Laurel y rosas

La mujer de La Esparragosa, una tumba de cinco mil años

Los restos humanos más antiguos que se conservan en Chiclana están en La Esparragosa. Y son de una mujer adulta enterrada hace más de cinco mil años junto a su perro. Aún siendo llamativo, lo más singular es que los restos de aquella mujer fueron cubiertos por almejas, muchas de ellas aún cerradas. “Es significativo el hallazgo de los restos de un perro doméstico junto al cráneo del individuo. Pero sin duda, lo más reseñable de este enterramiento es que se localizaron los restos cubiertos por 477 almejas (Ruditapes decussatus). Este hecho manifiesta la existencia de un ritual funerario en el seno de una comunidad para la cual el medio marino tenía una gran importancia”, afirma el profesor Adolfo Moreno Márquez en “La Esparragosa (Chiclana de la Frontera, Cádiz), un campo de silos neolítico del IV Milenio a.n.e.”, la investigación dirigida por Eduardo Vijante Vila y José Ramos Muñoz, profesores del área de Prehistoria de la Universidad de Cádiz, y que ha acabado de presentar la Consejería de Cultura y Patrimonio de la Junta de Andalucía.

La Esparragosa, a escasos kilómetros del centro urbano, río Iro arriba, es una plataforma inmediata al cauce en la que se conoce como campiña litoral, “formada por un conjunto de arenas amarillas de época del Plioceno inferior-medio”, como expone el profesor Vijande, “excepcionales para su uso como sustrato en obras civiles”. Precisamente, el yacimiento —excavado entre los años 2002 y 2003— se descubre por la actividad de una cantera vinculada a la construcción de la autovía A-48. El asentamiento es, sin duda, significativo porque está datado, aproximadamente, entre los años 3500 y 2800 antes de Cristo. Es decir, pertenece a la “cultura de silos” de finales del Neolítico. En esta época “se aprecia una intensificación de las prácticas agrícolas y ganaderas que coincide con la proliferación de auténticos campos de silos asociados al almacenamiento y acumulación de excedentes”, en expresión también de Adolfo Moreno, sobre todo de cereales y forraje. Los silos son “estructuras construidas en el subsuelo a modo de contenedor”, prosigue, que cuando se abandonaban simplemente se tapaban con deshechos –entre ellos en La Esparragosa se han hallado objetos pulimentados y moletas– o se reutilizaban como enterramientos.

En el año 2002, el equipo de investigación PAI-HUM 440 de la Universidad de Cádiz excavó nueve de estas estructuras siliformes, solo en una, la denominada “AV”, de forma circular y 2,5 metros de diámetro, se hallaron restos óseos de “un individuo en conexión anatómica y posición decúbito supino con las extremidades inferiores flexionadas”, como detalla la investigación. En la Banda Atlántica de Cádiz se han hallado otros enterramientos similares en El Puerto de Santa María, Jerez, Vejer o Arcos. Pero la tumba de La Esparragosa es “excepcional”, además de los restos del perro doméstico, por esa capa de almejas –de la especia denominada fina o común– que cubre a la mujer, de la que los diferentes estudios precisan una altura de 155,52 centímetros y una edad superior a 20 años. Avanzadas las conclusiones en 2018, es ahora cuando se ha publicado completas.

“Podemos indicar que el registro documentado en La Esparragosa se asocia a un ejemplo típico de comunidad aldeana, que por los datos de carbono 14 que se han podido obtener, ocupa el asentamiento en un período corto de un siglo aproximadamente en el tránsito del IV

al III milenio a.C.”, como señala Eduardo Vijante y su equipo de investigación. Entre el material arqueomalacólogico –la rama que estudia los moluscos– han hallado treinta especies de origen marino, de la que la más frecuente es, precisamente, esa almeja con la que se entierra a la mujer. Su alimentación era fundamentalmente agrícola, pero se complementaba con recursos marinos: “Los estudios de microdesgaste dental sugieren un probable consumo de animales acuáticos”. Desde el punto de vista de la fauna hay predominio la cabaña ovicaprina frente a la fauna silvestre, entre las que destaca el ciervo, todo ello en un bosque que no debió ser denso, formado mayoritariamente por enebros y encinas. “Consideramos que en La Esparragosa la comunidad realizó muy claras actividades y modos de trabajo basados en la agricultura, ganadería, pesca, marisqueo, caza y recolección”, señalan a modo de síntesis dieciséis de los investigadores que han participado en los estudios.

El modo de vida de esta sociedad agropecuaria –tan similar a nosotros: en cierto modo la revolución neolítica es el origen de nuestro modo de vida–, en cualquier caso, miraba al río Iro y al cercano mar. “La Esparragosa sería un asentamiento muy próximo a la línea de costa, ya que a través del río Iro, en cuyo cauce son perceptibles las mareas en la actualidad, el acceso al mar sería relativamente fácil”, manifiesta Salvador Domínguez Bella. Esa línea de costa, casi dos mil años después, en época fenicia, aún alcanzaba hasta el cerro del Castillo. Ramón Fernández Barba estima que el mayor nivel del mar en época romana era “de un metro aproximadamente” y eso facilitaba que el río Iro fuera navegable hacia la actual Medina. No extrañó a los arqueólogos, por tanto, el hallazgo en La Esparragosa de indicios de ocupación fenicia –cerámicas de engobe rojo, ánforas y pithoi–, ni el área de enterramientos de época romana colindante con El Carrascal. Menos aún del alfar, único testimonio que aún vemos en el itinerario por la autovía A-48, posiblemente vinculado a un asentamiento romano tipo villa (figlina) y, sin duda, a la abundante industria cerámica entre los siglos I y II d. C. asociada al río Iro.

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