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Aquellos nueve millones de euros que decían los promotores del proyecto que costó el hotel Palmera Plaza hace 15 años se han convertido hoy en una estructura desnuda, desguazada, donde la única vida posible es la de lagartijas, palomas e insectos. Tuvo categoría 5 estrellas 'gran lujo'. Ese 'apellido' es en el mundo del turismo algo parecido a una sexta estrella, la que distingue por una calidad superior los servicios prestados en el establecimiento. Aquel 'boom' de los 'locos años 2000', aquella primera década del milenio, ha dejado una huella que se evidencia en grandes ideas venidas a menos como la del Palmera.
Hace un año, los vecinos ya dieron la voz de alerta sobre el estado en el que se encontraba el hotel. El de 2015 fue un verano movido. Los liquidadores que hacen negocio con el cobre o cualquier elemento metálico habían empezado a saltar las vallas abandonadas del hotel, que había cerrado sus puertas a finales de 2014 dejando en la estocada a trabajadores y proveedores. En aquel momento, insistían en el riesgo de que ante el trajín de 'amigos de lo ajeno' aumentara la criminalidad en la zona. De hecho, denunciaron en alguna ocasión que para entrar y salir del hotel, los cacos habían pasado por sus azoteas. Si bien esto constituiría un allanamiento, la 'invasión' del hotel no constituía delito en tanto que los propietarios se encontraban en paradero desconocido y no denunciaba la situación.
El Ayuntamiento estuvo detrás de ellos. Los trabajadores a los que se les debía dinero también fueron llamando a todas las puertas posibles sin que nadie les contestase. De hecho, su causa laboral prescribió al año del cierre y acabaron acogiéndose al Fondo de Garantía Salarial (Fogasa). Esta última sociedad no mantenía vínculos con la ciudad, apenas nadie tenía referencia de ellos y por eso no les costó ausentarse en los juicios a los que fueron llamados.
El que acaso fuera el hotel más impresionante que se erigió en los años 2000 en la ciudad -en concreto, abrió sus puertas a finales de 2002, tras los Juegos Ecuestres- se ha convertido en un lugar de peregrinaje para algunos aficionados al graffiti. El estado de abandono es consecuencia de la labor de aquellos liquidadores y amigos de lo ajeno que han estado casi un año haciendo de las suyas con impunidad. Ha sido durante este verano cuando las 'visitas' han dejado de acudir con habitualidad. "Es que yo no les queda nada por llevarse después de un año", cuenta un vecino. Las grandes cristaleras que aliñaban las paredes de la recepción, de los salones o de la cafetería de la piscinas, se quiebran sin cesar por sus suelos. Entrar en el Palmera Plaza exige, entre la amenaza de los bichos escondidos por los matorrales de los exteriores y los cristales del interior, un cuidadoso celo para no resbalar.
La parte más peligrosa está justo a la entrada, en la esquina entre Pizarro y Pozo del Olivar. El techo de la recepción está compuesto de lamas de cristal. Algunas penden quebradas sobre las cabezas de los visitantes ocasionales. La peor parte se la ha llevado el vidrio junto a la impresionante araña colgante que iluminaba la enorme estancia con cierta inspiración versallesca. Esta lámpara ha estado descolgada en el suelo hasta hace bien poco, cuando al fin alguien se la llevó.
El consuelo de los vecinos es que ya apenas se cuelan los desguazadores. El hecho de que queden en pie en el hotel apenas las estructuras, como si estuviera recién construido, es curiosamente un respito. Y, aseguran, no le temen a los graffiteros. "No van a dar problemas", cuenta un vecino. "Y ni se ponen por ahí a hacer botellones ni nada por el estilo, así que tan tranquilos". Ayuda que cerca del Palmera Plaza no haya ninguna discoteca ni 'zona de marcha'. "Pero tenemos miedo a que se meta gente por ahí a dormir, porque dentro de nada empezará a hacer frío y pueden encender hogueras. Con la cantidad de matojos secos que hay por todos lados, podría prender todo en un momento", explica.
En el interior no hay evidencias de que nadie se esté 'hospedando' en el cinco estrellas 'gran lujo'. En las habitaciones quedan muebles y colchones abandonados. "Con lo fácil que se entra, por la recepción, que no tiene ventanas, cualquiera sabe lo que va a ocurrir a partir de ahora". Las posibilidades de rehabilitación del inmueble son una incógnita. El tiempo, las palomas, los bichos, y los graffiteros, son ya los únicos protagonistas en los espacios del Palmera Plaza.
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