"Antes en los vestuarios había sangre; ahora huelen a champú"
Ciudadanos de Cádiz
Manolín Bueno, el suplente más famoso de la historia del fútbol español, la sombra durante doce años de Gento, rememora los días del triunfante Real Madrid yeyé
HEMOS quedado en el bar La Escalerilla, junto al Carranza, la que fue su casa (y al decir su casa, estoy diciendo su casa, que su familia vivía allí, vaya, en el estadio), y el hombre que recibió una medalla en el Real Madrid yeyé por su puntualidad llega tarde. Se deshace en disculpas: "No he llegado ni a un entrenamiento tarde en mi vida, pero me he liado a hablar con Hugo Vaca en casa..." De fondo, España sub-21 le pega un repaso a Holanda. Manolín Bueno, el suplente más famoso de la historia del fútbol español, el suplente de Gento, echa un ojo al televisor mientras charlamos.
-Aviso, soy del Atleti.
-He tenido amigos íntimos del Atleti. En la selección B era compañero de habitación o de Calleja o de Adelardo, al que llamábamos el Paleto. Y cuando me tocaba Calleja le decía me voy con el paleto que tú estudiando para abogado no me dejas dormir. Toda la noche con la luz encendida. Y Enriquito Collar...
-Qué extremo izquierdo, eh. ¿Cómo se le ocurrió hacerse extremo izquierdo en la época de Gento y Collar?
-Yo no era cojo, eh. Tenía habilidad, regate, velocidad y algo que tenían muy pocos extremos: gol.
-¿Está en esa foto?
(Señalo una foto colgada en las paredes del bar en la que, a vuelapluma de presbicia, distingo a Santamaría, Marquitos, Di Stefano y Puskas en la alineación. Manolín Bueno la descuelga).
-Soy el que sostiene el balón. Es la Intercontinental contra el Peñarol.
-¿Qué le pasó a Gento ese día?
-Pues que diría qué hago yo en Montevideo. Hicimos un vuelo en cuatrimotor, tremendo... daba mucho miedo. Y el defensa que marcaba la banda izquierda era un tío duro. Diría Gento que para recibir patadas que se las pegaran a Manolín.
-¿Le zumbó el uruguayo?
-Que si me zumbó... Cuando dejé el fútbol hice un viaje a Sudamérica para buscar jugadores y el defensa era representante y nos vimos. Le dije yo me acuerdo de ti. ¿Cómo es posible?. De la que me diste ese día. Ahora en el fútbol no pasa nada. Lo de ahora es mentira. Tras los partidos, los vestuarios de antes acabababan con montones de vendas y algodones con sangre. Parecía la enfermería de un campo de batalla. Ahora los vestuarios huelen a perfume y champú. ¡Cómo daban los defensas de antes! Y te lo decían, eh. Se te acercaba el defensa y te decía como me regatees otra vez te enteras. En el fútbol había que ser pillo para que no te dieran.
-¿Cómo era posible que no lesionaran a Gento?
-Porque no había manera de cazarle. Tenía un potencia descomunal. Le ponían tres delante y se iba de los tres. A mí me ficharon porque Gento tenía fama de que se lesionaba mucho. Fue llegar yo y el tío no se volvió a lesionar. Será que vio competencia. Un gran tipo Gento. Muy muy buena persona, pero su puesto que no se lo tocaran. Amancio bromeaba con él y le decía me parece que Manolín te retira y él se encorajinaba y contestaba muy serio: bueno, ya jugaré yo el domingo. Y yo le decía a Amancio: hombre, no le digas eso, que se encela.
-Inventaron partidos amistosos de los jueves para que jugara Manolín Bueno.
-Sí, eso se decía. Yo quería jugar. Cuando llegué en el 59 al Madrid pensaba que me cederían o que me mandarían al filial, el Plus Ultra. Yo era muy jovencito y pensaba que cómo voy a jugar con toda esta gente aquí. Hicimos algunos partidos de prueba y Alfredo (Di Stefano) me la pasaba de tacón y yo se la devolvía igual. Me hacían una filigrana y yo respondía con otra, con mucho desparpajo, y Alfredo me decía gaditano, tú eres un fanfarrón, ¿dónde aprendiste eso, pibe?
-¿Y dónde lo aprendió?
-Nací en un campo de fútbol.
-Bueno, usted nació en Sevilla.
-Estaba dentro de mi madre en Cádiz, pero mi padre se fue a jugar a San Sebastián y mi madre, de familia sevillana, fue allí a dar a luz, me bautizaron y de vuelta a Cádiz.
-De acuerdo, gaditano.
-Por supuesto, pero mire, en un partido de Copa teníamos que ganar en Sevilla tres a cero. A falta de nada de tiempo íbamos dos a cero. Hacía falta otro gol y yo pegué un chut desde muy lejos que se le coló al portero entre las piernas. La grada bramaba y la tomaron conmigo. Gaditano maricón, gritaban, por la broma esa de lo de los maricones y Cádiz. El árbitro pitó el final del partido y yo me fui a la grada a encararme y dije vale, soy maricón, pero de Sevilla: ¡yo soy de Sevilla! Je je, la gente se quedó estupefacta.
-Qué poca memoria, con lo que había sido su padre para el Sevilla.
-Mi padre fue portero de muchos equipos. Jugó con Bernabéu en el Nacional de Madrid, en el Betis, en el Sevilla, en el Córdoba... La primera Copa del Generalísimo, la que se jugó tras el parón de la guerra, la ganó el Sevilla en el Metropolitano al que entonces era el Atlético Aviación. Mi padre era el portero del Sevilla en ese partido. Mis abuelos eran los conserjes del Mirandilla. Tenían la casa en el campo de fútbol y allí vivíamos. Vamos, que yo nací con un balón. Los jugadores del Cádiz decían que yo dejaba la teta de mi madre y cogía el balón.
-¿Cómo era La Mirandilla?
-Verá. Como La Mirandilla y la plaza de toros estaban al lado, los balones a veces iban a parar a la plaza y mi padre, que era el masajista, me decía que fuera a recoger el balón y yo iba y le pedía al conserje de la plaza que me lo devolviera hasta que un día dijo pues no te lo doy y yo me volví llorando. Papá, que no me da el balón y mi padre contestó no llores, hijo, que el día que se les caiga un toro en el campo de fútbol no se lo devolvemos.
-Observo carestía de balones.
-Teníamos tres balones. Los sábados iba a la farmacia Vergara con dos balones para pesarlos. Figúrese si se perdía uno. Igualito que ahora. Cuando el partido terminaba, el balón pesaba diez kilos más que al principio porque los campos acababan embarrados. Así que yo lavaba los balones, los secaba, les daba grasa de caballo, betún y otro partido más para el balón. Eso era cuero cuero y cada balón nos tenía que durar seis o siete partidos.
-Se cambió de campo y eso supuso una mudanza.
-Nos vinimos a vivir al Carranza. Por entonces jugaba en el Balón. Me lesioné en un tobillo. Los médicos dijeron que me olvidara del fútbol, que me lo había deformado de jugar de tan chico. Afortunadamente un médico de Sevilla me hizo infiltraciones y dijo que p'alante. Así que en un trofeo Carranza vino el Madrid y el Rapid de Viena y se quedó el Rapid a jugar el partido inaugural con el Cádiz y también se quedó Bernabéu. Yo estaba viendo el partido comiendo un bocadillo y me propusieron salir en la segunda parte. Salí, jugué y Bernabéu soltó: que este chico no fiche por nadie que lo va a fichar el Madrid.
-Qué impresión, ¿no?.
-No, no mucho. Estaba acostumbrado a tratar con futbolistas desde niño y los que venían a Cádiz estaban de vuelta. Me contaban cómo eran las cosas en el fútbol. Pero ya le digo, me fui al Madrid pero no pensaba que fuera a jugar en el Madrid.
-¿Y por qué se quedó?
-Me llevaron a una gira sudamericana en la que había que jugar con el Millonarios, el equipo del que venía Di Stefano. Al parecer, lo hice bien. Pero definitivo fue un partido contra el Manchester, con Bobby Charlton y toda esa gente. Me sacaron en el segundo tiempo y metí cuatro goles. Los equipos empezaron a preguntar por mí y Bernabéu ya no me quiso soltar. Existía la cláusula de retención. Si tu equipo no te dejaba ir, no te ibas.
-¿Se enfadaba?
-Claro que me enfadaba. A ver, Mourinho tendrá muchas cosas, pero una cosa suya me ha gustado. Casillas. el mejor del mundo, se lesionó, lo cambió por otro que lo hizo bien y siguió con él, no lo quitó cuando Casillas se recuperó. Yo siempre que salía lo hacía bien, marcaba goles en todos los partidos. ¿Por qué me quitaban? Me daba mucha rabia.
-¿En el club le consolaban?
-Tenía una ficha de 125.000 pesetas, pero para tenerme contento siempre cobraba más. Se inventaban partidos homenajes en Santa Pola, donde vivía Bernabéu, y me daban primas por ello. Pero sí, me enfadaba y a veces no entrenaba o me venía a casa y mi padre me decía anda, vuélvete, que aquí te vas a pasar el día tirando de la manguera.
-Si se iba del Madrid, no jugaba en otro sitio.
-Claro. Pero ya le dije que era pillo. Había una norma por la cual si te lesionabas en un partido oficial tenías derecho a cobrar las primas de los siguientes partidos. Como casi siempre ganábamos, casi siempre había primas, así que cuando jugaba un partido oficial me lesionaba adrede porque sabía que me tiraría tiempo sin volver a ser titular. El entrenador decía que yo era un fenómeno, pero que era de cristal. Ni era de cristal ni era tonto.
-El Barcelona estuvo mucho tiempo detrás de usted.
-Y a punto estuve de irme allí, cuando lo llevaba César. Por entonces sólo había dos intermediarios en España, Minguella y Guijarro y ya casi se había llegado a un acuerdo. Me lo dijo César, te vienes con nosotros. Bueno, le contesté, pero es que me han dicho que voy a jugar contra el Atleti. Pues no juegues, me dice César. Contra otro me da igual, pero contra el Atleti quiero jugar. Pues no te muevas mucho, me recomendó César. La cuestión es que jugué ese partido y la lié. Me decían los medios del Atleti, los hermanos Ramírez, hijoputa, pero si no vas a jugar más, para qué corres tanto... Luego vino un partido contra el Inter. La cuestión es que me volvieron a decir que no me iba. El vicepresidente Saporta me lo explicó: como te vayas al Barcelona y juegues cinco partidos así a Miguel Muñoz y a mí nos echan de España.
-¿Cómo era Di Stefano? Lo más parecido a una estrella de ahora.
-Salió en un anuncio de medias, Berkshire me parece que eran. Fue un escándalo. Nadie lo había hecho hasta ese momento. Bernabéu le paró los pies: o las medias o el balón. Alfredo era todo fútbol, sólo vivía para el fútbol. No concebía darte un balón y que no se lo devolvieras bien. Siempre quería ganar. Fuera del campo era distante, pero si le conocías bien, y yo le conocí, descubrías una bellísima persona.
-¿El resto de los jugadores no iban de estrellas?
-Qué va. Salíamos del entrenamiento y nos íbamos al Chiquiflú, un bar cerca del estadio, a tomar cervezas. Allí nos encontrábamos con Luis Aragonés y los del Atleti e iban los toreros. Lo pasábamos bien y nos gastábamos bromas. Ahora, cuando voy a Valdebebas a visitar a mi compadre, Miguel Ángel, el portero de los 70, hay un montón de guardias de seguridad. Los jugadores terminan los entrenamientos y salen en sus cochazos... es frío.
-¿Usted no tuvo un cochazo?
-Un Gordini fue mi primer coche. Y como Saporta era representante de Fiat logré que me buscara un Fiat 1500 que pagué de mi bolsillo. Eso de regalar coches no se estilaba. A Alfredo por el balón de oro sí le regalaron un Jaguar automático . Me lo enseñó y me dijo ¿lo ves? Pues no lo quiero para nada, no se puede hacer nada en él. ¡Es automático!
-¿Juergas? ¿Salía de noche?
-No era de salir. Pocos lo eran. Bernabéu daba libertad. Decía que lo único que le interesaba es lo que hiciéramos en el campo. Si sales de fiesta y rindes, bien. Yo te pago por lo que hagas en el campo. En realidad era una forma de decirte que como no rindieras te largabas. Y, sin decírtelo, sabías que si te largabas no jugabas en ningún otro equipo. Así que como poder, podías ir de fiesta, pero no era conveniente.
-Era estrcito el presidente.
-Tenía sus normas. A Isidro, por montar una granja con Alfredo y Santamaría, lo mandó al Sabadell. Pero también en el aspecto. No quería que lleváramos bigote, aquí no se juega con bigote. Por supuesto, ni hablar de tatuajes.
-Doce años en aquel Madrid.
-La última temporada fue la que más partidos oficiales jugué: veinte. Metí un montón de goles. Al año siguiente no contaron conmigo.
-Se fue al Sevilla y ocurrió lo de Berruezo.
-Tremendo. En cierto modo, fue lo que me hizo dejar el fútbol.
-¿Qué pasó?
-Éramos grandes amigos... En un partido contra el Sabadell Berruezo se cayó al suelo, una lipotimia... El médico no le dio importancia y dijo que podía jugar a la semana siguiente en Pontevedra, pero nos advirtió que si le volvía a pasar teníamos que actuar rápido y sacarle la lengua para que no se la tragara. Recuerdo el momento. Llovía mucho, el campo estaba muy pesado. Lora sacaba de banda y le pedí que me la pusiera en la izquierda y, de refilón, vi que Berruezo caía fulminado. Rápidamente me fui para él y le metí la mano en la boca.... pero no podía sacarla. No podía sacar la mano, me la mordía... Berruezo murió en el campo, con mi mano en su boca intentando sacarle la lengua. Fue horrible. Perdimos casi todos los partidos que quedaban esa termporada. Salíamos al campo con la imagen de Berruezo en la cabeza... Aquel año decidí que era el momento de dejar de correr.
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