Letras Capitulares
Pablo-Manuel Durio
Bruno García: Gobernar en Cádiz a golpe de críticas
De palique
NOS recibe Juan Clavero (Cazalla de la Sierra, 1954), el profesor que hizo que varias generaciones de alumnos conocieran el pinsapar de Grazalema, con las botas puestas. Las botas de agua. En el huerto de su casita de Benamahoma está tratando de arreglar el desaguisado que las últimas lluvias han perpetrado en el espacio dedicado a las judías, aunque eso tiene poco arreglo, como tampoco parece que lo tengan los dos acebuches arrancados de cuajo por el viento. A los pies de la casa, el Majaceite aún baja furioso. Las gallinas en el corral observan escépticas los esfuerzos de su patrón. Juan se hizo famoso en toda España cuando le metieron cocaína en su coche para que dejara de protestar por la confiscación de los caminos públicos en una finca hace ya casi diez años. Por entonces ya llevaba décadas en la brecha después de haber marcado una época como el primer director de un parque natural en Andalucía. Entramos en el austero salón de lo que es, con todas las de la ley, una casa con sabor a pueblo. En un radiocasete del año de Matusalem dan el último parte de los vecinos desalojados de Grazalema y Juan nos ofrece un café de puchero.
–Has escrito un tocho apasionante de 600 páginas con José Manuel Astillero de la historia del pinsapar y, aún así, decís en la solapa que es un relato incompleto. Menos lo voy a hacer yo en este espacio, pero por aproximarnos, ¿cuándo lo pisaste por primera vez?
–Un amigo de toda la vida, al que conozco desde los sies años en los jesuitas, me vino un día diciendo que había estado en la sierra de Cádiz y había visto abetos. ¿Abetos en Cádiz? Eso tengo que verlo. Tendríamos 20 años y, sería el año 73, esto era muy poco conocido.
–Y los viste.
–Los vi a medias. Recuerdo que nos quedamos en una casita en Zahara. Por entonces los permisos había que pedirlos al guarda, el guarda Carmelo, que ibas a su casa y te daba un papel. No debía hacer ni un año que el parque lo había comprado el Icona.
–¿De quién era antes?
–Eran montes comunales hasta que se quedó con ellos en 1922 Miguel Merencio, de Algodonales, que era el cacique de la Sierra. Luego lo heredó su hijo, que era soltero, y se lo vendió a dos hermanas, las Sánchez de Alba, una casada con uno de los Lobatón de Jerez y otra con un general de la Guardia Civil al que habían enviado aquí para acabar con el maquis. Ellas, o más bien los maridos, fueron los que se lo vendieron al Icona.
–La cuestión, me decías, es que el guarda os dio los permisos.
–Diluviaba. Nos metimos por los Llanos del Rabel y acabamos empapados. No se veía nada, se intuía. En cuanto tuve oportunidad, volví. Como no había Aemet, había que llamar al ayuntamiento para saber cómo estaba el tiempo. Esta segunda vez, ya en un día soleado, me quedé prendado. El pinsapar en su esplendor.
–Decidiste que lo tenías que compartir con todo el mundo. ¿A cuántos alumnos has traído al pinsapar?
–Pienso que un andaluz tiene que conocer dos cosas como parte de su formación, la Alhambra y el pinsapar, porque son las dos cosas en las que se encuentra nuestra identidad. Pero la idea de compartir con mis alumnos la naturaleza no fue mía, fue de ellos.
–¿Cómo es eso?
–Cuando saqué las oposiciones me destinaron a San Fernando y allí unos alumnos de tercero de BUP inquietos, que luego formarían un grupo ecologista muy activo, me hablaron de una graganta inmensa que habían descubierto. Tenéis que llevarme, les pedí. Y me vine con ellos. Ahora eso estaría prohibidísimo, un profesor sin permisos ni nada con menores de edad. Acampamos en un prado a la entrada de la Garganta Verde. Durante cuatro días lo pateamos todo. Me enamoré de forma definitiva de la Sierra de Cádiz. Después me destinaron a El Puerto y, a partir de entonces, todos los años me llevaba una semana a mis alumnos al albergue de El Bosque a hacer investigaciones de geología y biología. Publicamos estudios por los que nos dieron premios. Por entonces eso no lo hacía nadie.
“Rechacé dirigir Cazorla porque allí a los de la Junta los recibían a pedradas”
–Conozco a algunos de aquellos alumnos tuyos que recuerdan con entusiasmo aquellas excursiones. Pero te hicieron entonces una propuesta irrechazable.
–Bueno, no, la primera propuesta fue muy rechazable. Me llamaron de la Junta para que me hiciera cargo de la Oficina de Medio Ambiente de Cádiz. Eso era un puesto político. Ya habíamos hecho mucho ruido oponiéndonos a la construcción de Puerto Sherry, que el PSOE defendía, y, además, eran los años de las campañas contra la OTAN. No tenía mucho sentido, así que dije que no. Luego Coco Blanco, que fue el elegido para el puesto, me llamó para decirme que habían declarado el Parque Natural hacía un año y no encontraban a nadie para dirigirlo. Ahí sí, donde esté un parque allá me voy.
–Bueno, ¿y qué haces tú? Porque era el primer parque.
–Lo primero es no hacerle caso a Coco Blanco, que me dijo que ni se me ocurriera irme a vivir allí, que me iban a recibir de uñas. Pero yo soy de pueblo, me he criado en un pueblo y tengo mentalidad de pueblo y sé que a la gente le cabrea mucho que venga alguien de fuera a decir lo que tienen que hacer. Hasta entonces, las cosas del parque se llevaban desde Cádiz, en una oficina en Ana de Viya. Allí los que iban muy de cuando en cuando eran los ingenieros, que eran unos señores con chófer que iban a pasar el día de campo, que la mujer del guarda les hacía la comida. Ellos eran los señores y los del pueblo sus vasallos. Y llego yo un joven de 32 años con pelos.
–¿Y te recibieron de uñas?
–Me recibieron como si fuera el guarda Carmelo. Iban a mi casa a pedir los permisos como fuimos nosotros aquella vez en Zahara que vine por primera vez. Así que primero me establecí en un despachito del Ayuntamiento con un teléfono y luego ya montamos la oficina. Pero no había nada regulado, todo era un poco arbitrario. Yo decidía y a las cosas muy bestias decía que no, pero generalmente decía que sí, sólo pedía que pusieran algo de cariño, que no hicieran cosas horrorosas. Pero eso no eran maneras. Quedó establecido que los vecinos no tenían que dirigirse a mí para poner una valla o lo que fuera, sino al Ayuntamiento, y que luego el proyecto -porque hasta entonces nadie hacía proyectos- pasara a la oficina del parque. Lo siguiente fue redactar una normativa, que las cosas se hicieran según una directrices que todo el mundo conociera. Así que no, me recibieron con algo de desconfianza, pero creo que al final de mi etapa la sintonía era buena.
–Rechazaste dirigir Cazorla.
–Yo quería volver a mis clases y a Cazorla no me iba a ir ni de coña. Cuando la Junta fue a explicar lo del parque natural a los alcaldes los recibieron a pedradas. En Cazorla fue la Marina en el siglo XVIII quien expropió los montes comunales para plantar pinos para los barcos de las américas. Eso lo tienen clavado. Cada vez que viene alguien del Gobierno es para robarnos, piensan. Les da igual si es la Marina o la agencia de medio ambiente. Aquello costó. Pero vamos, que yo ya estaba en el instituto de Santo Domingo de El Puerto.
“Soy de pueblo, me he criado en un pueblo y tengo mentalidad de pueblo””
–En El Puerto te echaste un enemigo, el alcalde.
–Es que Hernán Díaz era un personaje muy siniestro. Hizo todo lo que pudo contra mí, quiso hacerme la vida imposible, investigó mi vida privada. Dijo que quería echarme de El Puerto y yo contesté que creía que las deportaciones eran de los tiempos de Franco. Lo más que logró fue prohibirme la entrada a la alcaldía, donde yo no tenía ningún interés en ir.
–Es que eras muy beligerante cada vez que alguien quería construir...
–En lugares donde no se podía construir. Hubo unos matones que empapelaron el ayuntamiento con carteles donde aparecía la foto de mi casa y se leía ‘esta casa huele a gasolina’. Me enteré que eran los vecinos de una urbanización ilegal en un pinar en El Portal que nosotros habíamos denunciado. Entre esos vecinos había policías nacionales y locales. El gobernador me tuvo que poner protección policial.
–Protección policial contra los policías. Qué puede salir mal. Otro gran ‘amigo’ que te echaste fue el alcalde de Grazalema.
–Antonio Mateo. Otro como Hernán. Cuando empecé a denunciar obras ilegales en la Sierra, entre ellas una casa que se estaba haciendo el arquitecto municipal, el alcalde me dijo que me callara o que tuviera cuidado con él. Pero es que fíjate cómo funcionaban las cosas que el informe técnico de la casa del arquitecto lo firmaba el propio arquitecto. También denuncié eso. Por entonces yo estaba haciendo algunas obras en esta casa, que tiene más de cien años y necesitaba reforma y me puso todas las trabas. Al constructor que estaba trabajando aquí le dijo que como siguiera conmigo se olvidara de trabajar en toda la Sierra. Tuve que llegar al juzgado para que, tras un largo proceso, me dejaran continuar.
–O lo del desvío del río, que eso todavía colea.
–Un promotor que quiere desviar el el río para consrtruir un bloque de pisos. La gente piensa que yo soy un bronquista, pero yo no soy ningún bronquista. De hecho, lo que tengo es mucha paciencia. Cada cosa que denunciamos se tira años y años en el juzgado. Esto que te cuento, lo del río, fueron diecisiete años de papeleo. Acuérdate cuando me pusieron la cocaína en el coche. Va a hacer diez años, el juicio se celebró a los siete años y todavía no se ha visto el recurso. Como se tarda tanto, al final, por las dilaciones, las condenas son suaves y se proyecta la imagen de que hagas lo que hagas, al final no pasa nada.
–En lo de la cocaína el pueblo se puso de tu lado. Me acuerdo que en un bar me dijeron que ya es difícil ver a Juan tomar una cerveza sin alcohol, como para andar con cocaína...
–Sí, mi relación con la gente del pueblo es buena. Es verdad que aquí viene alguien y dice que va a dar mucho empleo, como cuando compró una de las fincas un belga. Al final, nada de empleo. Vienen a explotar el monte y, si te enfrentas a ellos, pues ya se sabe, las amenazas.
–Pero los ecologistas un poquito de rechazo sí que generáis en los pueblos.
–Los ecologistas con mentalidad urbana quizá. Y no les falta razón en ese sentido. Vienen, ven a un tío con una escopeta y gritan ¡asesino! Pues así, claro, no van a hablar contigo. Yo, por ejemplo, no soy anticaza. Mi padre era cazador. Estoy en contra de las cacerías de señoritos, esos que vienen de fuera con unas rehalas de perros que han alquilado y que les da igual si le pegan un tiro a un perro. Para los cazadores de aquí que salen a cazar conejos o lo que sea los perros son parte de la familia. Son cuidadosos. Avisan con carteles a los senderistas para que no se salgan del camino los días de caza. Los cazadores de la Sierra que conozco son gente muy decente.
–El ecologismo en los 80 consiguió afianzarse y alcanzar un consenso que hoy se está rompiendo.
–Pusimos nuestro granito de arena para que, aunque algunos alcaldes protestaran, la gente viera bien los espacios naturales, que los ríos estuvieran limpios, que se instalaran depuradoras, que se gastara dinero en salvar al lince, que hubiera menos coches en las ciudades... Un alcalde me dijo que no estaba España para gastar dinero en depuradoras. Era la época que habían vuelto a aparecer salmones en el Támesis tras su limpieza y él dijo eso lo hacen los ingleses que son ricos, no nosotros. Ahora no hay pueblo que no tenga una depuradora.
–Y, de repente, el cambio climático es un rollo.
–Sí, escuchas a la gente decir que por los visto, ¡por lo visto!, lo del cambio climático es mentira. ¿Y qué es ese por lo visto? Pues que lo he leído en una red social o se lo he oído a no sé qué indocumentado en cualquier programa de esos de conspiraciones. Es inaudito. Pero, ¿no sabes que hemos cambiado la composición de la atmósfera, que el CO2 es el doble que antes de la revolución industrial? Y eso lo dicen los científicos, no un ‘por lo visto’. Aquí ha llovido como nunca porque ahí arriba están pasando cosas. Se han inventado lo del fanatismo climático y todas esas monsergas y están todo el día pumba pumba. Porque la gente no se ha levantado una mañana y ha dicho hay que ver vaya timo lo del cambio climático. Esto ha sido una larga labor de zapa que encima da muchos votos.
"El mundo que nos espera es ver cómo la gente creerá que lo evidente no existe”
–Un mensaje que alcanza a las vacunas.
–Me he tirado cuarenta años enseñando en mi asignatura cambio climático, lo que son las vacunas... Hace cien años de cada tres niños que nacían, moría uno. Ya no. Y eso ha sido por las vacunas. Ahora dirán que eso es adoctrinamiento. Ningún alumno me puso en cuestión nunca lo que aprendía. Ahora mis compañeros me dicen que no sabes cómo está la cosa, que estás explicando lo que son las vacunas y te sale un alumno con un pues mi padre dice que eso no sirve pa ná y que yo a mis hijos no los voy a vacunar. De verdad, estoy acojonao. El mundo que nos espera es ver cómo este tipo de gente convence a una parte de la sociedad de que lo evidente no existe.
–¿Se te ocurre algo para solucionarlo?
–Pues pinta mal, es un fenómeno global y no parece que las dieciocho mil izquierdas que tenemos vayan a detenerlo. Y ahí siguen, peleándose por sus siglas. A tomar por culo con tus siglas que lo que hay en frente es algo muy potente, capaz de cambiar la mentalidad de millones de personas. Si eso es lo que va a parar a esta gente, vamos apañaos.
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