Crítica de teatro

¡Aquí paz… y después gloria!

Un instante de la representación de la obra del autor Juan García Larrondo, en el teatro Pedro Muñoz Seca.

Un instante de la representación de la obra del autor Juan García Larrondo, en el teatro Pedro Muñoz Seca. / andrés mora

Acabamos de asistir a la representación de la última obra del conocido dramaturgo portuense. Existía expectación entre los aficionados al teatro de nuestra ciudad por ver esta obra, aunque muchos ya lo habían hecho en Cádiz, cuando se representó en la Sala Central Lechera. Otras obras del autor fueron vistas y son admiradas por muchos de ellos, obras como "Mariquita aparece ahogada en una cesta", "Celeste Flora" o ,sobre todo, "El último dios", obras que hicieron que fueran muchos los espectadores que se convirtieran en admiradores de este autor, por su calidad literaria, su compromiso y sobre todo, por saber imprimir a sus historias emoción, ternura, poesía y sensibilidad, todo lo cual se vuelve a encontrar en esta obra que acabamos de ver en nuestro Teatro Municipal.

En la función asistimos a la narración de la historia de Gloria, una mujer que, tras la muerte de su padre, se recluye en la vieja casa familiar donde decide aislarse para pagar por sus errores y en la que tendrá que enfrentarse a los fantasmas de su alma atormentada, dispuesta a pagar, pero que, sin pretenderlo, se convertirá en la protagonista de una tragicomedia sobre el amor y el desamor en la que ella nunca había pensado ni pretendido participar.

Según dice el autor, "los personajes no se aman porque se olvidaron de amar, sino porque se aman demasiado a sí mismos o porque tienen dentro de ellos tanto amor que no saben expresarlo y acaban haciendo daño a los que aman".

El escenario aparece desnudo, en una cámara oscura con una mesa y cuatro sillas y sobre todo, tres lámparas de araña que en ocasiones iluminan el escenario y en ocasiones se apagan. Precisamente la iluminación es determinante en el decorado ya que se juega muy acertadamente con los claros y la penumbra que apenas deja vislumbrar a los personajes bañados por luces fantasmagóricas, fucsias, azules o violetas.

Los personajes constituyen una galería tétrica, seres retorcidos dominados por sus deseos, víctimas de la sociedad en la que viven, perseguidos por la corrupción, las drogas, el sexo o los deseos inconfesables, personajes que bien habrían podido salir de la pluma de Tennessee Williams.

Los actores asumen a la perfección sus personajes, se mueven con naturalidad y parece que el director Pepe Bablé, les ha hecho que digan tanto con sus movimientos, con su expresión corporal, como con el texto.

Al final de la función, el público premió a los actores y al autor, que salió al escenario, con una prolongada ovación que obligó a actores y a autor a saludar repetidamente.

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