Un viaje al "Marruecos de verdad"
Alumnos del instituto Santo Domingo recorren 2.500 kilómetros por el país vecino, pasando por pequeñas poblaciones de las montañas del Atlas, hasta llegar al gran desierto de arena y dunas
"Me imaginaba que estaba en Israel, en la época de Jesucristo; un viaje al pasado", cuenta un alumno del instituto Santo Domingo, tras el viaje al interior de Marruecos que ha realizado con otros diez compañeros y dos profesores. El viaje era diferente al que muchos de ellos hicieron el año pasado, por el norte del país alauita. En esta ocasión, los jóvenes estudiantes han conocido la verdadera pobreza de un territorio alejado de la sociedad industrial avanzada, cuyos habitantes viven con costumbres arraigadas desde hace siglos y con una economía basada principalmente en la subsistencia.
Los pueblos que recorrieron en dos furgonetas no eran los sitios turísticos donde los vecinos hablan español perfectamente. Todo lo contrario, la expedición se dirigió hacia las montañas del Gran Atlas, pasando por poblaciones donde las casas están hechas de adobe y donde la luz eléctrica y el agua corriente son milagros de este siglo, hasta llegar finalmente al gran desierto de arena y dunas.
"A partir de Fez es cuando vimos Marruecos de verdad, cuando comprobamos la verdadera necesidad de sus gentes y la pobreza que padecen", explica la estudiante Arantxa Ortega, recordando aquellos niños, desacostumbrados al turismo, que les perseguían nada más llegar a un pueblo rogándoles algún donativo.
En Marruecos, como describe otro de los alumnos, Miguel Santaella, uno se siente como un "billetes con patas", pues muchos viven de sacarle las perras al primer turista que llegue. Sin embargo, una vez se aprende a lidiar con esta sensación, empiezan a captar la hospitalidad de sus gentes. No en vano, fueron invitados a una fiesta en Imilchil (un pueblo perdido en las montañas del Atlas) después de ver el partido de España-Rusia de la Eurocopa en un bar, donde hasta conocieron a su alcalde, y a otra celebración, en un pueblo de antiguos exclavos sudaneses, en medio del desierto.
Tras 2.500 kilómetros de recorrido, pernoctando en hoteles, pensiones, albergues o acampando libremente en el bosque, los estudiantes se quedan con muchas imágenes de recuerdo: los monos de las montañas robándoles alimentos, el amanecer visto desde una duna del desierto, las ancestrales instalaciones para teñir las pieles de Fez, la intensa vida del mercado de aspecto medieval de Marrakech... Incluso hay quien quedó fascinado, como recuerda Miguel Santaella, con la belleza "de la nada" que representa el desierto de rocas que separa el otro desierto, el de las dunas de arena, de la cordillera montañosa del Atlas marroquí. Lo que no gustó a nadie fue la masiva presencia de antenas parabólicas que coronan la mayoría de las casas marroquíes y que corrompen la estampa patrimonial del país vecino, tan alejado por los estereotipos etnocéntricos.
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