La ambición desnuda a Jerez
Jerez, la pequeña grecia española La pugna política ha minado el proyecto que toda ciudad necesita para crecer con orden
El despilfarro y la bronca política sumen a la quinta ciudad de Andalucía en una depresión sin precedentes y la convierten en exponente del declive que castiga los excesos de este país
Muchos la ven como la pequeña Grecia española, el exponente claro del declive que castiga los excesos de este país. Hablamos de Jerez y por ella circulan hasta las teorías conspiratorias que la señalan como el laboratorio de pruebas de unos y otros para examinar los efectos de un ajuste sin parangón. Conste que no es fácil desfigurar la imagen de una ciudad de 213.000 habitantes, la quinta de Andalucía en población, hasta arrastrarla de plató en plató de televisión con la basura ardiendo de fondo. Alguien despistado pudo pensar que se trataba de Bagdad. Y esto es dificilísimo de lograr. Hay que hacerlo todo mal mucho tiempo. Hay que perder la vocación de servicio y romper los códigos de buen gobierno para pasar de la pujante ciudad del vino, el caballo y el flamenco a la del despilfarro, el mal olor mezclado con el vandalismo y la ruina total. Hay que estar muchos años, la última década para ser más exactos, en el puesto de mando sin mirar al horizonte y pateando al interés general. Jerez hoy debe mil millones, y no son más porque estalló la burbuja inmobiliaria en 2007.
Hay que remontarse a finales de los 90. Jerez, uno de los términos municipales más grandes del país, navegaba como una fragata entre un mar de ladrillos sin darse cuenta de que cada euro que le prestaba la banca lo pagaría con creces. El ex alcalde Pedro Pacheco tenía un modelo claro en la cabeza que funcionaba como un reloj: el ladrillo y el Ayuntamiento sacarían de todas las penas a una ciudad olvidada por la Junta y el Gobierno central que había perdido su industria más señera, la del vino. El ex líder andalucista se ocupó de todo y de todos y desde el Consistorio tuteló a todo hijo de vecino, al flamenco, al cofrade, al atleta, al rey mago, al feriante, al jugador de petanca..., con subvenciones a tutiplén. Ahora todo el mundo busca culpables, como subraya un veterano periodista, pero nadie levantó la mano entonces, porque no había conciencia crítica y porque quien no le pidió un favor a Pacheco lo pensó. Cualquier movimiento era cotejado por "Perico y don Pedro", el alcalde adorado por la mayoría durante lustros y hoy referente en la oposición.
Pacheco hizo del circuito de velocidad el más moderno del mundo y celebró los Juegos Ecuestres en 2002 a lo grande. Todo el mundo lo aplaudió y nadie advirtió que Jerez empezaba a caminar desnuda.
Él es de los que jamás retrocede y cuando el Ayuntamiento se mostró insolvente obtuvo liquidez a costa del futuro de las filiales rentables. Empeñó Aguas de Jerez -Unicaja le prestó 45 millones y hoy nadie la quiere comprar- y la empresa que recauda las tasas e impuestos. Los políticos de toda España a aquello le llamaban ingeniería financiera.
Cuando perdió las elecciones, en 2003, Pacheco gobernó un Ayuntamiento paralelo en Urbanismo gracias a sendos pactos con María José García-Pelayo (PP) y Pilar Sánchez (PSOE). Entre los tres bordaron el disparate y colocaron a cientos de personas, porque nadie quería perder en 2007. Unas 2.400 personas componían el 'holding' municipal. Al enfermo, en lugar de antibióticos, le inyectaron en esa legislatura mucha grasa y droga dura. Tan seguro estaba Pacheco de que nada fallaría, que recibió ambas alcaldesas tal cual: "No preocupaos que de pagar a Limasa (limpieza pública en colegios y dependencias municipales), Urbaser (limpieza viaria y basura) y Cojetusa (autobuses urbanos), me encargo yo". La ambición desmedida de los tres empezó a condenar el futuro de Jerez y a olvidar lo esencial: los ciudadanos.
Tras Pacheco, nadie pensó en un nuevo proyecto de ciudad a diez años vista. Pilar Sánchez tuvo 6 años y medio -4 con mayoría absoluta- para enderezar el rumbo pero se perdió en luchas intestinas, contra su socio, su equipo de gobierno y su propio partido, que no la dejó ni respirar y que le torpedeó cualquier proyecto vía Sevilla y Madrid. Lo tremendo es que el daño lo sufre ahora toda la ciudad, pero eso les dio igual a todos. Sí refinanció Sánchez la gigantesca deuda histórica condenando a pagarla incluso a los nietos que están por nacer. Otra patada a seguir gobernando a crédito. El hoy presidente andaluz José Antonio Griñán censuró esta medida como un ataque a la autonomía municipal. No le gustaba al ex consejero de Economía que los bancos suplantaran la soberanía de los jerezanos. No imaginó que era un aperitivo para los mercados.
Ya entonces, antes de regresar al ministerio de Agricultura, Miguel Arias admitía que "Jerez tiene un problemón y por sí sola no lo resolverá, necesita una solución a lo bestia". Su colega el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, y Javier Arenas prometieron en campaña a los jerezanos que todo tendría arreglo antes de las elecciones, como reiteró la actual alcaldesa, García-Pelyo. Hasta Rajoy dijo ser consciente del calado de la deuda. Pero en Jerez siguen esperando que les cuenten la verdad. Ni llegaron las medidas prometidas, como sí ocurrió con Marbella, ni nada parecido. Más bien parece que la ciudad, con 35.000 parados y sin industria, perdió su centro, su tronío y caché.
Hoy Jerez es muy horizontal y muy cara para prestar servicios. Es el segundo Ayuntamiento que más debe del país, y encima el odio no deja hueco para el diálogo entre las tres personas llamadas a sacarla del pozo, lo que se filtra entre la ciudadanía enfrentando a todos contra todos. Esto quizá sea lo peor. Pelayo, Sánchez y Pacheco siguen en el pleno municipal pero son incapaces de tomar un café. Antes rezan a su forma para que fracase el proyecto, sea el que sea, desde 2002.
Pelayo tropezó con el agujero económico, y de la política de recortes presupuestarios y de personal -aprobó un ERE para 260 empleados municipales- hace bandera sometiéndose a un tremendo desgaste desde el primer día sin vacilar. Muchas de sus promesas, entretanto, se las tragó la realidad. Y no ha de olvidar que a una olla a presión en la que se ha convertido la ciudad no se le puede sellar la válvula de escape, a riesgo de que estalle el orden público. El ajuste originó en 15 meses huelgas como la de Cojetusa, que tuvo la ciudad 4 meses sin transporte público. La acampada de la plantilla de ayuda a domicilio duró otros 3; pero han sido la huelga de limpieza en los colegios y la de la basura las que han causado un daño casi irreparable. Con ésta última, tal vez no calibró que la Junta, de forma lamentable y partidista, se lavaría las manos, y debió mediar antes para evitar que los basureros tomaran como rehén a toda una ciudad con tres mil toneladas de basura por las calles. Por mucho que ya se limpian hoy las calles a fondo, los jerezanos tardarán en olvidarlo.
Pelayo tendrá que demostrar que el esfuerzo vale la pena e ilusionar a los jerezanos que hoy se preguntan por qué doña Sofía se paseó por las calles de Cádiz en la Cumbre Iberoamericana y a Jerez llegó escoltada para ver bailar a los caballos andaluces, sin público alrededor. Ha de sortear la tremenda regeneración que exige la ciudad para salir adelante. A su favor tiene algo más de dos años para que la ciudad recupere la autoestima y deje de tener miedo a los espejos porque no le gusta la imagen que proyecta.
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