Pagar para morir

Sólo una hora antes de la muerte de la turista portuense hubo un combate cuerpo a cuerpo incluso con granadas

Las excursiones en este contexto no bajan de 30 euros

El todoterreno en el que viajaba Esperanza, con el agujero de la bala que acabó con su vida.
El todoterreno en el que viajaba Esperanza, con el agujero de la bala que acabó con su vida. / Efe
Francho Barón

Río de janeiro, 25 de octubre 2017 - 07:54

Hace décadas que, en Río de Janeiro, algunas agencias locales de turismo ofrecen visitas a las favelas más conocidas de la ciudad. La Rocinha, con una población estimada de cien mil habitantes, es la excursión más demandada, ya que a su estratégica ubicación entre los pudientes barrios de Leblon, Gávea y São Conrado hay que sumar el atractivo que tiene para algunos turistas adentrarse en los meandros de una ratonera humana donde la pobreza cobra tintes dramáticos.

Entre otras razones, porque aquí estallan con frecuencia sangrientas guerras intestinas entre facciones narco. O porque aquí se fraguaron las leyendas de temidos jefes del hampa carioca, como Ben-Te-Vi o Nem da Rocinha. Todo ello forma parte de la mística del lugar, plagado de pintadas con las iniciales del grupo narco que controla el territorio y cuyos accesos suelen estar bajo la vigilancia de jóvenes equipados con radiotransmisores para alertar del ingreso de policías o intrusos. Cuando esto sucede, desde los tejados los bandidos lanzan cohetes y fuegos artificiales a modo de aviso o toque de queda. A partir de ese momento nadie se puede sentir seguro en los callejones. Es la señal inequívoca de que la guerra puede estallar en cualquier momento.

En este contexto se desarrollan estas excursiones. Varias agencias cariocas las anuncian en internet a precios que no suelen bajar de los 30 euros. Algunas se realizan a pie, asumiendo un riesgo mayor. Otras, como si se tratara de un morboso safari fotográfico, se llevan a cabo a bordo de vehículos todoterreno descapotables. Algunos sociólogos sostienen que el turismo en las favelas contribuye a quebrar el tabú de estos guetos como lugares inaccesibles, por lo peligroso, y marginales. Otras voces, por el contrario, consideran obsceno vender como una atracción turística lo que no es más que un descenso a los infiernos de la miseria.

Lo cierto es que visitar hoy la favela Rocinha o muchas otras favelas de Río es equiparable, en términos de riesgo, a ir de excursión a una zona de conflicto de intensidad media o baja. Es completamente falsa la lógica de que, según el día, se puede entrar en estas favelas sin asumir riesgos. La cruda realidad es que en cualquier momento puede producirse un cerco policial o puede desatarse un tiroteo entre narcos. Rocinha lleva más de un mes inmersa, sin matices, en esta guerra. Cualquiera que viva en Río debería saberlo, pues el bombardeo mediático es diario. La historia muestra que en toda zona de guerra las reglas cambian con rapidez y las garantías se desvanecen.

Prueba de ello es la dramática muerte de la portuense María Esperanza Jiménez Ruiz, deliberadamente engañada por unos irresponsables que le vendieron un paseo a un lugar donde tan sólo una hora antes los combates cuerpo a cuerpo (incluso se oyeron detonaciones de granadas) se saldaron con tres heridos de bala. Ningún turista en su sano juicio debería volver a tentar la suerte en estos suburbios, al menos en el actual contexto de inseguridad que vive la ciudad. Y las autoridades de Río, si es que quieren rescatar la ya deteriorada imagen de la ciudad como destino turístico, deberían cuestionarse seriamente si ha llegado el momento de ponerle coto a este tipo de excursiones al corazón de la miseria, del dolor y de la violencia sinfín.

stats