. Éramos los niños de la Bazán, es decir, los hijos de los empleados en la factoría de la Empresa Nacional. Si no en la Barriada, otros vivíamos en casas humildes, algunas muy humildes. Éramos pobres, pero no lo sentíamos ni mucho menos así. No, no. Los pobres de verdad eran los que de vez en cuando venían a pedir a la puerta del patio de vecinos o de la accesoria, aunque los de dentro nos amontonáramos (familiar y divertidamente numerosos a nuestros ojos) en una sola habitación. Un cuarto que, además, unas veces era salón y lugar de paso para otros familiares muy cercanos que vivían en la habitación de al lado; y otras era punto de reunión, comedor familiar, escenario de celebraciones y sala de visitas. Todo a la vez. Pero no pensábamos que fuéramos pobres. Ni mucho menos. Una habitación por familia, no estaba mal.

Además, si no nos faltaba de nada... Ni el pan con aceite de la merienda, ni los regalos de Reyes, ni los dulces de los domingos que dejaba mi padre antes de irse a trabajar, también en ese día en el que casi todos descansaban.

Y encima, cuando nos llegaba la edad, íbamos a un colegio excelente, el de La Salle en la calle San Cristóbal, a dos pasos de la casa, apenas doblando la esquina. Un centro que oficialmente se llamaba Nuestra Señora del Carmen, pero que todo el mundo conocía como ‘los Hermanitos Nuevos’, en contraposición a otro situado en la calle Real que, naturalmente, era llamado ‘los Hermanitos Viejos’, que estaban en La Isla de toda la vida.

¿Y cómo unos niños pobres (es para entendernos, ustedes saben, ya hemos quedado en que no lo éramos) podían acceder a un colegio con esa excelencia?

No había ningún misterio, sino una obra bien pensada y estructurada. La Empresa Nacional Bazán, que entonces empleaba a miles de personas en su factoría de San Fernando, había pagado y construido el colegio para la educación de los hijos de sus operarios, y encargado la labor a los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Sí, los de los baberos blancos. Nosotros sólo teníamos la obligación de acudir a las clases y hacerlo con aprovechamiento. Todo, educación, libros y materiales, incluso la merienda con pan, chocolate, fruta, estaba incluido en la gratuidad. Es decir, digo yo que saldría de los fondos del entonces próspero astillero público.

Todo ese inmenso caudal de conocimientos. con un fuerte componente religioso eso sí, que se iba metiendo en las cabezas de los niños (no niñas) incluía lo equivalente a una enseñanza primaria, y estaba enfocado a un futuro como trabajador especializado en la empresa tras el pase por una formación profesional muy dirigida. En un determinado momento, volvimos a tener suerte, y a la edad oportuna se comenzó a impartir también el Bachiller a un grupo que vio así abierta la puerta de una titulación media, primero, ya en otro instituto público, y luego superior al acceder a la Universidad.

Y eso ya eran palabras mayores, la culminación para unos pocos que habían salido de esos cuartos apretujados de los que hablamos antes. Eso sí era en verdad una escalera social, y en unos años en lo que además nos sonrió de nuevo la fortuna al coincidir los finales de los setenta con la llegada de la democracia.Lo sabe todo el mundo, pero todo el mundo lo olvida, tal vez cegados como estamos por la realidad actual, tan contraria a esos inicios: las primeras escuelas públicas y gratuitas las pusieron en marcha órdenes religiosas. Alentados por intenciones tan buenas como las de acoger, recoger, alimentar, educar y dar un futuro mejor a tantos niños abandonados por las calles en aquellos siglos de la oscuridad, personajes como el español José de Calasanz y el francés Juan Bautista de la Salle se dedicaron a una labor tan solidaria como avanzada. No sólo fueron justos sino pioneros en métodos pedagógicos, maestros de maestros. No sé si se parecen mucho a los colegios religiosos de hoy.

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