Bahía Blanca, del bosque al desierto
Se cumple justo un año desde que las máquinas arrasaran el último bosque litoral de la Costa Oeste · Los terrenos donde se preveía la construcción de viviendas y un hotel están totalmente abandonados
El bosque de Bahía Blanca era un ecosistema único en el litoral portuense. Un vergel en medio de las urbanizaciones de la Costa Oeste, junto a El Manantial, y separado del mar tan sólo por un escarpado acantilado. También representaba un hábitat privilegiado para el camaleón, especie protegida y un emblema de la ciudad. Sin embargo, hoy día, Bahía Blanca ya no tiene nada de eso. Se acaba de cumplir un año desde que las máquinas arrasaran el bosque. El motivo: un proyecto para construir una promoción de viviendas a pie de playa y, al lado, un hotel de alto standing.
Sin embargo, la estampa que presenta ahora el antiguo bosque no es la que se le presupone a una moderna urbanización costera en proceso de construcción. Todo lo contrario, actualmente sólo quedan viejos tocones, pilas de vegetación seca, restos de obras, tubos de plásticos, alcantarillas abiertas y hasta farolas tiradas en el suelo. Aún así, la naturaleza se abre paso poco y poco y, tras la primavera y el verano, algunas plantas han conseguido sobreponerse, dando algunas pinceladas de verde al desolado bosque.
A las pocas semanas de que las máquinas acabaran con la vegetación del lugar, los promotores tuvieron que paralizar las obras, por orden de la Junta de Andalucía tras detectar diversas irregularidades, tanto por parte de la Consejería de Cultura como de la Consejería de Medio Ambiente. Al cabo de los meses, las órdenes de paralización fueron levantadas, dando permiso para continuar con las obras, aunque todavía queda pendiente la resolución de un expediente sancionador de Medio Ambiente por el deterioro del hábitat del camaleón. Desde entonces, la finca entera se encuentra en un estado de total abandono. Han desaparecido las vallas que delimitan los terrenos en obras, y aún quedan algunos árboles jóvenes, todavía en sus macetas, que iban a ser replantados en la zona, pero que se encuentran totalmente secos y olvidados. Lo único que está casi terminado es la calle que se adentra hacia el acantilado, con una treintena de pequeños pinos a su alrededor, y algunas plazas de aparcamiento que han sido utilizadas estos últimos meses por algunos veraneantes para bajar a la playa.
Los ecologistas calcularon que se habían perdido unos 500 árboles y arbustos, entre eucaliptos, cipreses, mimosas, higueras y otras especies, además del daño irreparable que se había infringido sobre el hábitat del camaleón, que por aquel entonces se encontraba en época de cría. Y todo, a pesar del compromiso municipal, con el anterior equipo de Gobierno, de que sólo se talaría una decena de árboles.
La única zona que quedó a salvo de la devastación fue la finca donde estaba prevista la construcción del hotel y donde se encuentran restos arqueológicos de una fábrica de salazones datada entre los siglos V y II antes de Cristo. No obstante, se puede observar cierto abandono en esta parcela, donde hay una hilera de varios pinos con los troncos secos, que se extiende incluso hasta el borde del pinar público de la urbanización El Manantial.
La urbanización, divida en varias parcelas, estaba promovida por dos empresas diferentes: MVG y Arcai Inmuebles. La primera construiría gran parte de las viviendas, mientras que la segunda (cuyo responsable, Ramón Marrero, había sido consejero de Trabajo de la Junta de Andalucía) se encargaría del hotel y de una pequeña proporción de la zona residencial. En cuanto a las obras de urbanización propiamente dichas (para hacer los viales), estaban a cargo de la Junta de Compensación, formada por ambas empresas. Esta Junta de Compensación, cuyo representante era el propio Marrero, fue la que recibió las órdenes de paralización de la Junta y una suspensión cautelar de las licencias por parte del Ayuntamiento. Sin embargo, Marrero defendió en todo momento su actuación, responsabilizando de todo lo ocurrido a su socio, MVG.
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