El caso Bárcenas visto por Manuel Jabois.

10 de julio 2013 - 09:55

Últimas batallas contra la realidad

EL MAYOR contratiempo de Mariano Rajoy en esta legislatura, reconocido por él mismo, es la realidad; nunca un presidente tuvo enemigo mayor y sin embargo ninguno le plantó cara con más soltura. Llegó a torcerle el programa pero no el ademán. A los periodistas les llama la atención su ensimismamiento, pero son las cosas las que se ensimisman; es la realidad la que no se da por aludida por Rajoy. Ha conseguido que el síndrome de La Moncloa, según el cual los presidentes pierden contacto con la realidad, se convierta en el síndrome de Rajoy: la realidad ha perdido contacto con el presidente. La última batalla de esta pugna insólita tiene que ver con Luis Bárcenas, un extesorero que se confiesa ejecutor de una trama de financiación ilegal, que dice haber aceptado dinero de constructoras a cambio de adjudicaciones y que lo ha utilizado para pagar un sueldo extra a los dirigentes de su partido. A este hombre, imputado desde 2009, se le retiraron honores públicos para seguir manteniéndoselos en privado con 21.000 euros al mes. Cuando se le descubrió su fortuna extranjera el PP le liquidó el contrato. Fueron los primeros síntomas de que la realidad no estaba donde debía estar: se había tratado, adujo Cospedal, de una indemnización en diferido. La disociación ha originado varios espectáculos, el más entrañable el de ver al PP llamando a todo el mundo para convencerle de que el encargado de su dinero en los últimos 30 años es el mayor delincuente del reino. Este argumento de exculpación da la medida del drama, pero hay que valorar el esfuerzo. Bárcenas sencillamente no existe. Este rasgo de Rajoy es sin duda el más asombroso: en lugar de rebelarse contra la realidad, la niega y organiza una propia, de tal manera que es Bárcenas el que, por las noches, debe pellizcarse para saber que vive. Tal poder de abstracción es sin duda producto del piloto automático, del ruido de fondo que nos persigue. Ha intensificado tanto su fuerza que es probable que dentro de un siglo, tras golpes de Estado, dictaduras y huracanes, Rajoy siga diciendo en una oficina que el próximo año estaremos mejor. Llegados a este punto insondable, ¿no debería dimitir la realidad? ¿No habría que convocar elecciones y que sean los españoles los que decidan qué realidad quieren que gobierne Rajoy?

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