El Alambique
Jesús Andrades
Detrás de Baltasar
EL ESCULTOR IGNACIO LóPEZ EN EL III CENTENARIO DE SU MUERTE (XIII)
Continuando con el análisis del retablo de ánimas de la Prioral, la primera obra conocida y documentada de Ignacio López, destacamos hoy su precioso sagrario con la representación de las Virtudes teologales, original y excepcional en la iconografía de este imaginero.
El sagrario del magnífico retablo de Ánimas de El Puerto es de traza convexa y planta trapecial o semihexagonal, lo cual otorga cierto dinamismo y ritmo al banco o predela en cuyo centro se inserta. La superficie se compone de tres caras achaflanadas separadas por columnillas salomónicas entre las que se muestran los altorrelieves con figuras femeninas alusivos a las tres virtudes teologales recordándonos que para alcanzar la salvación todo buen cristiano (y los hermanos de esta cofradía) debe practicar la fe, la esperanza y la caridad.
La presencia de virtudes personificadas por mujeres en fachadas, retablos y sepulcros fue una práctica común desde el siglo XV y adquirió una especial significación tras los dictámenes contrarreformistas de Trento. Además de las Virtudes Cardinales (Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza), para el cristiano, las denominadas Teologales o sobrenaturales son más importantes aún porque tienen por objeto directo el acercamiento a Dios siguiendo el modelo de los valores que simbolizan. En el sagrario de este retablo de El Puerto aparecen representadas por Ignacio López la Fe en el centro y Esperanza y Caridad en sus caras izquierda y derecha, respectivamente. Las tres tienen una serie de elementos comunes que resumimos. Se trata de tres figuras alegóricas juveniles de pequeño formato (miden 47 x 27 x 10 centímetros) que, como diría Moreno Arana, están "tratadas como gráciles representaciones femeninas animadas por los violentos drapeados de sus agitadas vestimentas". Aparecen erguidas y apoyadas en nubes, dinámicas, con ligero contraposto o adelantando una pierna y retrasando la contraria y con facciones claramente "lopecianas" repetidas en otras representaciones femeninas documentadas y atribuidas. Las tres conservan la rica policromía primitiva en su indumentaria (túnicas y mantos volados y desplegados en torno a hombros y espaldas con decoración en sus labores de estofado donde predominan los tonos rojos, verdes y dorados), portan sus correspondientes atributos y presentan un deficiente estado de conservación.
Es una virtud mediante la cual el creyente acepta las verdades reveladas por Dios y transmitidas por su Iglesia. En este sagrario ocupa la cara frontal, es decir, decora la puertecilla del tabernáculo que permite guardar las Sagradas Formas. Se representa como una joven vistiendo el ropaje citado y únicamente identificable porque sus ojos se muestran cerrados (en otras ocasiones aparecen vendados o apartando la mirada de esos símbolos), indicativo de creer lo que no se puede ver y merecer la alabanza de Cristo: "Dichosos aquellos que crean sin haber visto"(Jn. 20, 24-29). Los otros atributos más típicos con que suele caracterizarse esta alegoría han desaparecido, pues ha perdido alguno de los que sostendría en su mano derecha (no se conserva ni ese brazo completo), posiblemente cruz, cáliz o libro abierto, en referencia al símbolo del cristianismo, sacramento de la Eucaristía y Sagradas Escrituras, respectivamente.
Entre los cristianos es una virtud por la cual confiamos en que la bondad divina nos otorgue su gracia en este mundo y alcancemos la gloria eterna. En este sagrario, su personificación femenina aparece representada con su principal símbolo, el ancla, aquí de tamaño idéntico a la figura, que apoya sus pies sobre la base curva de ella. Como atributo iconográfico fue usado siempre por los artistas asociándolo a la navegación marítima por mantener una embarcación fija en el mar y como símbolo universal de firmeza, seguridad y fidelidad. En el cristianismo se convirtió en símbolo de Cristo (evita el "naufragio espiritual") al tener en cuenta la cita de la carta a los Hebreos que refiere las promesas de Dios en Jesucristo como esperanza de los cristianos: "asiéndonos a la esperanza propuesta, que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma" (Hb 6, 19). Simbolizó desde el arte paleocristianismo la esperanza en la resurrección, en una existencia futura, en la salvación eterna. En cuanto a su postura, es la típica en muchas representaciones de esta virtud: estante, con actitud contemplativa y expectante, cabeza ligeramente elevada y mirada segura dirigida al cielo (para evitar poner los ojos en las vanidades del mundo mientras mente y alma esperan lo inmutable, imperecedero y eterno). Los brazos y manos cruzados delante del pecho expresan como esta virtud se guarda en el interior del corazón y somos agraciados y agradecidos por poseerla.
Entendida como virtud cristiana significa el amor sobrenatural a Dios y al prójimo por amor a Éste. Debe distinguir a los discípulos de Cristo como mandamiento nuevo. Así se ha entendido en este sagrario al ser representada como la iconografía más habitualmente aceptada: una joven mujer acoge y protege a un niño colocado a su derecha (simplificación de los varios con que suele representársele) al que también dirige su cabeza y mirada, simbolizando el sentimiento del amor. Con el brazo derecho extendido coloca su mano sobre la cabeza del pequeño que busca protección asiéndose al manto. Ignoramos que ocurriría con el izquierdo porque tampoco se conserva: ¿simplemente aparecería elevado en contraposición al otro brazo o sostendría algún atributo relacionado con el amor puro y desinteresado de una madre, como un corazón ardiente o una llama, símbolos del amor y la pasión?
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