El Alambique
Libertad Paloma
Felicitación
feria de primavera y fiesta del vino fino
Muchas veces se ha dicho que Andalucía es una continua primavera, y hasta más de un autor ha definido a esta región meridional de España, en esta forma. Sin que en modo alguno tratemos de inmiscuirnos en averiguar la verdad y el fundamento de estas afirmaciones, más o menos reales o literarias, si hemos de resaltar que de todas las estaciones del año, la que presenta una fisonomía más adecuada con Andalucía es la primavera. Es pudiéramos decir la más propia, más peculiar, más andaluza -en una palabra- de todas ellas.
Todos los lugares comunes que a la Bética han sido atribuidos, y que no por el hecho de serlo son menos ciertos, sino que al contrario son un resultado de diversos elementos naturales y humanos que tienen una existencia real, adquieren en la primavera un relieve más acusado que de ordinario y le prestan de forma incuestionable todos esos calificativos de soleada y luminosa, florida y exuberante, alegre, colorista, despreocupada y jaranera, con que universalmente es conocida.
Sin embargo, y aún admitiendo que es la estación del año más acorde con Andalucía, o en la que resaltan más sus categorías definitorias, la región es algo más que un pequeño mundo delimitado por cuatro rasgos más o menos pintorescos. Andalucía es una serie de pequeños mundos muy diferentes entre sí, pese a que exteriormente puedan parecer para ojos poco observadores, que todos son iguales.
De aquí, y dada esta diferenciación o matización regional, encontramos con frecuencia que comarcas y ciudades muy próximas entre sí, ofrecen variaciones acusadas en su fisonomía, costumbres y folklore.
Por eso, al llegar la primavera y producirse el estallido de vitalidad de los diversos aspectos que caracterizan a la región, cada ciudad rinde su tributo a la estación florida con un tono, con un matiz, con unas notas propias, que en definitiva vienen a ser una de las formas de expresión de la individualidad personal y colectiva del alma andaluza.
La ciudad de El Puerto, tan andaluza, pero tan personal, dentro de las ciudades béticas como la que más, nos ofrece, al llegar la primavera, su ofrenda o tributo a la estación, por medio del encanto de su feria.
No vamos a tratar de describir lo que es una feria en Andalucía, pues plumas más autorizadas que la nuestra lo han hecho en repetidas ocasiones; ni siquiera intentaremos retratar como es la Feria de El Puerto, por las mismas razones. Únicamente, para corresponder al motivo de la publicación en que estas líneas aparecen contenidas, y al título con que vienen encabezadas, resumiremos en breves conceptos las notas más características de la más típica y alegre de las festividades portuenses y aquellas que al diferenciarla de sus semejantes, la pueden, por esta diferencia, definir mejor.
Dentro de lo común a todas las Ferias de Primavera que tienen lugar en Andalucía, en lo que hemos de incluir a todos los tópicos (sol, cielo, azul, vino, música, alegría, caballistas, trajes típicos, gitanas, folklore, etc.), que con tanto acierto han sido manejados por cuantos ilusionistas con los vocablos, han querido servirse de ellos. La Feria de El Puerto tiene de personal aquello que por su idiosincrasia no puede saborearse en otros. Es decir, flota en ella, un no sé que de familiar, de íntimos; que sin apenas motivo -pues toda fiesta de muchedumbre es enemiga de intimidades-, invita a la expansión. Que brota espontáneo, contagiando a todos, naturales y extraños, y que fluye con la misma suavidad con que el vino se escancia en las copas, sin disonancias ni extravíos de mal gusto.
He aquí el principal encanto de la Feria de Primavera portuense. Su intimidad dentro de la multitud, su familiaridad dentro de lo extraño, su popularidad, que no es populachera. Y junto a esto, sin que podamos discernir el efecto de la causa, la transfiguración de la ciudad. ¿Quién transfigura a quién? La Feria a la ciudad? ¿La ciudad a la Feria?.
El caso es que esa ciudad, dormida en su sueño de tres mil años, acunados por los espíritus de Roma y de Oriente; esa ciudad "para morir" que decía Baroja, que pese a los rudos aldabonazos de los modernos titanes de allende los mares, no acaba de desperezarse, en sus días de feria, despierta, se agita, vibra, se transforma y como hemos dicho se transfigura de tal modo, que apenas es posible reconocerla.
La natural fisonomía reservada de la ciudad desaparece, el retraimiento se convierte en animada convivencia, la estrechez se torna en abundancia, las preocupaciones en optimismo y hasta las diferencias de clase, tan acusadas todavía, se transforman en camaradería, que a tono con la extensión del vocablo en nuestros días, podría llamarse democrática.
Con la Feria de Primavera, la ciudad vive; he aquí su principal secreto. Y al vivir, derrama, como flor generosa que nada pide a cambio, las más puras esencias de su alma ancestral.
Primavera de 1957
Cuando Teresa Almendros me propuso que escribiese algo para la Feria, me vino a la memoria la figura de mi padre. Me dispuse a bucear por el archivo municipal. De la mano de Ana Becerra y Jesús Puente -bajo la atenta mirada de José Ignacio Buhigas- nos acercamos a una revista portuense, 'Santa María', dirigida por el profesor Manuel Martínez Alfonso. Precisamente en esa revista encontré lo que ansiaba. Y lo que aquí tienen es el artículo -tal cual, sin aditivos ni correcciones-, que mi padre firmara en la primavera de 1957. Curiosamente el año que nací. Sirva pues esta colaboración en su memoria. Sus reflexiones sobre la Feria de Primavera fueron valientes para la época y siguen vivas, 60 años después.
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