Cádiz

Aquel verano de 2008

  • Cantábamos canciones de Abba en las islas griegas... y llegó el cataclismo

Empleados de Lehman Brothers sacan las cajas con sus pertenencias tras la quiebra.. Empleados de Lehman Brothers sacan las cajas con sus pertenencias tras la quiebra..

Empleados de Lehman Brothers sacan las cajas con sus pertenencias tras la quiebra..

Todo era mentira. Saltó la banca de la economía de casino. Los fundamentos de un capitalismo en permanente crecimiento se desplomaron y desparramaron miseria por todo el planeta. Si el 11-S transformó la visión geopolítica, el día en que dejaron caer a Lehman Brothers, el 14 de septiembre de 2008, el 14-S, se destapó una ficción que nos atrapó a todos viviendo de prestado. El sistema bancario y la burbuja inmobiliaria española saltarían por los aires.

Quién iba a pensar que aquel verano concluiría con la espoleta que detonaría nuestros empleos, nuestras viviendas, en muchos casos nuestras familias. En algunos casos nuestras vidas. Porque aunque había señales de alarma con grandes luminosos por todos lados no las veíamos. Podía ser un verano como cualquier otro, con sus juegos olímpicos, con una venezolana ganando el concurso de miss Universo, con sus eclipses solares y sus fenómenos celestes, con el nacimiento de una princesa, esta vez en Bélgica, y con sus jornadas de la Juventud convocadas por el Papa. Todo como siempre. Además, para mayor placidez, arrasaba un revival. La banda sonora de Mamma Mia, basada en los éxitos de un viejo cuarteto sueco de los años 70 y 80, Abba, sonaba por todas partes mientras nos recreábamos en los paisajes griegos. Grecia, paradojas, sería una de las grandes víctimas del fin del verano de 2008.

Incluso los españoles arrancábamos ese verano más felices que unas pascuas porque Fernando Torres había enganchado un balón en profundidad y había batido al portero alemán. Éramos campeones de Europa de fútbol en el inicio de la racha más gloriosa de nuestra selección gracias a un ejército de hombres bajitos que se habían inventado algo que en todo el mundo se conocería como el tikitaka, que consistía en jugar al rondo con los desesperados rivales.

No vivieron para ver la que se avecinaba personalidades como Alexander Solzhenitsyn, el Nobel que nos abrió los ojos al archipiélago Gulag estalinista, o el gran Isaac Hayes, que tanto hizo por el black power con sus composiciones sopul para el sello Stax. El que sí parecía intuir algo fue el escritor David Foster Wallace, en continua batalla contra sí mismo, que se quitó la vida el 12 de septiembre, un día antes del gran crack. Foster Wallace, de tendencias depresivas, había sido tomado prisionero por otra de las grandes burbujas de nuestro tiempo, la farmacopea psiquiátrica. Es posible que la fenelzina nos permitiera leer algunas de las páginas más asombrosas de la literatura moderna, pero también convirtió a Foster Wallace primero en un zombi y luego en un bonito cadáver. Tenía 45 años.

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