Crítica | Rafael Riqueni El tiempo detenido

  • El nuevo disco de Rafael Riqueni se llama 'Herencia' y es una nueva obra maestra de intimidad y flamencura

Rafael Riqueni en la pasada Bienal de Sevilla.

Rafael Riqueni en la pasada Bienal de Sevilla. / José Ángel García

El maestro sevillano Rafael Riqueni publica Herencia, un disco con diez toques solistas donde el intérprete se hace acompañar, sólo en los temas festeros, de las palmas de José Amador, Luis Amador y Diego Amador. La taranta es de una morosidad sobrecogedora y se mueve entre la virilidad armónica de cuño montoyista y el lirismo melódico habitual en este tocaor.

La pieza susurra y acaricia sin estridencias, lo propio de un maestro que no tiene ya nada que demostrar y que apenas pretende abrir su corazón. Conjuga la disonancia con la miel con toda naturalidad. Se detiene en cada nota, en cada recodo del camino sabiendo que lo importante no es la meta sino el recorrido, eso que a veces olvidamos. La granaína se inicia con un largo y sentimental trémolo. Es otro prodigio de intimidad. La granaína es una pieza compleja que alcanza en algunos pasajes unos enormes niveles de abstracción.

La música de Riqueni dialoga en igualdad de condiciones con los clásicos de la sonanta flamenca y con los de la llamada música nacionalista: Falla, Granado, Turina, Albéniz, etc. Las cantiñas están completamente alejadas del concepto percusivo y metálico del toque festero contemporáneo. Se trata de una pieza acústica y pastueña, de falsetas ligadas, incisivas, pero no agresivas, y cantables.

Portada del nuevo disco de Rafael Riqueni. Portada del nuevo disco de Rafael Riqueni.

Portada del nuevo disco de Rafael Riqueni.

La farruca se inicia en tonos menores huyendo de la sequedad formal característica de esta pieza. Es una creación completamente nueva que incluye guiños a la tradición flamenca para conducirla a otros territorios emocionales, ampliando por tanto la gama de lo jondo por el camino del corazón, que es el que más interesa, por encima de la experimentación formal, armónica, rítmica, melódica, que también es importante, obviamente, y que asume asimismo la pieza. Es uno de los temas más sorprendentes del disco, que enlaza con el mejor Rafael Riqueni del pasado.

La seguiriya se abre y se cierra con un trémolo cargado de miel. En la soleá, de nuevo el tiempo se detiene, así que la sensación que nos proporciona la audición, en estos tiempos de ansiedad contenida, es de paz, de serenidad. Es una pieza, por tanto, clásica de plena actualidad. Los tangos contienen un tema cantable muy resultón. Las sevillanas nos resultan enormemente familiares porque las creó Riqueni para la Bienal de Sevilla y han sido nuestra banda sonora, cada noche, durante un mes, el que duró el magno festival sevillano.

El disco se cierra con una minucia, titulada In memóriam, de un minuto y medio de duración, un arpegio subyugante, que es Riqueni en estado puro. Es corta y eterna porque el tiempo se detiene en ella y no queremos abandonar ese universo tan conmovedor, que hiere y consuela a un tiempo. Es una de esas despedidas que no se olvidan.

El disco confirma lo que ya sabíamos, que Parque de María Luisa, la anterior entrega discográrica del guitarrista sevillano, no fue una excepción ni un canto de cisne, sino que Riqueni se halla en plena madurez compositiva. Al ofrecerse aquí sin aditamentos, con solo unas palmas de cuando en cuando, se muestra por tanto quintaesenciada, en toda su pureza.

La apelación a los estilos tradicionales de lo jondo no le resta libertad sino todo lo contrario. Riqueni está en un territorio absolutamente familiar, el de su propia inspiración. En ella se derriban las fronteras estrictas entre los géneros que no son sino un punto de partida o, por mejor decir, una emoción de partida. Véase, por ejemplo, la cristalina seguiriya.

Rafael Riqueni ha publicado hasta la fecha los discos Juego de niños (1986), donde ya se evidencia la delicadeza de su toque, frente a la contundencia imperante en la guitarra de los ochenta, Flamenco (1988), que rompe con el concepto del combo flamenco imperante en la guitarra al prescindir de acompañantes, Mi tiempo (1990), Suite Sevilla (1993), Maestros (1994), de nuevo con la guitarra en solitario, Alcázar de cristal (1996) y Parque de María Luisa (2017).

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