CÁDIZ | ALCORCÓN

Gris inicio de otoño en el verde del Carranza

  • El calor de la grada se torna en frialdad con el equipo y abucheos contra el presidente al final

Calor de verano en un comienzo de otoño gris por lo sucedido sobre el remozado tapete del Ramón de Carranza, que asistió a la primera derrota del curso.

Con algo más de media entrada, los aficionados apenas se habían acomodado en sus asientos cuando se llevaron un tempranero susto con la lesión de Dani Romera. El delantero almeriense intentó seguir, una vez recibidos los cuidados de los servicios médicos del club, pero le resultó imposible y en el minuto 13 tuvo que ser sustituido por Carrillo.

Precisamente el murciano se convirtió en uno de los protagonistas de la primera mitad porque nada más entrar, en el 16', vio cómo le anulaban un gol tras centro de Salvi. Si con VAR la polémica está servida, sin él se asumen aún más riesgos. No estaba en fuera de juego pero el tanto no subió al marcador. La parroquia protestó y su indignación fue en aumento cuando tuvo constancia del error arbitral, más bien del asistente. Lógico.

El jarro de agua fría para la grada, sin embargo, aún estaba por llegar antes del descanso. El Alcorcón, que había exhibido buen toque pero sin llegada, aprovechó un pase en profundidad para adelantarse por medio de Juan Muñoz. Por primera vez esta temporada tocaba remar para remontar en casa. Y lo peor es que poco antes del intermedio otra acción brillante en ataque de los madrileños se tradujo en el 0-2, para decepción de los presentes. Los pitos empezaron a sonar, porque la imagen del equipo iba empeorando, y la rampa cuesta arriba se convertía en una auténtica montaña.

El regreso del vestuario supuso un impulso a la ilusión no por el cambio de José Mari por Alberto Perea, que en principio no era una declaración de intenciones, sino por la actitud de los jugadores cadistas. Ahora más enchufados, más intensos, contagiaron al respetable con un par de acciones que merecieron el premio del gol.

Lástima que el acoso y derribo se quedara en el intento, porque el cuadro amarillo entró en el último cuarto de hora casi plano y el público lo criticó con algún que otro abucheo. Ni siquiera quedaba el consuelo de culpar al trencilla de turno, que no sumó ningún fallo de bulto más allá del inducido por su auxiliar de banda.

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