Crítica 'Mis días felices'

Un hombre y una abuela

Drama, romance, Francia, 2013, 94 min. Dirección: Marion Vernoux. Intérpretes: Fanny Ardant, Laurent Lafitte, Patrick Chesnais, Jean-François Stévenin, Fanny Cottençon. Música: Quentin Sirjacq. Fotografía: Nicolas Gaurin. Montaje: Benoît Quinon. Dirección artística: Yann Dury.

Desde los años 60 el cine francés viene contando la misma historia de amores y desamores, playas y almuerzos interminables, quesos y vinos. Este cine de amores y desamores tratados con una cierta desenvoltura e informalidad cotidiana, que a la vez da una cierta irritante trascendencia a lo intrascendente, fue la marca de Lelouch, tal vez el representante primero de esta nueva consideración del amor en el cine francés que poco tiene que ver con la densidad dramática, poética y desgarrada de las pasiones en blanco y negro del cine galo de entre los años 30 y 50 o de los más románticos de entre los directores de la Nueva Ola. Ni El muelle de las brumas ni Jules et Jim. Aquí de lo que se trata es de lo que, programáticamente, cantaba la espléndida canción que Francis Lai compuso para la película pionera de Lelouch: Un homme, une femme, ont forgé la trame du hasard.

En este caso la historia es otoñal. Lo mismo da que da lo mismo porque el tratamiento suele ser parecido ya se trate de adolescentes, jóvenes o abueletes. Caroline (Fanny Ardant) se ha jubilado y, visto a qué se dedican los jubilados en el centro para mayores que visita, decide que lo mejor es darle alegría a su cuerpo y liarse con el profesor de informática, lógicamente mucho más joven que ella. Hay que reconocer que la mujer le saca el mejor partido posible a los tantas veces sosos y aburridos ejercicios gimnásticos, cursos de informática o de cerámica a los que se dedican sus más cascados compañeros.

El inicio del romance es de manual de cine francés: comida juntos, paseo al borde del mar, lluvia, refugio en el coche todos mojaditos y besuqueo con música de piano. Como estamos en 2013 y no en los 60, nada de elipsis. Y entre uno y otro encuentro, paseíto por la playa… ¡con una canción de fondo!

La Ardant pone caras de ilusión o de sufrimiento, de encanto o decepción, muy al estilo de la Annie Giradot en Morir de amor, en su día exitoso melodrama de amores entre una profesora madurita y un alumno aventajado con final trágico. En este caso hay final feliz. Sobre todo para el desdichado marido.

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