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biodiversidad

El brezo escocés fue gaditano

  • Los marcadores moleculares indican una mayor diversidad genética en los brezales del Estrecho

  • "En el Máximo Glacial, las Islas Británicas estaban cubiertas de hielo: al cambiar las condiciones climáticas, las especies viajan desde el sur hacia el norte", comenta el catedrático Fernando Ojeda  

Herriza en la Sierra del Niño, con ejemplares de brezo.

Herriza en la Sierra del Niño, con ejemplares de brezo. / Febimed

TÚ dices brezo, amor, y yo pienso en Heathcliff. En las Brontë. En los páramos de Yorkshire. En Escocia ardiendo en magentas imposibles. “Sí, es normal. Cuando se piensa en un brezal, la mente se va a las grandes extensiones –comenta el catedrático Fernando Ojeda, cabeza del Grupo de Investigación Febimed–. Pero, probablemente el brezo (Calluna vulgaris) que le da a las highlands de Escocia u tonalidad rojiza tan característica tuvo su origen aquí, en las herrizas del Estrecho español y marroquí. En el Máximo Glacial, hace doce o trece mil años, las Islas Británicas estaban cubiertas de hielo. Al cambiar las condiciones climáticas, las especies viajaron desde el sur hacia arriba. Los marcadores moleculares nos dicen que la diversidad genética de la planta disminuye conforme nos acercamos al norte, mientras que aquí es muy grande”.  

La singularidad de las tierras del Estrecho gaditano no sólo se debe a la peculiaridad geológica, de suelos arenosos y ácidos, sino a la peculiaridad de una zona con montañas en distribución norte-sur que atrapan la humedad de los vientos de Levante que llegan del Mediterráneo. Por eso el viento es húmedo de Algeciras hacia el Este, y seco hacia el Oeste: “Las montañas ordeñan la humedad. Aun en verano, la zona del interior del Campo de Gibraltar registra una humedad enorme, aunque no llueva. El suelo actúa como una esponja por las lluvias del invierno y, en verano, la suda por capilaridad. Por eso en Ronda o Grazalema puedes tener los arroyos secos pero aquí, siguen llevando agua”, continúa Ojeda. “La flora de esta comarca es singular porque es anterior a la aparición del clima mediterráneo: incluso en la foto satélite sigue habiendo bosque verde y mucha singularidad, algo de lo que pocos gaditanos son conscientes”.

Está el pinsapar, la joya de la corona, o los canutos, laureles y acebos del bosque de niebla “Somos un país muy arbocéntrico, y por eso siempre digo que el brezo es la cenicienta del Estrecho”, apunta. La Península Ibérica tiene una biodiversidad vegetal que roza las 8000 especies de angiospermas. Si aquello de la ardilla hubiera sido cierto, si todo el país hubiera estado cubierto de bosques, no se habrían superado las 1500 especies.

Advierte Ojeda, además, de que el brezal ha sido uno de los sistemas más castigados: “Una de las formas de castigarlo, curiosamente, ha sido precisamente para ‘reforestarlo’, sobre todo, con pinos”.

Y los eucaliptos llevan la fama, pero los pinos cardan bastante lana: “El Mediterráneo es nuestro gran exportador de flora invasora –comenta–. En el caso del pino, se vuelven muy densos y no dejan pasar la luz. Las zonas altas naturales de la herriza están siendo invadidas por pinares”.

Otra especie invasora –también asociada con la vegetación de fuego– son las acacias australianas: “Algunas zonas de Portugal están totalmente invadidas, aquí hay algunos focos al sur del Estrecho”.

En superficie, sin embargo, no hay ningún problema parecido siquiera al asolamiento que está provocando en el lecho marino la Rugulopterix okamurae, el alga asiática japonesa: “Yo hago pesca submarina y lo que provocan en el fondo marino es dramático: una alfombra de algas, con textura parecida al algodón, que se mete por todas partes, en todas las cuevas”.

El aumento de temperatura superficial en el océano, un fenómeno asociado con el cambio climático, es uno de los factores tras la presencia y proliferación de la okamurae. Respecto a los efectos de variación climática, Ojeda comenta que no sólo están los “desacoples en los periodos de floración por el calor”. “El aumento de impredecibilidad de la lluvia–prosigue– es una de las cosas más peligrosas que nos trae este nuevo escenario. El clima mediterráneo es mucho más errático que aquí. No son muchos los lugares del mdno que tengan un verano seco e intenso y un invierno más frío con precipitaciones –California, centro de Chile, Sudáfríca y Australia...– . Pero aquí el verano se alarga hasta noviembre, tenemos lluvias muy grandes, pero hemos pasado por una sequía muy dura...”

El estrés hídrico, además, afecta especialmente a los alcornoques: “El hongo que daña a nuestro alcornocal es un organismo, de hecho, más cercano a un alga laminaria que al hongo típico de la seca”. La Phytopthora cinnamomi es un hongo/alga parásito que prospera en organismos debilitados: “Una gripe a una persona joven y con buenas defensas la fastidia pero se recupera –apunta–. Pero con esto, en nuestros envejecidos bosques de alcornocales, es como si tuviéramos una epidemia de gripe entre mayores de 55 años. Como un coronavirus”. Ojeda habla de la superpoblación de ungulados: “No puedes tener tanta población de ciervos, que se comen las bellotas y los brotes, si además no cuentas con su enemigo natural: el lobo”. Los ciervos introducidos en cotos de caza terminaron desplazando a la especie natural del ecosistema, el pequeño corzo, que no resultaba dañino: “Y que, además, al ser tan pequeño, encuentra un refugio perfecto en los brezales”. Un ecosistema prospera porque sus elementos se adaptan a la perfección: porque es sabio sin saberlo. Una de las peculiaridades de los brezales, además –continúa Ojeda–, es que es una vegetación asociada al fuego: “La catástrofe del fuego es humana pero para los hábitats naturales no es tan dramático. El brezo no sólo resiste el fuego: si eliminases al fuego del sistema, el brezo no germinaría apropiadamente”, explica. En Escocia, se ha practicado tradicionalmente la quema controlada del brezo (muirburn): “Luego llegaba el invierno, llovía, y esa germinación se veía arropada por la lluvia. Pero si a ese fuego le sigue un periodo seco y un verano prolongado... se falla en el reclutamiento”.

Además, el brezal tiene una importancia fundamental en la polinización sobre todo, para las abejas: “El brezo es muy importante para los apicultores, no sólo porque produce muchas flores, sino que las produce cuando en el campo no las hay –desarrolla–. Los apicultores de Prado del Rey, El Bosque, Benamahoma... llevan sus colmenares a Los Alcornocales, los dejan en una cota baja, pero saben que sus abejas van a ir al brezo. Es fundamental para la invernada: mejor, ellos dicen, que los preparados alimenticios para los enjambres: la enjambrazón se produce antes, se sanean –en invernaderos, pueden enfermar por productos químicos–. Tras todo lo que supone la época de cultivos, para las abejas el brezal es una especie de spa invernal”.

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