El hombre atento y observador
PerfilesAlberto Romero PROFESOR UNIVERSITARIO
Está dotado de una gran habilidad para medir los diferentes ritmos de cada momento histórico
ALBERTO Romero es un profesor que, agradecido, reconoce cómo, para desarrollar sus trabajos de investigación, para impartir sus clases universitarias y para elaborar sus artículos de divulgación, ha disfrutado del notable privilegio de contar con un eficiente maestro que ha influido decisivamente en su "vocación de crear escuela". Tengo la impresión de que una de las diversas claves que explican sus opciones profesionales y sus decisiones vitales es su convicción personal de que también él posee una notable capacidad para sintonizar con los compañeros y para sincronizar con los alumnos. Estoy convencido de que, aunque no presuma excesivamente, él es conciente de que está dotado de una singular habilidad para interpretar las cambiantes melodías actuales y para medir los diferentes ritmos de cada momento histórico y de cada encrucijada profesional.
Activo y reflexivo, Alberto mide las distancias antes de lanzarse a nuevas empresas y posee una notable destreza para seleccionar las teorías de las que debe nutrir su actividad profesional. Hombre atento y observador, de palabra fácil y de clara escritura, se esfuerza de manera permanente por escuchar las propuestas de sus compañeros y por atender las peticiones de sus alumnos. Vive y explica los episodios de actualidad, sin caer en esa fácil retórica revolucionaria que, como es sabido, nada cambia. Amante de las bellas letras, nos ha contado los ecos entrañables que, en el fondo de su espíritu, despertaban los mensajes que transmiten unos episodios que, aunque ya lejanos, siguen dejando huellas en este trozo urbano que él comparte con nosotros.
Huyendo, tanto de la blandura condescendiente como de la intolerante rigidez, Alberto no ha sucumbido a la obsesión de estar a la última moda ni de dejarse impresionar excesivamente por los alardes de modernidad de algunos que viven en campamentos académicos próximos. Pero lo que más admiramos en este historiador de la literatura es su "pathos", esa intensa sensibilidad para sentir y para consentir con los textos que él explica. Por eso sus escritos revelan no sólo el significado de las palabras sino que, además, destilan los sentimientos alegres o tristes que los inspiraron.
En mi opinión sus comentarios críticos revelan una filosofía vital alimentada, por un lado, por hondas convicciones éticas y, por otro lado, por su voluntad de vivir plenamente el momento presente respirando con libertad los aires cambiantes, sin hacerse esclavo de las modas pasajeras. Alberto es un investigador científico que está dotado de una singular capacidad analítica y de una sorprendente habilidad de penetración. Es, en otras palabras, un lector minucioso que concentra su atención en los textos literarios para identificar los secretos más íntimos de sus misteriosas entrañas, para captar sus resonancias y para desvelar los múltiples mensajes que encierran. Es un crítico cauteloso que, gracias al caudal de erudición que almacena y, sobre todo, al compromiso que ha contraído con su profesión, está permanentemente pendiente para identificar a los desaprensivos "copistas" que plagian a troche y moche sin el menor pudor, y para denunciar a los "aprovechados" ventajistas que enarbolan banderías, movidos por intereses extraliterarios y extraacadémicos.
Alberto concibe la "filología" como una peculiar filosofía cuya función es averiguar la historia íntima y velada de las palabras. Cuestiona la crítica frívola, banal, anecdótica y ligera, y ensancha el ámbito de la hermenéutica poniendo a prueba los discursos literarios para hacerles decir todo lo que llevan dentro. Con tenacidad, desempeña su oficio como un deber ético y como un servicio social a la comunidad universitaria. Sus trabajos minuciosos nos ayudan a sentir la realidad, a desentrañar sus misterios, a descubrir esos mundos imaginarios, esos espacios profundamente humanos que reproducen, explican o contradicen nuestro mundo real, cotidiano y, también, maravilloso. Con una meticulosa habilidad, identifica esa delgada línea que separa la realidad de la ficción, la poesía de la prosa, la auténtica literatura de los meros plagios, las teorías originales de la pura verborrea.
Sin petulancia y sin teatralidad -aunque, a veces se le escape cierto desdén por los teóricos errantes que se dejan llevar por la publicidad y por los frívolos incapaces de reprimir el apetito desordenado de ser otros- sus comportamientos evidencian una entrañable personalidad humana y una seriedad científica que le impiden hacer trampas, vulnerar los principios y transgredir las normas.
También te puede interesar
Lo último