Los hijos del drago muerto
La Casa de las Artes recordó ayer al centenario árbol del callejón del Tinte, en un acto en el que participaron profesores y alumnos
La nueva Casa de las Artes tiene dos dragos, hijos del que cayó en la calle del Tinte. Son árboles adolescentes o más bien, en términos de vida draconiana, poco más que pequeños bebés. "Como todos los hijos, unos salen más grandes que otros", comentaba el director de la Escuela de Bellas Artes, Luis Gonzalo, al comenzar el acto de homenaje al drago desaparecido.
El ejemplar del fondo del patio es el más joven pero, también, el más robusto. El que se plantó ayer tarde en la entrada es más pequeño pero algo más veterano.
"Ya que como se dice, lo pasado, pasado está -indicaba Luis Gonzalo en el acto-, intentemos centrarnos en el futuro y pensar que el que ahora plantamos en esta Casa de las Artes, aún no inaugurada oficialmente, ojalá dure otros doscientos años".
El responsable insistió en que aquel era un acto no oficial, organizado un poco a calor del sentimiento y con gran iniciativa del alumnado, que deseaba un gesto así, y lo cierto es que se los veía ilusionados. Un cuarteto de cuerda del conservatorio Manuel de Falla tocó La vida es bella mientras varios de los presentes, profesores y alumnos, cubrían el árbol con paladitas de arena.
No era un acto oficial, pero tal vez no hubiera estado de más que alguno de los rostros oficiales se hubiera interesado en asistir, por mera sensibilidad, a título personal.
"El drago ha sido siempre un símbolo de la Escuela de Bellas Artes, y queremos que lo siga siendo en el futuro, en esta nueva casa, que ha supuesto gran esfuerzo e inversión -continuó Luis Gonzalo-. Es un símbolo que deberíamos ponernos en la solapa y que ojalá nos sirva para darnos suerte y atraer trabajo y salud".
Como parte del homenaje, los alumnos del Ciclo Superior de Cerámica Artística descubrieron un mural mosaico en una de las paredes del patio: un drago pixelado en veintisiete piezas con verdes de estanque. Su elaboración comenzó a raíz del traslado a las nuevas instalaciones, antes del derrumbe del viejo árbol el pasado 30 de marzo. Veintisiete piezas que representaban, también, las décadas que la Escuela había permanecido en el callejón del Tinte y que podían lindar, perfectamente, con la edad del ejemplar muerto.
Frente al mosaico, Nono Hurtado, uno de los rostros más reconocibles de la Escuela de Bellas Artes, aseguró estar tan conmovido al hablar de la desaparición del viejo árbol como el que habla de "una persona fallecida".
"Yo pasé años en Bellas Artes como alumno, después volví como profesor, fui subdirector, director... -explicaba-. Y la verdad es que no he tenido ni fuerzas para acudir a ver al drago muerto. No me hago a la idea y, para mí, sigue vivo".
Ver al drago muerto. Una criatura de más de dos siglos y savia como sangre. Contemplarlo derrumbado y sin vida es lo más cercano que podemos experimentar a ver el cadáver de un ser mitológico. Un viejo dragón, en efecto, desplomado de cansancio, despanzurrado.
En la entrada de la Casa de las Artes sopla la ventolera y el pequeño drago, de nuevo solo, parece no tener mal aspecto. Con algo de suerte, seguirá moviendo sus ramitas sobre nuestro recuerdo, si es que alguien nos recuerda. Y, con un poco de mala suerte, algún tipo de desidia o de torpeza, algún rayo perdido o algún círculo de azufre lo fulminará, tal vez dentro de otros doscientos años.
O no.
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