Javi Osuna sobre Los Chinchorros

Exposición

El número 9 de la calle Marqués de Cropani del barrio de San José de Cádiz fue el lugar exacto —y único— en el que estuvo ubicada la, genéricamente llamada, ‘Casa de los Chinchorros’, paralelo al antiguo Camino de las Zahurdas, en donde viejos establos de cochinos campeaban junto a la playa atlántica de la almadraba, al lado de la tapia del cementerio, allá por 1911. Casa como concepto genérico singular que contenía una gran pluralidad de viviendas. Un conglomerado de hogares humildes en derredor de dos grandes patios conectados entre sí, que acusaban todos una infravivienda evidente de lavaderos de terracota colectivos, al lado de frondosas esparragueras y helechos. Los retretes afuera de las casas e instalados en el interior de un par de garitas comunitarias a la intemperie, con pequeñísimas aberturas de ventilación a ambos lados, a modo de ventanucos —que más bien parecían arpilleras de fortalezas— a las que se accedía por tres precarios escalones de mampostería, alumbrados en su interior por una bombilla desnuda. Muchas de estas estancias carecían de agua corriente y mostraban estructuras de dudosa sostenibilidad. Ventanas con mosquiteras clavadas con puntillas a la fachada de cal. Una pequeña puertecita delimitaba la entrada de la puerta principal siempre abierta a la vecindad, rasgo harto generoso y característico de aquella antigua forma de vida en colectividad.

Aun con este cúmulo de carencias y de escasas condiciones de habitabilidad, paradójicamente, se produjo en el lugar un modelo de sociabilidad que agudizó, sobremanera, la solidaridad entre vecinos, los cuales, pese a la escasez y a las necesidades comunes, convirtieron el espacio en una microurbe, ejemplo de convivencia y de indudable peculiaridad. Respondía a un modelo urbanístico muy repetido en el extramuros gaditano, caso de las viviendas del denominado ‘Manchón de Landeira’, ubicado enfrente, justo al lado de la parroquia de San José. Y a pesar de los embates de la infravivienda; de las ratas, las humedades, los derrumbes de los techos de uralita, la falta de agua corriente y de muchas perniciosas incomodidades más, sus vecinos supieron ser muy felices y salir a flote en los procelosos años de posguerra. Como en toda buena vecindad, el sentido de la solidaridad era algo muy presente y como en un viejo matriarcado, el llanto de un niño afectaba a todas las madres por igual, ora Luisa Cortés, ora Isabel Esquivel, ora La Pepina, siempre sonrientes, ofreciéndote un café o vendiéndote con arte un número de lotería clandestina.

Noches interminables de lúdicas loterías con bolichas extraídas de una bolsa de paño, bajo una fresca parra a la luz de las lámparas de carburo. Bombillas sin plafones. Jazmines en flor. Sillas en corro a la fresquita en las tardes calurosas de levante. En ausencia de casapuertas, casas con puertas permanentemente abiertas; aceras con losas de Tarifa en cuyas juntas crecían los jaramagos, dentro de callejas particulares deslindando la tierra polvorienta o los charcos y el barro invernales. Redes cosiéndose por los suelos: rempujos, piezas de trasmallos y piqueras junto a gallinas cacareando alrededor entre restos de afrecho y pan mojado; gatos durmiendo en las plácidas sombras de su territorio, entre ropa tendida con alfileres de madera en cordeles, sujetos por palos desvencijados. Aquellos humildes hogares estaban llenos de aparejos de pesca, alambres en cuya coca delantera se ensartaban las lapas para los cangrejos moros; carbureros FISMA, pantallas reflectoras y latones de piedra de carburo; francaores y pinches afilados, de dos, de tres y de cuatro puntas sin la muerte del anzuelo que facilitase el despinche del choco, de la lengua o el lenguao; canastas negras de garrafas de vino usadas para la mar con el quinto de cerveza Cruz Blanca lleno de aceite y la cañita dosificadora. Garabatos, cañas y aparejos junto a los sempiternos manteles de hule, calendarios ‘de gatitos’, mesas camillas con tapetes de punto de croché, retratos familiares de antepasados que te miraban en sepia, jilgueros, verderones y canarios con hojas de lechuga y conchas de chocos entre los barrotes. Estancias humildes con modestas alacenas y alcobas sencillas.

La proximidad de la playa y el hecho determinante de estar ubicado en un barrio eminentemente marinero condicionó su modus vivendi. Su playa limítrofe en su tiempo tuvo corral de pesca y chanca almadrabera cerca, como el Corral de Alejo, visible en la planimetría del siglo XVIII, arrojando uno de los mayores núcleos urbanos de marineros y rederos, censados en Cádiz en el siglo XIX, con apellidos muy característicos de la zona (los Roa, los Sacaluga, los Cortés...). Todo ello hizo de ‘Los Chinchorros’ una ‘cátedra’ de pescadores y mariscadores, con El Chorlo, El Frasco, El Chigüala y la Casa de los Valdés, con El Luiti como referencia suprema, entre tarrayas, cazonales, (h)erbitanas y aromas de algas y carburo por todo el espacio. El frito de buseles recién pescados; los ostiones que partía El Pimpa con la chaveta o las borracheras luminosas de El Révola, que en la esquina del bar Solymar dirimía sus cuentas pendientes con aquel camarero, embarcado en su juventud, que le echaba las ‘escurriuras’ en lugar de abrirle la botella de Carta Blanca, como hacía con los señoritos. En ese instante, la gracia y el reproche monopolizaban la atención de los parroquianos, cuando El Révola, revelado de muerte, le llamaba ‘orejita picá’, recordándole las cicatrices de una mala siesta de embarcado. Arte de un lugar hasta para ponerle nombre a un perro que nació con las patas zambas: Luis Pereira, como el zambo futbolista del Atlético de Madrid de mediados de los 70.

El indudable sabor arquitectónico del conjunto le hicieron ser una de las localizaciones cinematográficas escogidas por El Amor Brujo, película que nos dejó un tiempo una cruz de madera en lo alto de El Picacho, el viejo acantilado de la playa de Los Corrales. El Amor Brujo fue rodada íntegramente en Cádiz y su provincia, y tuvo a Miguel Grau como director de producción. El montaje corrió a cargo de Emilio Rodríguez y la coreografía de Alberto Lorca. Los papeles principales fueron representados por Antonio Gades y La Polaca, más un elenco de artistas como Cristina Hoyos y Curra Jiménez al baile; el cante de El Chaqueta, Encarnación la Sayago, El Lebrijano, José el Rumbero y Teresa María; y el toque de Emilio de Diego, El Niño de los Rizos, Pepe Maya, así como un joven Camarón de la Isla, que en la película rasguea la guitarra de fondo, mientras Antonio Gades y La Polaca bailan en primer plano dentro de una vivienda de ‘Los Chinchorros’. La cinta contó con la Orquesta de Cámara de Barcelona y en los créditos hay un agradecimiento expreso a la figura radiofónica de Aurelio de la Viesca, al que se le puede ver en la película, instantes antes de la escena en la que aparece Camarón.

Ningún otro lugar fue llamado así: ‘Los Chinchorros’. Ni siquiera las viviendas colindantes bajas de las calles y callejuelas cercanas del barrio (San Bartolomé, Pelufo, Pasaje San Leonardo, Pereira, Callejón de Rosita, Callejón de María Juana, Arcángel San Miguel), ninguna de ellas fue ‘Los Chinchorros’. Pero una gran falta de información; una garrafal confusión toponímica —sobre todo por parte de la prensa periódica, incluso en la de la prensa actual—, condujo a una difusión inexacta de su verdadera ubicación y propició que a todo el cinturón del barrio se le denominase, erróneamente, ‘Los Chinchorros’, evidenciando con ello una monumental inexactitud y un profundo desconocimiento de la zona, dándole la razón al psicólogo francés, Gustave Le Bon, en su cita: «Cuando el error se hace colectivo adquiere la fuerza de una verdad».

En el otoño de 1993 desapareció para siempre este lugar, este modelo urbanístico, que asombraba a todo aquel que lo veía por primera vez. Algo así como un pueblecito dentro de una ciudad. Un fantasmagórico poblado, como norteafricano, escondido tras la amplia tapia lindante con el callejón del Cementerio, junto a vaquerías, carpinterías, huertas cercanas y curtiduría de pieles, en el entramado del tejido urbanístico del Polígono San Juan Bautista del barrio de San José. Todas las familias que allí habían nacido y vivido fueron realojadas en fríos bloques de pisos en Cortadura, obligados por la especulación urbanística a asumir un modelo de vida individual, diametralmente opuesto al cálido y familiar que habían conocido. Ahora lleno de comodidades, sí, pero presos de un individualismo feroz de puertas cerradas y gélidas macetillas, sin aquellas tertulias colectivas y lejos de aquellos espacios de sociabilización que, alrededor de lavaderos, fogones y tertulias grupales, marcaron la infancia de sus habitantes. La confortable tristeza. La cómoda pena. El progreso involucionado.

La presente exposición nace a raíz de una colección de diapositivas a color y otra de fotografías en blanco y negro, ambas de Javier Osuna, sobre ‘Los Chinchorros’, disparadas (y reveladas las últimas) por él entre los años 1991 y 1993. Nueve de aquellas diapositivas en color han sido escogidas por el pintor Pepe Baena, de acreditada trayectoria pictórica, que las ha recreado con sus pinceles y su extraordinaria maestría en óleo sobre lino (100x73). Éstas y otra selección de quince de aquellas fotografías en blanco y negro (100x70) de Javier Osuna, conforman el total de las veinticuatro piezas a exhibir.

La muestra evoca este característico término urbanístico, que muchos gaditanos conocieron y que otros muchos tendrán la oportunidad de descubrir por primera vez en el Castillo de Santa Catalina. Un diálogo gráfico expositivo, entre pintura y fotografía, sobre un territorio gaditano que, aunque desaparecido, rescata y difunde su valor etnográfico, arquitectónico y antropológico de una forma de vida que, por primera vez en Cádiz, ocupará una exposición monográfica, después de 30 años de su total desaparición. Testigo mudo de un modus vivendi, ya extinto, que ahora muestra en perspectiva y en su justo contexto retratos de paisajes y de las verdaderas personas que lo habitaron, que le confirieron carácter y lo engrandecieron; y también las casitas que ellos moraron, las callejas y suelos que pisaron, el lugar donde jugaron, donde lavaron y tendieron, donde transitaron; justo donde convivieron y también regañaron, sobrevivieron y soñaron.

Javier Osuna García

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