La mirada de Cristina García Rodero se posa en el Carnaval de Cádiz más callejero
La fotógrafa recorre La Viña, el centro y las plazas más concurridas para captar la esencia de la fiesta
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El Carnaval de Cádiz se escucha, se canta y, sobre todo, se vive. Este año también ha sido observado a través del objetivo de Cristina García Rodero, una de las grandes figuras de la fotografía documental internacional, que ha regresado a la ciudad para capturar el pulso del carnaval más auténtico: el que ocurre lejos de los escenarios oficiales y se construye a pie de calle.
La fotógrafa, referente mundial de la imagen documental, ha regresado a la ciudad más de treinta años después para retratar el Carnaval que se vive en la calle. Su visita forma parte de un proyecto impulsado por la histórica cervecera Cruzcampo, ligada desde hace generaciones a la vida cotidiana de la ciudad, aunque su presencia en las calles pasó prácticamente desapercibida.
Durante el pasado fin de semana, se la pudo ver callejeando por el barrio de La Viña, buscando el refugio de la plaza de San Antonio o subiendo la calle Libertad, mezclada entre el gentío y siempre con su cámara lista, más pendiente de observar que de intervenir. Sin posados, sin focos ni escenas preparadas: García Rodero buscaba ese instante mágico en el que una ilegalcomienza a cantar en una esquina y, de repente, el mundo se detiene para escuchar.
Un reencuentro con la memoria de la ciudad
No es, ni mucho menos, una recién llegada a estas tierras. Ya dejó su huella documental en el 83 y el 93, por lo que esta vuelta tiene mucho de ajuste de cuentas con la propia memoria de Cádiz. "Algunas cosas han cambiado, empezando por mí, pero la esencia sigue intacta", comentaba la artista sobre un regreso muy esperado por los amantes de la fotografía.
A sus 76 años, la Premio Nacional de Fotografía sigue pateando adoquines con la misma curiosidad que cuando empezó. En Cádiz ha buscado ese material humano que se le resiste a otros festivales internacionales: la inteligencia popular, la ironía y esa conexión entre los grupos y los espectadores que comparten momentos de complicidad. "Es la inteligencia en las coplas de los grupos que de forma espontánea se entregan a la gente, que no existirían si no hubiera gente escuchando y riendo con ellos", afirma.
Donde el disfraz es solo una excusa
A diferencia de otros carnavales de escaparate, plumas y purpurina, aquí la estética es secundaria. García Rodero ha puesto el foco en la verdad del tipo: una peluca de los chinos, una guitarra con mil batallas y la cara pintada con dos coloretes. El valor real está en la letra, en la ironía del remate y en esa complicidad que se crea de golpe entre dos desconocidos que acaban riéndose de lo mismo sin importar el tiempo.
Ha documentado ritos y fiestas en medio mundo —de Brasil a México o Italia—, pero sostiene que lo de Cádiz es harina de otro costal. Aquí la ciudad entera se vuelve un escenario infinito donde cualquier esquina de Sagasta o en la calle de la Palma. Su método de trabajo es el de siempre: ni dirige a los protagonistas ni pide repeticiones. Caza gestos espontáneos, carcajadas que estallan antes de tiempo y silencios cómplices que solo se dan en este rincón del sur.
La herencia viva de la libertad
Para la fotógrafa, el trasfondo de esta celebración va mucho más allá del folclore o el turismo. Recuerda perfectamente que el carnaval fue, durante décadas, la gran válvula de escape contra la censura y el pensamiento único. "El Carnaval es parte de nuestras raíces, nuestra personalidad y parte de nuestra historia", explica con convicción. Ese espíritu de resistencia y rebeldía sigue vivo hoy en cada copla improvisada y en cada reunión que surge de la nada.
Las imágenes capturadas durante estos días, que previsiblemente acabarán en grandes exposiciones y publicaciones especializadas, no serán solo un catálogo de disfraces curiosos, sino un retrato profundo de la identidad gaditana. Porque en Cádiz, el carnaval no se contempla desde la barrera: se habita.
Mientras quede alguien dispuesto a cantar en una esquina y otro a pararse a escuchar con respeto, la fiesta seguirá teniendo sentido. Justo ahí, en ese segundo efímero, es donde la mirada de García Rodero ha vuelto a encontrar, treinta años después, el alma vibrante de la ciudad.
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