Bocoya, el portero más gaditano

Opinión

LOS niños de los ochentas no teníamos consolas de videojuegos. Para imaginar campos de sueños y partidos legendarios teníamos que recolectar tapones y desollarnos las rodillas empujándolos con dedos infantiles. Botones blancos hacían las veces de balones que los Sherry Terry remontaban con ese toque divino reservado a los elegidos. Descubrí que quería ser periodista entrevistando a tapones. ¿Qué balance hace del partido?, le preguntaba a un tapón de Seven Up con toda la cara de Juan José. Qué disparate. Aún conservo, bueno, en honor a la verdad, lo conserva mi madre, mi primer equipo de tapones. Ella, siempre solícita, me compró una vela con la que, con paciencia infinita, fui rellenando de cera derretida toda una plantilla plástica. Los había de Casera, de Seven Up, algún Domecq, algún Sánchez Romate distraído de una bodega de la calle Rosario. A mis 11 años me había enamorado del balompié y del Cádiz, uno de esos amores eternos, a veces tóxicos, que lo mismo te regalan noches en vela que descargas de adrenalina cuando la batalla acaba en victoria. Recuerdo, como si fuera ayer, que tras recortar las caritas de los cromos de la Liga que había ido coleccionando los dispuse en fila. El pelotón aguardó ser fusilado con cola blanca Kiel. Y empecé por el portero. Un tipo bigotudo, con ojos penetrantes y movimientos felinos, me devolvió la mirada desde la estampa. Con cuidado reverencial, casi como si me dispusiera a robar un cuadro renacentista del Louvre, agarré el pedacito de cartón con mi pulgar y mi índice y lo pegué al tapón. Desde entonces fue el mejor portero del mundo. Era capaz de atrapar cualquier botón que intentara perforar aquella portería sisada al viejo futbolín. Pocas semanas después comprobé que mi tapón era capaz de cobrar vida para hacerse humano y convertirse en el meta de aquel Cádiz de los gaditanos, el que logró el ascenso imposible de Elche, el portero del Matagigantes, el portero de mi niñez. Ayer Bocoya, mi tapón infranqueable, dejó de ser humano. Su corazón dejó de latir, aunque su cara, algo descolorida, sigue viva en mi equipo de tapones.

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