Provincia de Cádiz

Lo que Cataluña se llevó

  • Sólo queda una fábrica de mantas de la floreciente industria textil de la Sierra en el XIX, que languideció al entrar en competencia el empuje de los catalanes

 "Cataluña fue sin duda el lobo más feroz que conocieron las ovejas de Grazalema". Esta frase aparece en una reseña histórica realizada por la empresa Artesanía Textil para contar los orígenes de esta industria en Grazalema, un pequeño pueblo  que no llega a las 2.000 almas pero que hace 150 años cuadruplicaba esa población por la necesidades de mano de obra del principal centro textil de toda España. En toda la comarca, donde se trabajaba para Grazalema como lo que hoy llamaríamos industria auxiliar, la población superaba los 20.000 habitantes. A Grazalema se le conocía como la pequeña Cádiz y no era para menos. En aquellos años Cádiz tenía 50.000 habitantes. 

"Fue un cúmulo de factores", explica Mario Sánchez Campuzano, el único industrial de este ramo que queda en la localidad, entre telares de madera cargados de historia. Todo esto ocurrió hace mucho tiempo, naturalmente. Y para Sánchez Campuzano el principal factor fue que "los empresarios de Grazalema no reinvertían las ganancias en la industria. Sus beneficios iban a parar a la compra de tierras, mientras que los catalanes estaban informados de la revolución industrial inglesa y todo lo que ganaban se destinaba a adquirir tecnología".

Fueron más cosas. La distribución entre los primeros. "El ferrocarril se había empezado a construir en España en 1848 y otros medios de locomoción modernos ausentes en el pueblo, hacían imposible a los industriales grazalemeños competir por los costes tan elevados del transporte tradicional. A falta de nuevas máquinas y de recursos para importar algodón u otra materia prima, la industria de Grazalema se vino abajo", explican los historiadores Ginés Serrán y Fernando Pinillos en la reseña histórica.  

Los tiempos cambiaban. Si Grazalema había crecido como rica zona preindustrial había sido por su localización geográfica. La materia prima, la lana, estaba a mano y la alta pluviosidad  limpiaba esos vellones recios de ovejas merinas y ofrecía un rendimiento sin competencia. Esa misma localización geográfica causó el cataclismo. La irrupción de los catalanes con el apoyo de Madrid, que aplicó un férreo proteccionismo a la industria catalana, dio al traste con el proyecto de un tren por la Sierra que hubiera salvado la industria textil  de Grazalema. El algodón sustituía a la lana. Ya  daba igual dónde estuviera la materia prima, eso se había acabado. Ahora ganaba el que produjera más y más rápido y tuviera costes más bajos de distribución. Grazalema dejó de exportar mantas y pasó a exportar mano de obra. Los pueblos de la Sierra, que vivían del centro industrial de Grazalema, se fueron despoblando, aislando y empobreciendo.  "Grazalema había sido víctima del proceso de industrialización que se estaba produciendo en el norte de España", dice Mario Sánchez. Empezaba a gestarse el desequilibrio que ha llegado a nuestros días entre un norte rico y un sur pobre.  

Saltemos cien años. Estamos en 1940. Un niño de siete años pasea por el pueblo escuchando  el sonido familiar de cada día, el  ras ras que sale de las casas. Ese niño es ahora Juan González, 79 años, conocido en el pueblo como Juan el del Molino porque cuenta con el último molino de harina en la zona de Grazalema. Antes este monte estaba salpicado de molinos, que también se usaban para procesar la lana.

Hablamos con Juan bajo una parra que da sombra en la entrada de su casa molino. "Aquel ras ras eran los telares que había dentro de las casas. Una casa sí, una casa no tenían un telar. La gente trabajaba para las fábricas desde su casa y luego la entregaban para su acabado final.  En las casas había batanes para pegarle la golpiza a la manta y darle cuerpo. De muy chico he visto cardar las lanas a mano". El cardado se llama así porque se realizaba cepillando las mantas con cardos, lo que las alisaba y quitaba los nudos.

Para Juan, los recuerdos del esplendor de las fábricas se difuminan. Recuerda el final de la guerra, "que se habían marchado todos, quedó muy poca gente en el pueblo. Luego, poco a poco fueron volviendo a las fábricas y, sobre todo, a las casas con los telares".

La industria de las lanas agonizaba en la segunda mitad del siglo XX. "Se mantuvo un tiempo, pero ya con un mercado esencialmente local. Las mantas de aquí eran muy tupidas y se uilizaban como ponchos para ir al campo a caballo. El agua no traspasaba por lo que podían actuar como chubasqueros. Pero ahora va la gente al campo con 4x4", explica Mario Sánchez, el superviviente.

Su padre fue uno de los últimos industriales de la lana en Grazalema y él, en 1985, decidió seguir la tradición por romanticismo. El primer intento consistió en realizar una manta de un modo absolutamente artesanal, "tal y como siempre se había hecho aquí, es decir, con el proceso total desde la recogida de la lana hasta el acabado de la manta". Hubo ayudas públicas hasta que el proyecto, en menos de tres años, fracasó. Entonces Mario cambió de modelo: "No me hago rico, pero da para vivir yo y mis siete empleados si no hacemos locuras. En los años de bonanza no nos volvimos locos y por eso ahora nos mantenemos".

Lo primero que hizo Mario fue focalizar un mercado. Con la competencia creciente de la manufactura asiática, imbatible en precio, pensó que lo mejor sería venderle buena lana a la gente bien de la calle Serrano de Madrid. Bufandas de calidad, lana suave como  la seda, a quien quiera pagar 50 euros por ella. Y ahí encontró un hueco dentro de una indusria textil, la española, en la que sólo Inditex saca pecho. Los industriales tradicionales están en vías de extinción. "De las 40 hiladoras de Sabadell ya sólo quedan dos, de los 150 confeccionistas de Talavera sólo hay 10..."

La industria textil catalana ha visto cómo los chinos hacían con ellos lo mismo que 150 años atrás ellos hicieron con Grazalema. El rey coste los ha derrotado. En ese medio ambiente hostil, Mario Sánchez se desvive por encontrar clientes diversificando. Controla el mercado andaluz en las guarnicionerías, donde los ponchos siguen teniendo cierto mercado. Sus productos para clientes de alto poder adquisitivo encuentran asiento en las tiendas de las mejores calles comerciales de Madrid, Bilbao, Santander y Burgos. Hace economías de escala. "No puedo arriesgarme a lanzarme a las grandes distribuidoras, las grandes superficies. Si me hacen un pedido de 20.000 bufandas al año tengo que  abandonar a mis 400 clientes para hacer las 20.000 bufandas. Si un día me retiran los pedidos, perdería las 20.000 bufandas y los 400 clientes".

Aún así, sueña con que "me toque la lotería". Para él, que le toque la lotería  es un pedido de 2.000 mantas al año. Mientras llega la lotería, busca en le exterior con una nueva marca, Merino Royal, lo que no encuentra en el mercado nacional. Se patea las posibilidades centroeuropeas y americanas. "Dicen que el mercado del lujo no está en crisis, pero eso vale para las marcas, para Louis Vuitton o Chanel, no para los pequeños productores", explica en su precioso taller de máquinas artesanales en el que gobierna un gran batán que es una reliquia en funcionamiento. 

Lo que queda del esplendor textil de Grazalema es esta fábrica en la que las mantas se secan al sol. Hace demasiado sol. "Tanto buen tiempo no me favorece", reflexiona mirando el cielo azul de la Sierra. Y, acontinuación, se le iluminan los ojos y pregunta: "¿Crees que hay muchos placeres mayores que estar sentado en el sofá de tu casa leyendo un libro y arropado por una suave mantita?" 

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