"Somos huérfanos"

De palique

Una conversación con Ramón Vargas-Machuca y Josefina Junquera, dos personajes clave de la Transición en Cádiz que hablan de una intensa juventud, un matrimonio feliz y también del desencanto con la deriva política y con un partido, el PSOE, en el que ya no se reconocen

Josefina y Ramón, en el futbolín del pub irlandés.
Josefina y Ramón, en el futbolín del pub irlandés. / Germán
Pedro Ingelmo

08 de febrero 2026 - 06:31

HEMOS quedado en El Maera, que es como todo el mundo conoce al pub irlandés del Paseo Marítimo que no se llama El Maera, para todavía no sabemos muy bien qué. Ya les he dicho a Josefina Junquera y Ramón Vargas-Machuca, dos almas de la Transición en Cádiz, ella concejal durante todos los años 80 y él diputado de la primera legislatura y luego filósofo del primer felipismo en el Congreso, que no es una entrevista exactamente, que nos tomamos un Jameson y nos ponemos a charlar a ver qué sale.

Josefina y Ramón llevan juntos más de cincuenta años. Así que empezamos por el principio, que es Salamanca, pero para llegar a Salamanca Ramón me traslada al Campo de Gibraltar a mitad del siglo XIX, que es cuando llegan los Vargas-Machuca a la provincia. “Vinieron a la descorchá y, como eran buenos para los negocios, prosperaron y se dedicaron a alquilar fincas en Medina y Alcalá para criar ganado. La máxima del abuelo era no tener propiedades para que luego no hubiera problemas de los hijos con la herencia”. Pero eran gente bien. Vivían en el cortijo de Los Almeriques, en Medina, y hay fotos de cuando toda la familia fue a la Exposición Universal de Sevilla del 29 alojándose en el hotel Alfonso XIII.

Al final de la guerra va a ocurrir el suceso que marcará la vida de Ramón y Josefina sin que ellos hayan nacido. Los maquis secuestran a dos familiares de Ramón. En realidad, querían secuestrar al padre, pero se confunden. Los maquis tenían la idea equivocada de que los Vargas-Machuca eran terratenientes, pero lo cierto es que no poseían ninguna tierra. El padre de Ramón se aviene a negociar con los secuestradores y paga los dos millones de pesetas por la liberación. “Se arruinó -interviene Josefina -. A partir de ahí, abandonó Los Almeriques y se tuvo que ganar la vida conduciendo un tractor”. “La obsesión de mi padre- continúa Ramón- era que mis hermanas se casaran y yo, que era el pequeño, estudiara. En aquella época la única forma de estudiar si no tenías recursos era el seminario”.

Allí se va a cruzar con un personaje relevante de esta historia, el cura Alfonso Castro, “la persona más consecuente con sus ideas que hemos conocido, la más humilde, más recta, más modesta... y con una ironía muy fina”, le define Josefina. “Fue una vida de entrega a los peor situados: en los años sesenta, jóvenes obreros de nuestros barrios más deprimidos; después, inmigrantes, reclusos, personas que necesitan ayuda para salir del pozo de la drogadicción; en suma, gente sin recursos ni atención, desahuciados muy pronto por una sociedad que preferiría ignorar su existencia”, escribió Ramón en su obituario.

Alfonso Castro se mueve en los círculos de los curas obreros a los que el obispo Añoveros acoge bajo su manto. Ramón, que era buen estudiante, es uno de los seleccionados para ir a la Universidad Pontificia de Salamanca a terminar sus estudios de Filosofía bajo la supervisión de Castro. En la expedición van otros personajes que acabarán siendo muy conocidos en Cádiz en los siguientes años como Gabriel Delgado, el cura Balbino o Rafael Garófano. “Yo los conocí a todos a la vez. Allí estaba yo, que tendría 17 años, la hija de un ferroviario que había crecido con las monjas salesianas y que estudiaba Románicas. Las monjas me habían inculcado conciencia social, los sábados íbamos a las hermanitas de los pobres y entonces los de Cádiz y nosotras coincidíamos con esa idea de la iglesia social”.

Ramón y Josefina se conocen en las catequesis que se realizan en los barrios obreros y el flechazo es inmediato. A Castro, la verdad, es que los chavales se le desmandan. Muchos de ellos se ennovian y él les tiene que decir que tiene que ser “a o b”. Ramón confiesa que él se queda con Josefina y todo lo que le dice Alfonso es: “¿Y tienes dinero para convidarla?” Así pasa Ramón del seminario católico a los seminarios marxistas en el piso de Salamanca, donde hay en una pared un retrato de Marx y en la otra una foto bien grande de Josefina. Esos ‘seminarios’ aburrían enormemente a Josefina y, mientras ellos destripaban El Capital, ella se iba al cine, a un concierto de Serrat o lo que fuera antes de asistir a tan sesudas sesiones.

En el año 1971, siendo muy jovencitos, se casan en Salamanca y se ganan la vida como pueden para poder pagarse las matrículas de sus carreras. “Un verano nos fuimos a París para trabajar en una fábrica de salchichas. Salchichas, salchichones y jamón cocido. Ramón trabajaba en las calderas donde se hacía la masa rosa y yo en la cadena donde salían las salchichas para meterlas en paquetes de a ocho”. “Desde entonces no comemos salchichas”, asiente Ramón.

Otro modo de subsistencia fue la beca de San Ambrosio para colegiales egregios. “Era una beca de comedor. Fuimos a ver al canónico, un viejo encogido, y le dijimos que nos acabábamos de casar y teníamos dinero. No sé cómo le convencimos. Me acuerdo que nos dijo una frase enigmática: los que no están acostumbrados a bragas, en el culo le salen llagas. Pero bueno, lo importante es que podíamos comer en el comedor universitario. Un problema menos”.

En 1974 nace su primera hija, Marta, y Ramón encuentra trabajo como bibliotecario del Colegio Universitario en Cádiz. Se instalan en su primer pisito, en la barriada de Loreto. Van prosperando. Josefina se coloca dando clases en los Salesianos y Ramón, que ha empezado a escribir su tesis doctoral sobre el comunista italiano Antonio Gramsci, también se convierte en un joven profesor de Filosofía y Letras que tiene como alumno a un joven inquieto llamado Alfonso Perales. Perales les va a poner en contacto con grupos sindicalistas y de izquierdas, el embrión de lo que acabará siendo el socialismo de Felipe González. “Por él conocimos primero a los gaditanos, a Manuel Chaves, que vivía en Isocotel, y a Luis Pizarro, que vivía en La Laguna, y luego a los sevillanos, a Felipe, Guerra, a Carmen Romero...”

Ramón recuerda a Alfonso Perales como un tipo “muy espabilado, un activista muy comprometido, pero que no estudiaba nada. No le daba tiempo. Le habían detenido por su militancia y yo le aconsejaba que no dejara la carrera por la política” .

“No me reconozco en esa política entendida como pugna interna”

El hecho es que Ramón y Josefina ya están en el meollo de la política y la política la hacen en el Cerro del Moro, el barrio más deprimido de Cádiz, como les había enseñado Alfonso Castro. Coinciden con el cura Jesús Maeztu, hoy Defensor del Pueblo andaluz. Es una continuación de todo lo que habían estado haciendo en Salamanca. Ha muerto Franco, es el fin de su breve ‘clandestinidad’ y en 1977, coincidiendo con el nacimiento de su segundo hijo, también llamado Ramón, van a ser las primeras elecciones, en las que Ramón irá detrás de Chaves en las listas por Cádiz. De las aulas salta a dar mítines por todos los pueblos. Uno de ellos es en Jimena. Allí hay un grupo entusiasta que aplaude el discurso de Ramón. Luego se entera que, entre ellos, se encuentran los maquis que habían secuestrado a sus tíos y llevado a la ruina a su padre. También recuerda Ramón que a su padre le decían “mira, tu hijo se te ha hecho socialista y mi padre les decía, muy orgulloso, socialista y todo lo que tú quieras, pero tiene estudios. Y tú hijo qué ha estudiao

Ramón sale diputado y asiste al acoso y derribo que su partido somete a Adolfo Suárez. Mientras, Josefina se convierte en la concejal en las primeras elecciones municipales que le dan la alcaldía a Carlos Díaz . Y llega (siempre llega) el 23-F. “Yo estaba sentado con Manuel Chaves y Esteban Camaño, un arrumbador y sindicalista muy bueno, cuando entra Tejero y grita lo de todos al suelo. Y claro, me tiro al suelo, y encima me caen Chaves y Caamaño, que eso era un peso. Figúrate, entre el miedo y el aplastamiento... No sabíamos lo que iba a pasar. Según va pasando la noche, yo creo que ya había hablado el Rey, coge Caamaño, se levanta, cuando todavía estábamos todos acojonados, y dice me voy a por tabaco. Así, tan tranquilo, con los guardias civiles aún allí. Y se bajó a fumarse un cigarro”.

Continúa Josefina: “Cuando volvieron a Cádiz era carnaval como ahora. Venían impresionados por lo que habían vivido, muy tocados. Pero también con muchas ganas de quitarse ese miedo de encima. Así que les dijimos vámonos al Falla. Chaves y Ramón estaban disparatados. A Ramón le pusimos un camisón, unos zapatos rojos con unos tacones así de grandes y una peluca rubia a lo Marilyn. No veas la pinta. Iba hecho un auténtico mamarracho”. “Y en el teatro -interrumpe Ramón- cantaban eso de todos al suelo y yo me decía me cachis, en el suelo me hubiera gustado veros a vosotros”.

“En el Carnaval del 81, tras el 23-F, Chaves y Ramón vinieron disparatados”

Pronto los dos van a conocer la otra cara de la política, las peleas intestinas. En el caso de Ramón, que va a ser secretario general por Cádiz, le va a salir un inesperado rival. “En la prensa hablaban de los varguistas y los peralistas. El alumno favorito se rebelaba contra su maestro más cercano. Yo nunca me he reconocido en las rupturas de los partidos, en esas rivalidades. esa manera de entender la política como una continua pugna interna”. Josefina va a tener también sus problemas. Observa su larga etapa de concejal con el orgullo de “darte cuenta el pequeño poder que tiene un concejal para transformar cosas. Yo lo hice en el campo de la cultura, quería que hubiera una educación musical, creamos la escolanía. Y compré un piano para el Ayuntamiento, un Yamaha buenísimo. Me fui con un pianista a Madrid para elegirlo”. Pero siempre hay un pero. “Carlos Díaz me destituyó como concejal. Lo hizo porque voté a favor del aborto. Carlos Díaz era del PSOE, pero de ese PSOE un poco de derechas. Luego Ramón lo arregló, pero ahí me di cuenta de cuáles eran las reglas de la política y cómo actuar en conciencia te puede costar caro”.

A principios de los 90 el felipismo acusa el desgaste de materiales y Ramón empieza a estar incómodo. “Con lo de la Expo yo ya me di cuenta de que no encajaba. Llegué a firmar un manifiesto, el manifiesto de los 19, pidiendo a Felipe González que se marchara. Pero el que se marchó fui yo. Me había salido la oportunidad de una beca en Estados Unidos, en Yale, y decidí que ya estaba bien. Fui a decírselo a Felipe y Felipe lo aceptó y me dijo ‘qué suerte, cabrón, vete tú que puedes´”.

En New Haven, Connecticut, Ramón va a conocer a una figura determinante en su vida, “quizá la persona que más me ha influido junto a Alfonso Castro”. Es Juan Linz, el sociólogo español que escribió La quiebra de las democracias, todo un vaticinio. Linz está interesado en los movimientos de transición europeos en los años 70 y con Ramón tiene documentación de primera mano. La amistad con Linz duraría hasta la muerte de éste. Josefina recuerda el día que les llevö fresas y un cojín a su apartamento. “Con él descubrimos cómo las más grandes mentes son también las más humildes”.

El regreso a España es el regreso al desencanto. Se encuentran un partido totalmente transformado que, con la llegada de Zapatero, “ese chico que en el Parlamento siempre estaba callado”, se ha poblado de arribistas. Descubren, dice Josefina, “cómo en el partido se han roto determinados esquemas y el único pensamiento es la defensa de unos intereses que no tienen que ver con los de los votantes. Se piensa sólo en clave interna”. Para Ramón, “es el triunfo de la indigencia intelectual y la indigencia moral”. Ambos siguen siendo militantes y se siguen considerando socialistas, "pero ya no somos cotizantes. Hace años que no vamos a ninguna asamblea. No nos reconocemos. En cierto sentido, nos sentimos huérfanos. Somos huérfanos”.

Creen que esa deriva política es la que está detrás de la derechización de parte de la juventud, que el partido ha perdido de vista el motivo por el que existe. Y ahí la alegre conversación en El Maera se vuelve un poco sombría y Ramón, con cierta tristeza, se excusa: “Yo soy un viejo, no me siento responsable de eso”.

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