Enfoque de Domingo. Evolución de la provincia en la década que acaba

La década perdida

  • La década de la revolución tecnológica supuso para la provincia su estancamiento económico. La población envejece y hay menos paro, pero también hay menos empresas. Contamos con 27.000 ventieañeros menos que hace diez años

Obras del tranvía en 2010, que diez años después sigue sin funcionar Obras del tranvía en 2010, que diez años después sigue sin funcionar

Obras del tranvía en 2010, que diez años después sigue sin funcionar

La segunda parte del análisis de estos últimos diez años que nos llevan a la década de los veinte ofrece un contraste entre lo sucedido en la capital con lo sucedido en la provincia. Si para la ciudad de Cádiz fue una década de cambios y expectativas, algunas de ellas truncadas, para la provincia, siempre en boca de los políticos como zona preferencial por su alto índice de paro estructural, ha sido la década perdida.

Sólo en materia de infraestructuras, el esfuerzo realizado en la construcción del segundo puente aparcó otras infraestructuras en el resto de la provincia que en estos diez años sólo han recibido parches que venían de la Junta, principalmente en la conexión de la Sierra con ese desdoble a Antequera en el olvido, o que venían del Estado como el encuentro, a través del desdoble de la 430, de las dos bahías, que nunca se produjo.

En materia ferroviaria es como si el tiempo no hubiera pasado, si exceptuamos el soterramiento de Puerto Real. El AVE sigue sin llegar a Cádiz. Se tarda casi lo mismo en realizar el recorrido de Cádiz a Sevilla que de Sevilla a Madrid. La reducción de tiempo en este periodo no supera los quince minutos. Ni la antigua estación de Cádiz se convirtió en el centro gastronómico que se anuncia en un amarillento cartel, ni hay aún tranvía, aunque se considera que llegará pronto, ni está en uso la línea Algeciras Bobadilla, ni, por supuesto, a nadie se le ha pasado por la cabeza conectar por tren las dos bahías. La conexión sigue siendo en autobús desde, eso sí, la nueva estación de Cádiz, que tardó nueve años en llevarse a cabo.

Diez años después, por tanto, la provincia volvió a perder el tren de la vertebración y el Campo de Gibraltar mira para un lado y la Bahía de Cádiz para el otro. Contrabando de hachís aparte, que ha vivido en estos años un peligroso cambio generacional con bandas mucho más audaces y violentas, el Campo de Gibraltar ha ahondado la diferencia en riqueza mientras que el resto de la provincia se ha empobrecido.

El cambio generacional entre los contrabandistas de hachís ha traído bandas más audaces y violentas

Allá van una batería de datos de lo que han supuesto estadísticamente estos diez años en la provincia para hacernos una idea. Por ejemplo, somos 10.000 habitantes más que hace diez años, lo que no es un crecimiento significativo, pero ha habido unas sensibles variaciones en nuestra pirámide demográfica. En 2009 había 14.799 niños de un año; ahora sólo hay 10.915. En 2009 había 2.812 residentes en la provincia con 85 años; ahora hay 4.670.

Las mareas, el descontento

Envejecemos a marchas forzadas a lo que ayudan los avances de la sanidad, pero sin embargo no se ha logrado cambiar un modelo en la actuación sobre enfermos crónicos y agudos,algo que llevan reclamando tiempo los expertos. Por lo tanto, vivimos más, pero no se ha logrado una sustancial mejora en el índice conocido como años de vida saludables. Es decir, enfermamos, y una vez que enfermamos, somos capaces de vivir más tiempo con nuestra enfermedad.

Además, la famosa joya de la corona de Susana Díaz, la sanidad andaluza, ha sufrido un estancamiento, e incluso un deterioro, a cuenta de la crisis y los recortes que han supuesto que atención primaria y urgencias sean unos parachoques que, en muchos casos, han acabado en agresiones a los profesionales.

Es cierto que se han hecho cosas y, al final de la década, dos actuaciones, la apertura de plantas en el hospital San Carlos y el hospital de alta resolución de Vejer, un proyecto en el que se han tardado veinte años, parece que van a descongestionar unos servicios que siguen saturándose y provocando las protestas de los profesionales y los usuarios, reunidos en torno al movimiento Marea Blanca.

Hay otra Marea, la verde, que tiene que ver con la educación. El debate de la educación se ha seguido produciendo durante toda la década, pero los resultados no se han logrado mejorar. Ha caído el índice de abandono temprano de la escuela, pero eso tiene que ver más con la situación laboral que con nuestros éxitos escolares, que los ha habido, y muy sonados, como el joven del IES Trafalgar, un instituto de Barbate, que consiguió los mejores resultados de toda Andalucía en selectividad, demostrando que la educación pública hay veces que funciona y que no sólo los privados y los concertados presentan siempre a sus ‘campeones’.

También se han ido desterrando las caracolas, esas aulas prefabricadas, pero el problema al que se enfrenta el modelo escolar tiene que ver ahora con la demografía. Hay colegios, sobre todo muchos rurales, a los que ya no les entran niños. Pero el mayor problema se halla en el profesorado y a esto se ha apuntado en esta década, para gran escándalo de los docentes, en estudios como el libro blanco, nunca aplicado. Un sistema de contratación defectuoso, la falta de mecanismos evaluadores y una pobre formación se señalan como las tres causas de nuestros pobres resultados.

El cambio de gestores en la Junta no parece que vaya a andar este camino y el nuevo consejero, el entrenador de baloncesto Javier Imbroda, parece centrarse en potenciar exclusivamente la formación profesional, atendiendo la teoría cortoplacista de formar dependiendo del empleo que haya en cada territorio. Su razonamiento no es falso, ya que se ha sufrido la falta de mano de obra en el sector naval y aeronáutico cuando se ha necesitado, pero no es completo.

El nuevo gobierno de la Junta quiere solucionar el problema de la educación con más formación profesional

La demografía incide igualmente en el dibujo de nuestro mapa del empleo. Hace diez años había 45.454 extranjeros residiendo la provincia; ahora hay 52.035, pero se han marchado más de tres mil sudamericanos, mano de obra productiva y han venido 6.000 europeos más, muchos de ellos clases pasivas. Han crecido en 2.000 personas las procedentes de África, que es un número pequeño en comparación con las 27.000 personas que entraron irregularmente sólo en 2017, un año en que se desbordó la capacidad de acogida después de años plácidos en que había caído la llegada de pateras por la existencia de nuevas rutas, como la italiana, tras la primavera árabe y la guerra de Siria. En cualquier caso, llegan pero no se quedan. Son repatriados o continúan su proyecto migratorio hacia el Norte. La provincia no es tierra de oportunidades.

La ecuación: menos paro, menos empresas y menos actividad

Este hecho se complementa con otro curioso. Nuestra tasa de paro es menor que hace diez años ya que 2009 fue el año negro del empleo en la provincia. Más de 7.000 trabajadores se fueron a la calle sólo en despidos colectivos. Aquella masacre laboral nos dejó una tasa de paro del 28,4, cuando ahora, sin echar campanas al vuelo, es de 23,7. Sin embargo, que haya menos paro no quiere decir que haya más actividad. En 2009 la tasa de actividad era el 56,6; hoy es el 55,8. Esto quiere decir que han aumentado pagas, pensiones y otros recursos ajenos a la actividad laboral, a lo productivo. De hecho, hay más de mil empresas menos que hace diez años. En 2009 eran 62.817 y hoy están censadas 61.786. El último dato publicado del PIB per cápita por provincias por el INE daba el resultado de esta ecuación. Con 16.860 euros por habitante, el PIB de Cádiz era el más bajo de toda España, pese a que en la renta per cápita, estando en el furgón de cola, no es la última.

Porque en estos diez años a lo que se ha dedicado la provincia es a capear como ha podido el derrumbe de la economía que arrancó con el crack de 2008 y que se ha extendido hasta la mitad de la década para empezar a observarse sólo a partir de 2017 una tímida recuperación. Esto ha supuesto un éxodo de la población activa. Hay 27.000 veinteañeros menos. Una parte es demografía, otra es emigración pura y dura. Y los que se van no vuelven.

Hay 27.000 veinteañeros menos en la provincia que hace diez años; una parte es demografía y otra éxodo

Este hecho evidente y sangrante supuso que un grupo de profesionales de éxito gaditanos decidieran unirse para crear lo que podríamos llamar un think tank, La 11Mil, en alusión al código postal de Cádiz. El objetivo era de doble dirección: mejorar la imagen que se tenía de los trabajadores de Cádiz, fomentar la provincia como lugar apetecible de inversiones y animar a los jóvenes a quedarse y trabajar por su tierra desde su tierra.

Los programas de emprendedores, muy trabajados desde la cátedra de la Universidad de Cádiz, han creado un pequeño, muy pequeño, núcleo de jóvenes que han puesto en marcha empresas, algunas de ellas, casi todas tecnológicas, con notable éxito. El isleño Javier Coronilla ha trabajado en Star Wars desde sus estudios de animación robótica de San Fernando, o los jóvenes que crearon 3 Ants, un software para detectar fraude en Internet, que vendieron a buen precio su idea a Telefónica.

Son sólo unos pocos casos, aislados según se mire, que hablan de que algo del futuro se mueve en Cádiz. Detrás de esas pequeñas tecnológicas, lo más sonado ha sido el avance en el campo de la gastronomía, con Ángel León, el chef del mar, y sus cuatro estrellas Michelin, como estandarte.Y así otras estrellas Michelin han caído en la provincia, las dos en Jerez, en los restaurantes Lú y Albalá.

En estos diez años la proyección del atún de almadraba como un símbolo de la provincia ha sido, junto la creación del Concert Music en Sancti Petri y las queserías de la Sierra, la promoción más inteligente en marca de la provincia en todo este tiempo. Es lo único que en materia de pesca ha traído de bueno la década, ya que la flota, con numerosos problemas cada cierto tiempo para acceder a los caladeros marroquíes, ha ido envejeciendo y se ha ido empobreciendo.

La lenta justicia

Lo cierto es que hemos sido más conocidos por las malas noticias que por las buenas. El cierre de empresas colapsó el juzgado de lo mercantil, atrapado en una ley concursal que resultó ser un fracaso. El caso más sonado fue la quiebra del Grupo Jale. Doce años lleva esta firma desintegrada en el juzgado con su ex propietario, José Antonio López Esteras, viviendo en la ruina en un chalé vaciado y desangelado que es símbolo de esa decadencia y la de muchos otros empresarios que en este tiempo se empobrecieron y no volvieron a salir a flote. También Polanco, un símbolo de Chiclana, fue arrastrada por el estallido de la burbuja y decenas de constructoras con ella.

Pero si los juzgados de lo mercantil son el mejor ejemplo del colapso, hay otros que no le van a la zaga, como el de Barbate, con causas que duran años, muchos años, como años ha durado el robo de la caja del Ayuntamiento de San Fernando, que aún no ha sido juzgado, a pesar de que los hechos se remontan a 2009. Dan ganas de recuperar la famosa frase de Pedro Pacheco que, en realidad, él siempre ha dicho que nunca dijo, o al menos así, pero no están los jueces, que sufren estas carencias para bromas ni el propio Pedro Pacheco, después de haber tenido que pasar cuatro años en la cárcel enfrentándose esta vez no a rivales políticos, sino a un director de una prisión con la que nunca congenió.También entraron otros políticos de los 90 y de principios de siglo en la trena, como Eva Corrales, ex alcaldesa de Rota, o Pilar Sánchez, ex alcaldesa de Jerez, ambas pagando culpas en esta década correspondientes a otras décadas.

Cualquier justicia lenta es mala. La nuestra es lentísima y está repartida en un puñado de inmuebles antiguos sin que se vislumbre en el horizonte el famoso proyecto de la Ciudad de la Justicia, algo con lo que cuentan casi todas las capitales de provincia.

La industria

El sector industrial ha mantenido su letargo en la Bahía mientras el polo del Campo de Gibraltar crecía, en una situación equitativa entre el puerto de Cádiz, que celebra cada crucero, mientras Algeciras se asienta como el gran punto logístico del sur de Europa.

Las alternativas a Delphi acabaron en fracaso y los trabajadores que salieron peor parados de aquel estallido se desesperaron en un largo encierro  de 1.074 días en el edificio de los sindicatos sin que nadie ya les hiciera caso. La crisis trajo la desafección hacia las instituciones sindicales, quizá las que más han sufrido los cambios laborales de este tiempo.

Otros proyectos quedaron en ridículo, como Zahav motor y otros se movieron entre la desconfianza con algunos éxitos parciales, como Carbures, la idea de un gaditano llamado Rafael Contreras que pinchó su burbuja en el parqué pero luego impactó con su cabina del hyperloop, el tren supersónico de un visionario americano. Con estos mimbres tampoco nadie echó en falta que el parque de Las Aletas siguiera siendo marisma. No era suelo industrial lo que nos faltaba, sino industrias.

Así las cosas, la industria auxiliar ha sobrevivido o bien saliendo al exterior, que es algo que hemos aprendido a hacer en esta década que acaba, o dependiendo de lo que le cayera de las dos grandes monstruos de la Bahía, Navantia y Airbus. Y a Navantia le cayó el premio gordo con el mayor contrato de su historia, las construcción de las corbetas saudíes, todo un dilema moral por ser corbetas que encargadas por un personaje siniestro y hombre fuerte de esta dinastía, Mohamed Bin Salmán, del que se sospecha que ordenó despedazar a un periodista en una sede diplomática de Turquía. En Yemén ya sospechan quiénes vana a ser el blanco de esas corbetas. Pero era un contrato demasiado goloso y se miró a otro lado. Es trabajo seguro para el antiguo astillero de la Bazán por muchos años, mientras en el de Puerto Real terminaban petroleros, tras veinte años sin hacer uno por su baja rentabilidad, y se quedaban con los brazos cruzados. El de Cádiz, dedicado a la reparación de cruceros, parece haber encontrado un mercado sólido, aunque con márgenes limitados.

A Navantia le cayó el premio gordo con el mayor contrato de su historia, pero también le cayó un dilema moral

Y nos quedó el turismo, el sino de ser una tierra de camareros, aunque afortunadamente se ha logrado ir más allá y los esfuerzos realizados para vender destino se han visto recompensados en una imagen exterior dinámica y atractiva. Sólo en los meses fuertes de julio y agosto la provincia recibió en sus hoteles 80.000 viajeros más que hace diez años. El núcleo de Sancti Petri, el más rentable del sector de toda España por habitación, ha seguido funcionando como un reloj pese a los años de declive económico.

El turismo

Este crecimiento se produce pese a que la diferencia de número de hoteles con respecto a hace diez años no es muy grande. En la provincia hay 545 hoteles, frente a 533 hace diez años, aunque las plazas son casi 4.000 más. Esto hace que ofrezcan algo más de empleo. En temporada alta estos establecimientos cuentan con 8.944 trabajadores, 700 más que hace una década.

Pero mientras unas zonas se reivindicaban, otras perdían fuelle, siendo El Puerto quizá el más perjudicado por las nuevas tendencias. Lo que había sido el mascarón del tursimo de la provincia en los 70 y los 80 ha convivido esta década con el cadáver del hotel Caballo Blanco, hoy ya derruido, como una herida en la que era su milla de oro en Valdelagrana y como un recuerdo de la antigua gloria. Junto a ese otra ruina miraba desde lo alto de una loma la decadencia. Era el complejo Las Beatillas, por cuyos restos se pudo pasear durante casi todos estos años. Es como si el hundimiento del Vaporcito en 2011 fuera un mal augurio de lo que le quedaba por pasar a El Puerto, al que algunos portuenses bautizaron sombríamente como el Muerto de Santa María.

Para tranquilidad de los ecologistas, en estos años se pararon muchos proyectos, sobre todo en la costa de La Janda, que ahora vuelven a retomarse. Otros ya están en el olvido, como el de Valdevaqueros o quizá el más alucinante de todos los que se pensaron en su día, una macrourbanización en Medina que sería más grande que el propio pueblo. En un hecho insólito fue el propio Ayuntamiento el que detuvo aquella megalomanía. En Trebujena, con un alcalde del mismo signo, llevan años deshojando la margarita sobre si prefieren principios o la riqueza que dejarían 300 viviendas de ricos, varios hoteles y campos de golf en plena marisma frente a Doñana. A los ecologistas les horroriza. Si bien proyectos Mr. Marshall como éste se escuchan muchas veces y la mayor de las veces no salen.

En cualquier caso, todo ha cambiado en estos diez años. Igual que el mercado laboral, el de la comunicación o el comercio, el turismo se ha tenido que enfrentar a los nuevos hábitos. El apartamento turístico, que siempre ha existido, pero ahora más profesionalizado y potenciado por un monstruo llamado Airbnb, da una nueva medida, casi tanto como las estadísticas hoteleras, del potencial de la zona. Sólo el último mes de julio, aunque las estadísticas no son precisas, los apartamentos turísticos de la provincia tuvieron 112.000 pernoctaciones.

Y es en turismo donde los vaivenes políticos apenas se notan y se mantiene desde Diputación una política común hayan gobernado unos o hayan gobernado otros, en esta década el popular José Loaiza y la ex alcaldesa socialista de Sanlúcar Irene García. E incluso se ha conseguido sacar a flote lo que parecía ser un muerto viviente como eran los hoteles públicos de Tugasa.

Donde no se han puesto de acuerdo los dos grandes partidos, que son los que siguen dominando la provincia pese a las turbulencias de los nuevos partidos, es en lo que durante este tiempo se ha hecho con el enésimo maná de dinero europeo. En esta ocasión el artefacto se llama Inversión Territorial Integrada (ITI). Se trata de poner en marcha proyectos acorde con los tiempos, que tengan sentido y que se asienten en zonas especialmente necesitadas. Como muestra de las tensiones, un botón. El proyecto ITI del Ayuntamiento de Chiclana (PSOE) para la regeneración del poblado de Sancti Petri fue rechazado por la delegación de la Junta (PP) por no estar bien hecho. Es sólo una anécdota, pero es de ésas que hacen sospechar que hay cosas que nunca cambian.

En política hemos visto el declinar de la estrella de veteranos socialistas como González Cabaña o la popular (menos, ya que preside la autoridad portuaria) Teófila Martínez, hemos visto caer a todopoderosos consejeros en el macrojuicio del ERE, y hemos observado a otros incombustibles. Antonio Sanz, sin duda, es el mayor superviviente de esta década. Estuvo en esta década, en la anterior y en la anterior. Ni siquiera un bólido como el ex alclade de Vejer, Pepe Ortiz, el único que se alineó con Pablo Casado en las primarias de la derecha, le ha podido arrebatar el control del partido, que ahora ostenta oficialmente Ana Mestre, otra joven veterana.

En el PSOE dio igual la caída en desgracia del susanismo y los mismos que estaban antes vieron la iluminación del sanchismo. En los nuevos partidos, Ciudadanos de Sanlúcar dio un vicepresidente de la Junta, Juan Marín, capaz de hacer los más extraños equilibrios y estar siempre ahí desde que abandonó la relojería familiar, y Podemos dio una líder andaluza, Teresa Rodríguez, una pesadilla para Susana Díaz. Al final, ambas se quedaron  igual de pasmadas.

Sin embargo, en los núcleos pequeños preferían las marcas antiguas y seguían votando a IU (alcalde de Medina o Puerto Serrano) o a los andalucistas (Villamartín o Barbate). La irrupción de Vox nos trajo desde un obispado muy cambiado con la sustitución de Ceballos por Zornoza a un general retirado, el general Rosety, que se hizo muy popular en España por haber firmado un escrito a favor del Franco militar. Porque esta década también nos trajo eso. Una doble memoria histórica y la sombra de las dos Españas. Una doble lectura de la historia nunca suele arrojar resultados muy científicos.

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