La mejor visión del negocio

Tras haber superado su negocio el siglo de existencia y capeado la crisis económica, Manuel Amaya destaca el esfuerzo del comercio tradicional

Manuel Amaya, en su tienda de la calle Sacramento.
Manuel Amaya, en su tienda de la calle Sacramento.
J. A. Hidalgo Cádiz

02 de febrero 2015 - 01:00

Manuel Amaya es de esas personas en cuyo ADN está bien presente la seriedad en el trabajo. El primero en llegar, el último en marcharse. Por eso le costó jubilarse, aunque fue una decisión muy personal al asumir que era necesario dejar el mando de su empresa a la nueva generación, la tercera que está al frente de la compañía, la misma que hace más de 110 años fundó su abuelo, Manuel Iglesias Antolínez, y que hoy lleva el nombre de Multióptica Iglesias.

El tsunami que se llevó por delante a numerosos nombres históricos del comercio de la ciudad, especialmente virulento las últimas décadas, pasó por delante de Iglesias, firma que ha logrado capear "con mucho esfuerzo por parte de todos" la última crisis económica, hasta el punto que han crecido en tiendas y en oferta, con nuevos locales en Columela y el afianzamiento de la marca María Vidal, dedicada a complementos, curiosamente una oferta comercial que en nada tiene que ver con la tradicional de la empresa, aunque también es cierto que en los duros años posteriores a la Guerra Civil, no dudaron en vender hasta maletines para los colegios "porque había que sobrevivir".

Tal vez venía en el propio ADN de la firma, porque cuando fue fundada en los primeros años del siglo XX centraba su trabajo en la fotografía y no en la óptica. Eran años de grandes estudios fotográficos en la ciudad, mucha competencia que sólo dejó a los mejores tras una dura criba, y entre ellos estaba Manuel Iglesias. Era, también, un gran aficionado al Carnaval hasta el punto que muchas agrupaciones acudían a cantar en el patio de la tienda de Sacramento. Fue también corresponsal de grandes publicaciones de principios del pasado siglo, como La Esfera, Blanco y Negro o Mundo Gráfico, así como de ABC y La Vanguardia. Ofrecía, según se vendía en la publicidad de la época, "retratos elegantes y económicos". Pero murió muy joven, con 52 años, dejando el negocio a su hija y la gestión al marido de ésta, José Amaya... que era sastre.

A la vez que sastre José Amaya era un hombre "con gran olfato para los negocios. Él planteó la apuesta por la óptica, aunque desde muchos bancos le decían que no iba a durar. Él, a la vez, inculcó a sus hijos el veneno y la alegría por el trabajo".

La tercera generación, Gaspar y Manuel Amaya Iglesias, inició la expansión del negocio superando primero la frontera de la Puerta de Tierra y, después, la de la propia ciudad. Más reciente es la diversificación, con la cuarta generación al frente de la compañía y con la quinta preparándose para ello. "Tengo un nieto estudiando óptica", comenta satisfecho Amaya.

Cien años dan para mucho, pero sobre todo dan para contar con una clientela fiel. Es como el médico que ha cuidado a varias generaciones de una familia. Aquí vienen padres e hijos, y también abuelos, que llevan décadas cuidando su vista en esta casa. Manuel Amaya destaca que durante muchos años eran numerosos los clientes que venían procedentes de toda la provincia, aunque la proliferación de ópticas ha restado afluencia. Él mismo, ante la llegada de las franquicias y las grandes superficies, trasladó a sus hijos una enseñanza: "la diferencia con ellos es la atención al público que nosotros podemos ofrecer. Es tan importante la venta como la posventa. La atención al cliente debe ser excelente y preferente, porque quien es bien atendido siempre vuelve".

Todo ello ha coincidido con una crisis económico que se ha cebado, aquí y en todo el país, en el comercio tradicional. En la sangría de cierres que ha provocado, incluyendo la jubilación de veteranos comerciantes, Iglesias ha aguantado el tirón hasta el punto que ha podido mantener los puestos de trabajo, un esfuerzo empresarial notable en estos tiempos.

¿Y Cádiz? "Nosotros hemos trabajado muchísimo con los astilleros, con la fábrica de tabacos... Y todo eso prácticamente ha terminado. Desde hace un tiempo, mantener un negocio en Cádiz es como ser un héroe. Yo nuestro futuro lo veo en el puerto, en recuperar su antiguo esplendor y generador de riqueza para la ciudad. Sin embargo, pasan cosas como la creación de la Zona Franca de Sevilla y me pregunto cómo nos quitan cachito a cachito lo nuestro y no pasa nada". Se muestra así preocupado por la pérdida de población en la capital "que sí que se nota en la actividad comercial" y la incidencia que tiene todo ello en la juventud gaditana. "¿Qué va a pasar con nuestros jóvenes?", se lamenta Manuel Amaya.

stats