Pep, de Wembley a Wembley
Por siempre Wembley: si en 1992 el joven Josep Guardiola triunfó como jugador en el viejo estadio para comenzar a quitarle los complejos al Barcelona, ayer, ya cuarentón y entrenador, celebró como pocas veces en el nuevo la confirmación de que su equipo marca época.
Wembley, viejo o nuevo, siempre es Wembley, como Guardiola siempre es Guardiola, aunque esta temporada le haya resultado más difícil que nunca ser fiel a sus ideales.
"Ha sido una casi proeza llegar aquí tras una temporada muy dura, casi sin descanso tras el Mundial", había dicho ya al llegar a la final de la Liga de Campeones. "Estamos muy felices ahora", dijo ayer. "Tuvimos algo más de tiempo para preparar esta final, y eso ayudó", dijo en referencia a la ganada en 2009.
Su tercera temporada en el Barcelona fue la más difícil del entrenador. Desde el desafío que le planteó el Madrid al situar como técnico a su contracara, José Mourinho, hasta ciertos problemas con su presidente, Sandro Rosell, pasando por un plantel excesivamente corto sobre el que en el tramo final se cebaron las lesiones y los infortunios.
Por eso en algún momento Guardiola confesó, un poco sin quererlo, otro tanto probablemente sí, que estaba más cerca de terminar su ciclo que de otra cosa.
Los nueve meses de la temporada 2010-2011 quedarán grabados en la memoria de todos los hinchas del Barcelona. Sólo faltó ganar la Copa del Rey, pero precisamente en ese momento, el más duro, el de más dudas de la temporada, Guardiola reaccionó.
Lo hizo con su inusual ataque verbal a Mourinho, al que le entregó "la Champions de la sala de prensa" y definió como "el puto amo" antes de emplazarlo a jugar al fútbol, un desafío que ganó por gran diferencia.
"¡Guardiooooola, Guardiooooola...!", gritó la grada del Barcelona en Wembley mientras el entrenador volaba, lanzado al aire una y otra vez por sus jugadores. No sólo acababan de ganar la Champions: acababan de imponerse a ellos mismos. Y otra vez la solución estaba en Wembley.
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