Un plato de vida y esperanza

Más de medio centenar de personas que no tienen qué llevarse a la boca pasan cada día por el comedor de Sol y Vida, cada una con su propio drama personal a cuestas

Una imagen del comedor social que regenta la asociación Sol y Vida en la calle Cruces.
Una imagen del comedor social que regenta la asociación Sol y Vida en la calle Cruces.
Álvaro Sánchez / El Puerto

29 de enero 2010 - 01:00

La diferencia entre comer o pasar hambre, entre verse obligados a delinquir y acabar en prisión o seguir viviendo más mal que bien, sin comodidades y expuestos al frío y demás penurias, pero bajo el azul del cielo y respirando libertad.

El comedor social Sol y Vida marca esa delgada línea en la vida de algunos de los que acuden al centro cada día a desayunar, comer y merendar. Sin embargo, entre su público habitual no todos están en la misma situación. Entre la realidad del inmigrante desempleado tras el fin del boom de la construcción y la del que tiene problemas de dependencia y es seropositivo hay un gran trecho, pero todos comparten cada día por unos minutos el mismo techo en la calle Cruces.

Un equipo de más de 50 voluntarios hace posible el milagro, su reparto de días y tareas les permite acudir uno o dos días a la semana a colaborar cocinando o sirviendo el menú del día y algunos de ellos llevan ya años haciendo de comer a persones escasas de recursos. Es el caso de Araceli, Mai y Josefina, veteranas ya en eso de moverse entre los fogones del Sol y Vida, tarea en la que ponen todo su empeño y en la que están acompañadas de Pepe, encargado de servirla. "Estar aquí es una filosofía de vida; te llena, veo una cosa muy natural aportar tu granito de arena", comenta Mai.

Hoy toca berza de primero, huevos fritos con salchichas de segundo y natillas de postre y el comedor está lleno desde su apertura a la una de la tarde, hora punta de los que no quieren o no pueden esperar más para echarse algo a la boca. No tiene estrellas Michelín pero la berza tiene muy buen aspecto, cumplido al que Mai reacciona ofreciendo una cucharada que la prontitud de la hora y el tardío desayuno hace que decline.

La crisis no ha hecho que la afluencia al comedor aumente, dados los problemas endémicos de medios de manutención que padecen la mayoría de sus usuarios. Lo que sí ha crecido en cambio es el volumen de la ayuda que reciben, que se ha dejado sentir especialmente durante las pasadas Navidades gracias a la colaboración de parroquias, hermandades, comercios, particulares y del banco de alimentos, todo ello sin olvidar al Ayuntamiento, que paga el alquiler del local, y a las personas que han encarnado este año a los Reyes Magos, que merced a su peregrinar por empresas en busca de ayuda han podido ofrecer al comedor su colaboración.

La comida transcurre tranquila y silenciosa hasta que pese a los dos platos y el postre, algunos tratan sin éxito de repetir, "es pronto y tiene que llegar para todos", comentan las cocineras. Junto a los sin techo y personas con dependencias, un grupo de inmigrantes desempleados ocupa una de las mesas del Sol y Vida.

Un guatemalteco y varios bolivianos me hacen un hueco en su mesa mientras esperan el postre. Pese a su situación se respira buen humor. "Trabajaba en la construcción y ya no hay empleo", comenta uno de ellos, que cuenta con un hijo nacido en España. La dificultad para encontrar empleo tras la paralización de la construcción y obtener la residencia legal es su principal preocupación.

Las lluvias también han afectado a las cosechas en las que de vez en cuando podían echar una mano, por lo que Robin, que llegó hace unos meses de Guatemala y ha trabajado en distintos bares y como camarero en la Feria, ha recurrido al cuidado de un anciano, una profesión cada vez más demandada por el envejecimiento de la población española, si bien solo las escasas dos horas diarias que trabaja no le suponen muchos ingresos.

Ante la posibilidad de un retorno a sus países de origen, unos lo tienen más claros que otros, Fabio regresará a Bolivia tras el verano y ya está ahorrando los 800 euros que cuesta el billete. "Algunos se hacen deportar para ahorrárselo, pero eso les impide volver". El postre se acaba y los bolivianos se burlan cariñosamente del nombre de su amigo guatemalteco llamándole Robin Hood. Un apretón de manos y un buena suerte cierra la conversación. El almuerzo en el Sol y Vida ha terminado por hoy.

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