Crónicas del retornado Nosotros, los viejos

Estimados viejos: no comprendo por qué tienen que mencionarnos con eufemismos: “tercera edad”, “los mayores”… Ni que ser viejo fuera alguna vergüenza o baldón. Todo lo contrario, porque llegar a viejo es buena cosa, ya que implica estar vivo a una edad avanzada. Claro que ser negro tampoco es ningún delito y la ridícula cultura del eufemismo se obstina en llamar a los negros “personas de color”, “afroamericanos” y cosas por el estilo. Eso a mis amigos negros les hace muchísima gracia, porque son personas con bastante sentido del humor.

Las palabras nunca son inofensivas y esas denominaciones esconden la intención de gregarizarnos, de considerar que existe un viejo genérico más o menos igual a los otros viejos. Craso error, porque, como somos tan personas como los jóvenes, cada uno de nosotros es diferente. Hay viejos sabios y viejos ineptos, puesto que vejez no quiere decir experiencia. La experiencia se adquiere a base de pensar y de observar, pero hay jóvenes y ancianos que dejan deslizarse los años sin fijarse en nada, lo que es una verdadera lástima.

He tenido la suerte de conocer a algunos viejos sabios, como José Luis Sampedro y Nelson Mandela y sé de otros igualmente sabios, como Pepe Mújica, que fue el mejor Presidente de Uruguay. Los tres, además de sabios, eran bondadosos y nada engreídos. Otros viejos me parecen francamente penosos, aquejados de incontinencia verbal, como si no tuvieran suficiente con la incontinencia urinaria que nos suele aquejar a los ancianos. Se me viene a la mente un antiguo presidente del Gobierno, que en su día fue brillante y progresista, y ahora se ha vuelto reaccionario y charlatán, como si quisiera destruirse a sí mismo y decepcionar a los que en él confiaron, que fueron muchos.

Hay viejos honestos y viejos deshonestos y desvergonzados, como un Rey dimisionario, que, tras haber cometido innumerables tropelías, ha puesto pies en polvorosa so pretexto de proteger a una monarquía hoy en tela de juicio.

La vejez se puede vivir y entender de formas muy distintas, así que abundo en los distingos precedentes.

La Celestina enumera las calamidades de la vejez en su diálogo con Melibea, pero finalmente concluye con aquello de “viva la gallina y viva con su pepita” y, cuando le preguntan si desearía volver a su perdida juventud, viene a decir que no desea recorrer de nuevo un camino tan penoso. No es nada optimista, pero sí muy sabia. Vamos, que cada uno habla de la feria según le va en ella. Pero que conste que la vieja no desdeña un buen trago de vino, ni deja de disfrutar del amor carnal en la persona de terceros. Parece que sigue gustándole la vida y eso está muy bien y es muy deseable para nosotros, los viejos.

Diremos, de paso, que nuestras generaciones no sufren tantas penurias físicas, como las que enumera Celestina, porque ahora nos remiendan estupendamente los médicos. La oftalmología, la odontología, la otorrinolaringología y otras especialidades facultativas han avanzado mucho y eso nos viene muy bien.

El caso del doctor Fausto es muy diferente, ya que está emperrado con volver a la juventud, pero con la experiencia que da la ancianidad. Esto, por sintetizar mucho, porque la lectura del primer Fausto de Goethe resulta bastante intrincada y la lectura del segundo Fausto a mi me

parece un tremendo galimatías, y ustedes perdonen. Sigo simplificando: Mefistófeles es un increíble mentecato, ya que, pienso yo, no tenía que haberse molestado en comprar el alma de Fausto con toda esa parafernalia, porque el otro tarambana se hubiera ido al infierno él solito por empeñarse en algo tan estéril como no aceptar el transcurso de los años, estupidez en la que incurren algunos viejos insensatos.

Vaya, otro de mis ataques de pedantería, perdonen ustedes.

La consideración que cada sociedad manifiesta respecto a los ancianos es muy variable, y vuelvo al principio. La nuestra no nos hace ni caso; más bien suele enviarnos al ostracismo del IMSERSO, los centros de mayores y, si uno tiene muy mala suerte, a las siniestras residencias, que en estas fechas están dando tanto que hablar. Por cierto: ya era hora.

Otras sociedades consideraban imprescindibles escuchar a los ancianos, usar de su experiencia y tener en cuenta sus consejos. La Iliada nos cuenta cómo hasta el borrico de Agamenón escucha al viejo y experimentado Néstor, a quien incluso el soberbio y mal educado Aquiles respeta, aunque no le haga ni puñetero caso, porque Aquiles es un sujeto muy cabezón y de bastante mal carácter.

Sociedades de las que nuestra soberbia considera primitivas también respetan mucho a los abueletes, oyen respetuosamente sus opiniones y les consideran guías de conducta. Pues allá ellos, porque como un viejecito salga tarambana o despistado, los resultados pueden resultar catastróficos.

Digo yo que ni tanto, ni tan calvo.

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