Jerez-Villamartín

Coste: 4,38 euros; Número de viajeros: catorce

Pedro Ingelmo

25 de octubre 2008 - 11:47

A continuación, comparen estos diálogos cazados al azar en el autobús mientras pierdo la mirada en el cabecero delantero, en el que puedo leer: “Carol mentirosa”. Bonito nombre Carol. Claro, que si es una mentirosa, ya no digo nada. El primer diálogo pertenece a un matrimonio que quizá rebase los 70. Habla él: “Yo tengo lo que compré y lo que reza. Que si ahora me vienen con escrituras y registros… pues qué hago, mujer. Yo lo que les digo es que vosotros lo hacéis todo por el ordenador y os equivocáis”. La mujer recela. “Lo que tú tenías es que tener los papeles en casa y no tanto abogado ni tanta cosa”. El filosofa: “Mientras sí, sí y mientras no, no. Si nos morimos, pues nos morimos”. Ahora atentos a un diálogo en las primeras filas. Lo lleva un hombre de unos cuarenta años con una camiseta en la que se ve un león y las palabras Go y otro hombre, algo más joven, que se queja de que no hay trabajo. “Yo tuve suerte, así te lo digo, porque me hice daño en la espalda, que tengo las vértebras…”. “Y estás asegurado”. “Claro, y todos mis compañeros están en la calle porque ha cerrado la empresa, pero yo tengo mi incapacidad por lo de las vértebras”. “Ya”. “Y trabajas como un burro y si te mueres, te mueres”. ¿Han observado? Ustedes dirán que ambos acaban con una reflexión parecida, que, bien es cierto, no parece venir a cuento pero es una concepción determinista de la vida muy sabia, muy de tradición popular. Es decir, que todo esto está muy bien, pero cuando te mueres, te mueres. No es una tontería, no puede ser una tontería cuando no hay nada más que eso y, por tanto, es el modo acordado para zanjar una conversación. Pero yo en lo que me estaba fijando era en el acento. En serio, ha cambiado radicalmente de ayer, en la costa Noroeste, a hoy. Hay un mayor protagonismo de la jota, las partes finales de las palabras son más largas. Es castellano andaluz de interior. Ya les digo, vamos rumbo a la Sierra y eso también se nota. Está bien, es un acento con su melodía.

Detrás de mí viaja Alejandro. Viste bien y es un chico de unos 30 años, cordial. Trabaja en el negocio de su padre, El Potro, piel de Ubrique.

Recibo un master sobre el asunto cuando dejamos de hablar sobre lo que habla hoy en día todo el mundo, sobre Lehman Brothers y esas cosas. “La piel nota la crisis, hay menos gente trabajando, sí. Si el cliente te pedía antes 5.000 carteras, ahora te pide 3.000”. “Porque la gente ve venir que no habrá nada que meter en las carteras”. “Bueno, sí, pero en Ubrique hemos creado una industria sólida, que va a estar ahí. A nosotros nos llaman la Cataluña del sur. Allí, cuando hay que trabajar la gente trabaja, se pone manos a la obra y si hay que hacer un millón de carteras, se hace un millón de carteras. Entre todos. El problema es China. Venden barato algo que es más barato aún, algo que no vale nada”. “Y lo barato es caro”. “A la larga, por supuesto. Lo importante es estar en el mercado. Tienes que salir de ese boquetito que es Ubrique, viajar. Mi padre se iba la Costa del Sol y se dio cuenta de que había que saber inglés. Y lo aprendió. No encontrarás a mucha gente de 65 años que se pa inglés. Hay gente en Ubrique que se vio con el dinero en la mano y dijo ahora es mío, ya me lo gasto. Otros, como mi padre, se dieron cuenta de que el negocio era futuro, que había que crear los cimientos. Y gracias a eso Ubrique ha llegado a ser lo que es”. Me cuenta una historia muy buena. Hubo un momento en que Ubrique se colapsó. Fue en el año 99. Era el boom del euromonedero, pidieron cientos de miles de euromonederos. “No sé qué pensaban que iba a ser el euro, pero la gente se compró monederos a millares para meter la nueva moneda. No pudimos abastecer el mercado, nos desbordó”. ¿Por qué somos así, me digo, si morirnos nos vamos a morir? ¿Por qué compramos tantos euromonederos aquel año?

Y me despido de Alejandro, asombrado con la historia del euromonedero para encontrarme de bruces en la estación de Villamartín, que tiene una bonita parra y muchos taxis. Atención. Esto es lo que pone en un folio fotocopiado que hay en la taquilla: “Hombre guapo busca chica guapa para mantener relaciones y contraer matrimonio. Recientemente premiado con 2.987.779,65 euros en la primitiva. Poco ‘ablador’, hombre de su casa y muy puesto en sus queaceres domésticos. Abstenerse feas y con más de 30 años, que sea guapa y delga, que gorda y fea ya se pondrá”. Me huelo que pueda haber cierto quede con el hombre de la foto que ilustra el anuncio, con cara de labriego. En caso contrario, infórmense en la estación de Villamartín, que en el folio viene el móvil del millonario.

De lo que logro informarme en la estación es de que el próximo autobús a Puerto Serrano no sale hasta las dos menos diez. Indago. En realidad, tendría que hacer parada en Espera. Sólo hay un autobús en todo el día a Espera. Es la única conexión de este pueblo olvidado de la provincia con la sierra a la que debería pertenecer. Espera es uno de los ejemplos de pueblos a los que Cádiz da la espalda, con lo que hacen muy bien en mirar más allá de la frontera. Cerca está Cabezas de San Juan y los pueblos del sur de Sevilla, con los que tiene mejores conexiones, sin que sean nada especial. Desisto de ir a Espera y elijo Puerto Serrano, que, como se verá, tampoco tiene una gran demanda. Tengo tiempo para pasear por Villamartín y asombrarme de las casas señoriales de la calle del Santo, demostración de un viejo esplendor. Viniendo para Villamartín he observado kilómetros y kilómetros de campos sin labrar, efectos de la PAC, que paga por no producir. En Villamartín niños recién salidos de la ESO con aspecto de perdonavidas escuchan en la calle rap con sus gorras blancas caladas. Los veré varias veces en distintos sitios mientras llega el autobús de Puerto Serrano. En un parque, algo más arriba, ya que Villamartín está construida en varios niveles, treintañeros matan el tiempo con una navaja. El objetivo es lanzarla contra un árbol. Tienen la pericia de quienes han lanzado miles de veces la navaja contra el árbol. Horas y horas ante el árbol.

Como ya dije que hay tiempo, recorro Villamartín para conocer, por ejemplo, el buen talante de su alcalde, que no ha retirado una pancarta en la entrada del pueblo que pone “alcalde pelele”. Cierto es que la pancarta tiene roña y está rodeada de restos de bolsas colgantes como jirones de una verbena popular terminada hace sesenta años. Mucho más lucido es el emblema que da la bienvenida. Labrado en piedra: “En Villamartín te espero si la soga no se rompe”. Qué curiosidad. Doy con uno de los cronistas locales. Me explica que el dicho se remonta años ha, cuando las crecidas del Guadalete aislaban el pueblo y para pasar de un lado a otro se utilizaba una barcaza de la que se tiraba con una soga. Rota la soga, rota la comunicación. Para que nos quejemos de los autobuses.

En el paseo se topa uno con un edificio de cemento revestido de piedra en su frontal sobre el que se puede abrir un debate arquitectónico. Se diseñó en los 70 para un concurso de casas de cultura. Desde entonces ha sido casa de cultura, biblioteca, lugar multicultural y edificio abandonado. Ahora es el museo local. Visita con una palentina como cicerone por la historia de las orillas. Primeras piedras sin tallar, segundas piedras con aspecto de minihachas, terceras piedras, bronce... el procedimiento habitual hasta llehgar a la numismática, allá por el siglo XV. Tecnología en proceso. A la salida, en la calle, latas de coca cola desperdigadas por el suelo y bolsas de desperdicio bajo el museo, muestra final del avance de la humanidad. El recorrido se ha completado. Sigue sonando en algún sitio el rap.

Vuelta a la estación, que es de lo que se trata, para coger el autobús a Puerto Serrano. ¿No era a las tres menos diez? Bueno, más bien es cuando llegue, me responde el encargado de la estación. Cuando llegue es treinta minutos más tarde.

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