Una movida estática
La noche gaditana se presenta como una de las alternativas más pobres para salir de copas · Jóvenes empresarios luchan por resucitar el ambiente nocturno de la ciudad
La plaza de San Francisco y la de España dicen que no han vuelto a ser las mismas. Y la de Mina no quiere ni hablar. De la Punta, que yace con la mirada perdida de espaldas a la Bahía, dicen los vecinos que se juntó con malas compañías y que por eso se echó a perder. Y que, desde entonces, la mayoría de sus amigos y conocidos la dejaron de lado. Ingeniero de la Cierva no se queja tanto, porque dice que se conforma con oír la algarabía veraniega que le llega desde los chiringuitos de la playa. Y Muñoz Arenillas, que siempre fue de amores de verano, se jacta de que ahora tiene con quien irse todo el año. Muchos lugares se convirtieron, en sus noches, en otro lugar.
Cuando pasó aquello de que el botellón quedaba prohibido, los que tuvieron que mudar de costumbres se quejaron por la nueva Ley. Lo cierto es que la norma no fue sino la respuesta a la falta de civismo con la que muchos afrontaban aquellas reuniones de amigos al aire libre en torno a un par de botellas de alcohol, convirtiendo los lugares en estercoleros, urinarios y jam sessions de jaleo y griterío.
En otros lugares de la geografía nacional, como por ejemplo en la capital, la prohibición no acabó ni mucho menos con la movida nocturna. Los bares ganaron mercado y, aparte, la ciudad disponía de muchos rincones donde burlar la nueva prohibición. Para los que vivimos allí aquel tránsito, la Ley no supuso una modificación tan sustancial de los hábitos trasnochadores. Se seguía saliendo igual.
Pero Cádiz adolecía de esa diversidad de rincones. Y además en esta ciudad, dicen los gaditanos, era diferente, el espíritu del botellón era otro. Era una forma de salir, no sólo una fórmula barata de beber antes de salir. Por eso, el cambio aquí sí fue significativo. La teoría lógica habría sido que el veto del botellón hubiera cedido terreno a los bares, pero no fue así. Manuel, que trabajaba entonces de relaciones públicas en un conocido bar de la Punta, recuerda que el volumen de clientela cayó en picado. Y que lo mismo pasó en otros bares del centro. Que la gente no cambió la calle por la barra entre cuatro paredes, sino que empezó a salir menos.
Ahora alternar por Cádiz es aburrido, opinan muchos. Que aquí no hay nada, otros tantos más. Y que la movida gaditana es de las que menos se mueve, lo comparten casi todos. Al final unos se van a otros lugares de la provincia buscando la marcha y otros, los más, encuentran un bar, o dos o tres, que convertir en los de siempre, rincones donde ser fieles parroquianos y afrontar con el mejor talante posible que esto es lo que hay.
¿Y qué es eso que hay? Pues hay un centro que vive en invierno y muere en verano, y una antípoda llamada Puerta Tierra que lo padece al revés -aunque la calle Muñoz Arenillas ha ido ganando paulatinamente afluencia durante todo el año-. Y también hay mucha segmentación autoimpuesta por el tipo de clientela que acude a cada sitio en concreto.
Hay un Pópulo para la primera. Aunque muchas veces la cosa se alarga allí hasta la penúltima ¿para qué moverse? Hay muchos bares que cierran pronto, y pocos con licencia para esperar de puertas abiertas a que salga el sol. Discotecas, ninguna -nadie de otras ciudades más grandes acostumbrado a estratosféricas salas, aceptaría que se denomine así a lo que en Cádiz sí se considera como tal-. Y lo que más se le parece, la Punta, se ganó tanto el sambenito de Bronx cuando el botellón se mudó a su parte superior, que casi todo el mundo dejó de ir.
Sin embargo, algo está cambiando. No ha sido poco tiempo el que ha esperado para resurgir de sus cenizas, pero tampoco ha necesitado quinientos años como el Ave Fénix. La Punta, con la apertura de nuevos bares que están reinventado y saneando la zona, comienza a volver a parecer una opción razonable para los que quieren alargar la noche más allá de las tres.
José María y sus socios han sido los últimos, por el momento, en abrir un negocio en aquella zona en proceso de reinserción.
Kings & Queens se llama su invento, “un local divertido para todos”, con el que intentan reforzar la oferta contra la falta de diversidad y opciones que hay en la movida gaditana. Desde que abrieran en marzo, estos jóvenes emprendedores están perdiendo dinero. Pero no pierden la esperanza de remontar.
José María, que regenta también un negocio en el Pópulo, fue de los que dejó de ir por allí y de recomendar a sus clientes al cierre la Punta como lugar donde terminar la noche. Pero asegura que la zona está cambiando mucho, que la gente está volviendo –y con una media de edad superior a los veintitantos–, que es otra dinámica, con una oferta nueva y moderna.
El empresario opina que el problema del aparcamiento y el de no tener discotecas que abrieran hasta el crepúsculo, una vez que desapareció el botellón, fueron los motivos que alejaron a la gente del centro como opción para salir.
Precisamente son la falta de oferta y de posibilidad de aparcar fácil y gratuitamente lo que mucha gente alega para irse fuera de la ciudad a otras localidades como Jerez, El Puerto o Chiclana, donde esos problemas no existen de manera tan alarmante.
Habilitar parkings para el ocio nocturno en la zona centro y permitir a los empresarios de la Punta sacar terrazas hasta las cuatro o las cinco de la madrugada, son algunas de las soluciones plausibles que José María considera que asegurarían el paso definitivo para cambiar radicalmente el aspecto, afluencia y dinámica de la zona. En definitiva, que las administraciones se implicaran y abandonaran su posición de dejadez.
Cosa que también agradecería otra vecina de aquel rincón, cuya historia comenzaba algunos meses antes. Aurelio dice que lo que les movió a meterse en “este fregao” fue que lo que había en Cádiz no les gustaba, ni la música, ni el ambiente. Que no pretenden vivir de esto, que son ingenieros, y con trabajo. Pero aun así él y otros cuatro socios se lanzaron a presentar un proyecto en verano de 2008 que, tras largos trámites, costosas obras y grandes dosis de paciencia, desembocó en la hoy exitosa Sala Supersonic.
Al ser una concesión de la Autoridad Portuaria, los ya de por sí farragosos trámites para abrir un negocio se alargaron y no fue hasta un año después cuando recibieron las llaves del local. Después vinieron las obras, la equipación y ese largo etcétera que conlleva el acondicionamiento de un establecimiento nocturno. Finalmente, en diciembre de 2009 la sala abría sus puertas a los gaditanos.
Dice Aurelio que, de momento, están contentos con el éxito de Supersonic. Y lo cierto es que son de los únicos, entre quienes se han aventurado en los últimos meses a abrir este tipo de locales, que no están perdiendo dinero. Como sala de copas para terminar la noche, Supersonic se ha convertido en poco tiempo en un referente. Aparte, la oferta de conciertos que empezó siendo cosa de fin de semana, y que ahora han extendido también a otros días entre semana, ha tenido una más que aceptable acogida.
Pero la música en vivo donde más brilla es en la antípoda, donde los beduinos, donde Paco sembró una W y apostó por que los frutos de aquello fueran conciertos.
La Sala W, una de las primeras en abrir de esta nueva hornada de locales, nació como respuesta a la falta de oferta cultural nocturna que este músico madrileño, afincado en Cádiz desde los nueve años, veía en su ciudad adoptiva.
Paco, que confiesa que de vez en cuando se pregunta si no se habrá equivocado metiéndose en esto, dice que él no tiene un bar, que él su sala la concibe a nivel cultural. Y que aún no ha obtenido la respuesta necesaria por parte del público, pero que cree que esto es algo educacional. Poco a poco.
Echa la vista atrás y recuerda que antes la noche en Cádiz era muy distinta, que la prohibición del botellón y la limitación del horario de cierre de los bares marcaron un antes y un después. Ahora sólo queda amoldarse, dice Paco, que considera que una de las soluciones pasaría por cambiar los horarios, los hábitos, acostumbrarse a salir antes de casa. Y, la definitiva, por apoyar las iniciativas de los jóvenes que intentan hacer algo por la ciudad.
Dice el empresario que habría que valorar el hecho de que ahora haya salas que ofrecen la posibilidad de tomarse una cervecita mientras se escucha un concierto. Y que tampoco estaría mal saber explotar mejor el producto autóctono. ¿Qué tal una peña flamenca para jóvenes en la Punta?
Y entre tantas opciones, al final se ríe diciendo que para revitalizar la noche gaditana lo que haría falta sería un milagro. Pero los milagros no siempre son instantáneos y divinos. Los hay que se fraguan poco a poco con el tesón de personas que luchan por conseguirlos.
Y la movida gaditana sigue sin ser la reina, claro que no. Pero algo está cambiando. Poco a poco. Hace falta implicación de las instituciones, sí. Pero también hace falta que los gaditanos le den una oportunidad a las noches de una ciudad que intenta reinventarse.
Que Cádiz, la madre de todas esas plazas, de todas las calles, de cada rincón, dice que los amigos de sus hijas no deberían irse, sólo volver a moverse.
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