La decente. Por L.M. Fuentes
LA DECENTE ES una cosa de Miguel Mihura que le salió un poco coñazo, pienso yo. España por aquellos años daba muchos señores coñazo y mucho teatro de aparador también coñazo, así que hasta el humor de Mihura se podía contagiar del país y abarquillarse con demasiado sofá y demasiada criada. La decente de Mihura era en realidad una lianta, y que además había estudiado derecho. Miren qué casualidad. Hay un teatro clásico de la honra, griego o de Calderón; hay una tradición del relato de misterio de viejas, con su asesinato, su detective, su abrecartas y su llavín; y hay ese perchero costumbrista y satírico en el que Mihura cuelga todo eso como su capote. Un poco coñazo, ya digo, pero a mí me parece que en La decente lo que le sale es una España puritana, enredadora y cobarde en el crimen, en el amor y en la sopa. O sea, la España eterna. O sea, la de esta política.Susana Díaz dijo que era «roja y decente», que suena a declaración de una maestrilla republicana a un pretendiente miliciano. Para Mihura, la decencia es la ironía suprema de esa obra. Está en el título porque es la decencia, o la apariencia de decencia, lo que desencadena la tentación, el enredo, el crimen. La decencia se mantiene incluso luego, en forma de viudez venenosa del personaje, sosteniendo estéticamente la contradicción, la hipocresía. Es decir, que la decencia no es moralidad, sino una actitud de compostura incluso, o sobre todo, ante lo inmoral. Al menos, en esta España eterna del teatro de aparador, el asesinato con los visillos y el veneno en la tetera. Susana Díaz seguramente quería decir «honrada», que tiene otro matiz semántico. Pero dijo decente, como la lianta de Mihura, y eso significa que su compostura no la hace honrada, sino sólo ladina. Susana Díaz no conoce ni las palabras con las que se define. Pocas actitudes más sospechosas que la proclamación a gritos, como en medio de su boda, de su decencia. En cuanto a lo de «roja», a IU se le tiene que haber caído la mandíbula. Yo creo que Susana Díaz ha ido cogiendo palabras de Amar en tiempo revueltos porque, más que de teatro, ella es de telenovela. Ella quiere ser roja como Águila Roja, porque eso tiene ya sus frikis, sus enamorados y sus teleprogramas vendidos. El teatro de la honra es viejo y ridículo, salvo si se le pone inteligencia y humor (Mihura, el Fígaro, Ibáñez Serrador). Quizá la política se ha convertido en ese vodevil de pajes, camareras y marqueses liados bajo los tapetillos, donde la decencia es saberse poner el maquillaje para el vicio. La España decente, con el velo de cera, el reclinatorio en primera fila, y la traición y la mentira esperando como urracas sobre los abanicos: seguro que en eso estaba pensando Mihura. O Susana Díaz. La honradez de los políticos no está en hacerse una marquesina de bombillas, un musical con la decencia como Susana, sino en demostrarla. ¿Y saben cuándo se demuestra la honradez? Pues cuando no se distingue de la honradez del que piensa todo lo contrario a uno. Lo demás es teatro de comadres.
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