La Portuense cierra sus puertas

un emblema que desaparece

La conocida papelería y librería pondrá fin a su actividad de más de 140 años por jubilación de su propietario

Hasta cuatro generaciones han mantenido un negocio muy vinculado a la ciudad

El dueño de la Papelera Portuense, Manuel Muñoz Bellvís, junto a la empleada Rosario Hita Gil, detrás del mostrador de la histórica librería.
El dueño de la Papelera Portuense, Manuel Muñoz Bellvís, junto a la empleada Rosario Hita Gil, detrás del mostrador de la histórica librería. / Andrés Mora
Carlos Benjumeda

El puerto, 10 de marzo 2017 - 02:07

Es uno de esos negocios donde es obligado hacer un alto en el camino para mirar sus escaparates, puestos con esmero y buen gusto y donde se combinan los artículos propios de una papelería y librería con curiosidades y objetos de oficina, figuras de Navidad, libros de comunión, puzzles, carteras, bolsas de viaje y juegos de mesa. Los escaparates de la Papelera Portuense han reflejado las fiestas de la ciudad durante muchos años. La persona que se encarga de instalarlos sin que les falte un solo detalle es Rosario Hita Gil, Chari, que lleva 38 años atendiendo con una sonrisa a los fieles clientes que atesora este histórico comercio. Pero en estos días en el escaparate se puede leer el cartel de 'Liquidación total'. Su propietario, Manuel Muñoz Bellvís, se jubila, y con su jubilación se cerrará el establecimiento de papelería y prensa considerado el más veterano de la provincia. Además, el cierre de la Papelera Portuense implica la desaparición de toda una institución, ya que su apertura como librería data de 1874, según consta en la memoria del negocio, cuando Luis Muñoz Carballo instaló un comercio de distribución de prensa y publicaciones en la calle Palacios, número 34.

Desde aquel pionero fundador, la Papelera Portuense ha sido regentada por cuatro generaciones, trasladándose varias veces de sitio, pero siempre en la misma calle Palacios, en el tramo entre Larga y Nevería. Al local que ocupa actualmente se trasladó en el año 1991, después de una obra nueva en el edificio, cuya planta baja fue acondicionada para albergar la papelería librería, con una superficie de 223 metros cuadrados, que consta de zona de atención al público, expositores y estantes, almacenes y oficina, y que actualmente se vende o traspasa. Por aquel entonces, el negocio estaba regentado por Manuel Muñoz Rodríguez, el padre del actual propietario, que compaginaba esta actividad con su trabajo como descifrador de la Armada en San Fernando, un puesto de gran responsabilidad. Manuel Muñoz recuerda que el lema de su padre era "el que tenga tienda, que la atienda", de manera que no se jubiló hasta los 78 años, pudiendo sacar adelante a sus seis hijos, dos de los cuales, el propio Manuel (que tenía entonces 22 años) y su hermana Marisol, tomaron el relevo del negocio familiar.

A mediados de los 90, el negocio se mantenía y prosperaba con la venta de libros de texto para los centros de enseñanza y la venta de material escolar, que eran pilares de su actividad, además del material de oficina para pequeños comercios, gestorías y empresas que había en El Puerto y que se han perdido.

La época más difícil para La Portuense llegó en el año 2010, cuando muchas de las empresas a las que suministraba se vieron asfixiadas por la crisis económica. Como tantos negocios, pasó una etapa dura, viéndose abocada a reducir costes y personal.

Sin embargo, pese a las dificultades, La Portuense nunca ha faltado a su compromiso con la sociedad y la cultura de El Puerto, participando en presentaciones de libros donde instalaba su stand, tanto en el caso de libros que tenían un gran tirón de ventas, como los de Alfonso Ussía, como en otros cuya lectura era minoritaria, estando abierta siempre a autores y temas de El Puerto.

A lo largo de más de 40 años de trabajo, Manuel Muñoz ha vivido situaciones y anécdotas de todo tipo. Recuerda que una madre llegaba cada mes con su hijo, gran amante de la lectura pero de escasos recursos, y que escudriñaba las estanterías hasta hacerse con el libro que buscaba en la edición más económica. Cuando Manuel le preguntó a la madre por la afición de su hijo, esta le contó que el niño guardaba el poco dinero que ella podía darle para comprar el deseado libro a final de mes. Manuel Muñoz instaló entonces una mesa y un atril y le dijo al niño que podía ir a la librería cada tarde a leer el libro que quisiera, como así hizo durante varios meses, explica emocionado al recordarlo. Son anécdotas de una vida dedicada al comercio de proximidad, donde el factor humano y el compromiso son elementos básicos en el día a día. Cosas que sin duda recordará con nostalgia cuando a finales de abril la papelería cierre sus puertas, llegado ya el momento de la jubilación. "Me da pena cerrar -reconoce Manuel Muñoz- pero estoy encantado por jubilarme. Me gustaría que alguno de mis hijos hubiera seguido, pero tienen otros trabajos". Su jubilación coincidirá con el nacimiento de su primer nieto, que quién sabe si en un futuro continuará con una saga que ha mantenido todo un símbolo de la ciudad.

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