Los reyes de la escena británica toman la palabra a los reyes de Shakespeare
The Hollow Crown
¿Huérfano de series? Deje de buscar. Difícilmente puede cundir más una tarde de ventilador y sofá que hundiéndose en los tentáculos de The Hollow Crown: la iniciativa que la BBC comenzó en 2012 para adaptar "los reyes" de William Shakespeare. Las entregas, que replican las obras de teatro, comenzaron con la producción de Ricardo II, siguieron con Enrique IV y V, y terminaron recientemente con el ciclo de la Guerra de las Rosas (Enrique VI y las dos piezas en las que se divide Ricardo III).
A pesar del 400 aniversario de la desaparición de Shakespeare y Cervantes y del tremendo plantel de actores con el que cuenta, The Hollow Crown aún no ha encontrado distribución en España -debe ser que tememos que le haga sombra a nuestras fabulosas realizaciones sobre Cervantes-. La serie al completo, por supuesto, puede conseguirse en DVD -Ricardo III salió a la venta a finales de junio-.
¿La mejor entrega? Quizá las dos de Enrique IV, con Jeremy Irons y Tom Hiddleston retroalimentándose con saña mientras los pobres mortales los contemplamos hechos gusarapos. Es glorioso ese Enrique V que se hace mezquino de pura humanidad. Aunque Ricardo III, conociendo como conocemos hoy día algo más de la realidad de su historia, desmorona. Benedict Cumberbatch le presta voz y rostro al que durante siglos fue un rey villano. El actor es, a más colmo, descendiente lejano del defenestrado monarca -lo sé: "Soy Benedict Cumberbatch, prácticamente perfecto en todo"-. En tal condición realizó una lectura durante el funeral en honor al último Plantagenet en la catedral de Leicester.
La historiografía -empujada por Tomás Moro, primero, y por William Shakespeare, después- ha dibujado a Ricardo III como un ser vil, que parecía recoger en sí lo peor de su árbol genealógico -"Del diablo venimos, al diablo volveremos", decía ese perfecto señor de la guerra que fue el Corazón de León-. Se le acusó de asesinar a sus sobrinos, competencia en la línea al trono, y ha quedado dibujado para la posteridad como un cobarde, aunque fue el último monarca inglés muerto en batalla -y en sus restos, descubiertos en 2012 bajo un aparcamiento, se contabilizaron hasta diez heridas-.
Ricardo III no era jorobado, aunque sufría escoliosis. Y no murió reclamando un caballo sino al grito de "¡Traidor, traidor!": una de sus facciones se posicionó al lado de los Tudor en mitad de la batalla. La obra de Shakespeare es, desde luego, un negativo más que velado de personaje y realidad. Nada que extrañar: a Isabel I no le debía gustar que se aireara que su familia había llegado a la corona mediante una felonía.
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