"Me gustaría descubrir el misterio de cómo sobrevive esta ciudad"
Salvador Ramallo. Maestro
Es uno de esos gaditanos activos, un todoterreno que conoce la ciudad desde lo alto de una batea, desde delante de un paso, desde el Salón de Plenos...
En Cádiz nada más que le ha faltado montar en globo, como él mismo reconoce. Maestro de profesión, director del desaparecido colegio Valcárcel y concejal del Ayuntamiento con Carlos Díaz, Salvador Ramallo Arroyo ha sido tuno, corista, director de coros, cargador, capataz, ateneísta... Un amplio currículum que recoge numerosas facetas que siempre ha tenido un denominador común: "Mi ciudad", de la que se siente un auténtico enamorado.
-Semanasantero, carnavalero, concejal, músico... ¿qué le falta por hacer a Salvador Ramallo?
-Soy también miembro del Ateneo. He sido miembro de la rondalla de Salesianos y de la tuna de Medicina. He pertenecido al grupo de folclore Adolfo de Castro, he sido fundador del coro de Los Dedócratas, he salido 16 años en coros. Formé parte de la cuadrilla del Caído y con 18 años Bernardo Periñán nos encomendó a Miguel Ángel Maján y a mí el ser capataces. Sin tener ni idea...
-¿De todo eso qué es lo que más le ha gustado, con lo que más ha disfrutado?
-Pues no lo sé. En realidad todo. Es que yo soy muy apasionado por las cosas y por mi Cádiz. Soy muy vivencial. Quizá lo que más me haya gustado es la relación humana con la gente. De ello aprendí mucho en mi trabajo con los niños deficientes. Nunca entendí que por mi trabajo me pagaran, cuando yo pagaría por darle clases a ellos.
-¿Hay alguna pasión o afición suya que sea más desconocida?
-Una de mis grandes pasiones desonocidas es la poesía y los relatos. Tengo escritas cientos de poesías que quizá algún día saque a la palestra. Y siempre estoy componiendo. Hoy es una rumba, mañana una sevillana, pasado una canción de boda... Otra pasión es la cocina. Me encanta cocinar en mi casa y para mis amigos. Los viajes son otra pasión. También tengo una pequeña colección de instrumentos. Y me gusta participar siempre que hay una fiesta, pero participar organizando algo alusivo al evento o al personaje: una pequeña obra de teatro, una chirigotita con mi gente, nos disfrazamos... Me encanta eso. Soy el creativo del grupo. Cada vez que hay un jaleo de estos, ahí está el Mayeto organizando algo.
-¿De dónde viene lo de Mayeto?
-Un tío de Miguel Angel (Maján) fue el que me puso el apodo mientras jugábamos a la lotería en su casa. Como tengo las manos tan grandes, le quitaba las fichas de la mesa. Y entonces me dijo "te pareces a un mayeto". Los mayetos eran pequeños agricultores que venían de Rota y que traían la mercancía a Cádiz. Por mi aspecto rústico y grande me dijo eso de mayeto. Y se quedó para siempre. Yo lo considero algo cariñoso. Y además, debo decir que firmo mis poesías con el nombre de Capataz Mayeto.
-¿Qué fue primero, el Caído, la guitarra, la política...?
-Lo primero fue la bandurria, con diez u once años. Mis hermanos fueron los que me enseñaron. Luego vino la rondalla de Salesianos y la guitarra. La guitarra me servía para acompañarme a cantar y entonces abandoné un poco la bandurria. Mi gran sacrificio ha sido que con veinte años mis padres decidieron que no me dedicaría a la música. Pero después eso me lo han recompensado con mi carrera y con el trabajo con niños deficientes. Y tengo también una pequeña frustración: ninguno de mis hijos tocan instrumentos. El Caído vendría luego. Cargué con 16 o 17 años y con 18 soy capataz. También fui después capataz del palio de Buena Muerte durante cinco años y ayudante del capataz del Cristo.
-¿Los que usted vivió eran otros tiempos, tanto en el Carnaval como en la Semana Santa y en la política?
-Yo no digo que tiempos pasados fueron mejores. Fueron diferentes. Lo que sí observo es una pérdida de valores. Los que vivimos la posguerra estábamos acostumbrados a tener poco, pero sacarle mucho provecho. Yo fui a la política porque era mi ciudad, a la que yo quería y la que me había dado tanto. Y luego he tenido la suerte de haber sido pionero en varias cosas: en las cofradías, con la primera cuadrilla de cargadores amateurs de Andalucía; como en el Carnaval, con un coro en el que por primera vez participó la clase media gaditana.
-¿Cómo fue aquello?
-Yo creo que accedimos por el sentido que teníamos de amor a Cádiz, porque éramos gente muy vitalista que nos gustaba el Carnaval. Y también por un compromiso con la evolución de este país. Nosotros decíamos cosas fuertes en el coro, estábamos en el año 77 en plena Transición y decíamos cosas de comprometerte. Luchamos por la democracia desde nuestra atalaya. Con el tiempo descubrimos que rompimos esa barrera que había. Antiguamente los que salían en las chirigotas, en los coros... eran los currantes, que eran tan currantes como el resto de gente.
-Serán muchas las anécdotas que guarde de tantos y tantos años...
-Pues sí. Pero también hay momentos tristes. Mi época de concejal, por ejemplo, para mí fue un orgullo. Tengo que decir que primero me quedé fuera, no salí elegido. Y tras la renuncia de un concejal fue cuando entré. Como teniente de alcalde lo que más me agobió fueron las muertes que hubo. Yo llevaba Policía y era vicepresidente del Consorcio de Bomberos. Hubo casos muy dolorosos.
-¿Volvería hoy a entrar en política, tal y como está la cosa?
-No. Tengo que decir que son pocos los malos y abundan los buenos. Pero lo malos hacen mucho ruido. Y donde digo malos pon corruptos o lo que quieras. Otra de las trabas que veo hoy en día es el acceso de la gente joven a la política. Yo soy partidario, como decía Ramón Vargas Machuca, que era un referente en el partido para mí, que a los ocho años uno se tenía que ir para su casa. La política no es para servirse, es para servir. Creo que se están perdiendo generaciones mucho más preparadas que nosotros, y eso nos va a doler la cabeza.
-¿Y un socialista que piensa así como lleva eso de tener una alcaldesa del PP en Cádiz durante 18 años?
-Yo a Teófila la respeto mucho y tengo amistad con ella. Pero insisto en que ocho años es suficiente para servir a tu pueblo. Más puede ser hasta peligroso. Si en Estados Unidos pasa, con tanto poder y siendo un país tan enorme, aquí deberíamos hacer lo mismo. La política no es una profesión, y si encima metes la mano en el cajón... Hablamos siempre de la corrupción de los políticos, pero no de los que corrompen a los políticos.
-¿Cómo ve Cádiz actualmente?
-Esta ciudad está como un poco psicótica. Estamos encasillados en Carnaval, Semana Santa. Pero Cádiz es más. Yo me pregunto quién va a ser el relevo en esta ciudad, con la pérdida de tantos jóvenes que se está produciendo. ¿Cuántos nacimientos hay aquí en comparación con San Fernando y otros sitios? Además, desde el punto de vista industrial está descapitalizada, no podemos competir en turismo. Hemos perdido el empujón grande del Doce, donde hemos tenido la mala suerte de la crisis. A mí, con todo esto, me gustaría descubrir el misterio de cómo sobrevive esta ciudad. Con esos índices de empleo, con esa enorme carga de impuestos... yo quiero saber el misterio de cómo salimos adelante los gaditanos.
-¿Cuáles son los mejores recuerdos que guarda de todas las facetas de su vida?
-De mi Semana Santa recuerdo la primera levantá en Parque Genovés como capataz, cuando yo escucho "listos los de atrás"; lo recuerdo y todavía hoy se me ponen los vellos de punta. Mi padre ese día iba de bar en bar llamando por teléfono a mi madre: "el niño ya ha pasado por aquí, ya ha llegado allí, va por este otro sitio...". Recuerdo también un momento emocionante casi completamente a oscuras en Buena Muerte, antes de salir el palio. Siempre le pedía a la Virgen que el momento final de mi vida fuera muy corto y no fuera doloroso ni para mí ni para mi gente. En el Carnaval hay dos cosas principalmente: la primera es cuando nos subimos por primera vez en la batea e íbamos por el Campo del Sur tirado por las mulillas y sonando los cascabeles; y la segunda con Marcos Zilbermann y con Miguel Villanueva esperando que dieran el resultado. Cuando nos dicen que éramos el primer premio llorábamos de emoción. Otro momento que guardaré siempre es cuando Carlos Díaz me impuso la medalla de la ciudad, entre el público estaban los alumnos de mi clase. Ya en mi vida personal, casarte en el Carmen y que el maestro Escobar interprete el tango de los Dedócratas tan solemnemente. O el nacimiento de mis hijos. Son muchas emociones. ¿Sabe que mi viaje de novios no lo hice solo con mi mujer, sino con mis amigos del grupo Adolfo de Castro y con mi amigo Poleo?
-Poleo y Mayeto. Mayeto y Poleo. Una pareja inseparable.
-Es mi hermano. A los ocho años nos conocimos y desde entonces existe un amor más allá de hermano, que además se ha ido incrementando a lo largo de nuestra vida. Siempre hemos participado juntos. Mi madre decía que no tenía seis hijos, que tenía ocho. Uno era mi compadre Antonio Rodríguez y el otro el Poleo. Te voy a contar una anécdota que en su día hizo mucho ruido en Cádiz. Su madre y mi madre mueren el mismo día. La gente decía "ha muerto la madre del Poleo"; otros decían "no, es la del Mayeto"... Para mí los amigos son una prolongación de mi familia. Y lo que más me gusta es cantar para ellos y hacer un arroz en mi casa. Tengo la suerte de que mis amigos son los mismos que cuando tenía 12, 14 o 18 años. Y eso no quita que nos critiquemos, o que nos peleemos... Además, tengo también la suerte de que mis hijos son amigos de los hijos de mis amigos.
-¿Echa de menos el trabajo después de jubilarse?
-No. No lo echo nada de menos. Sí eché de menos el trabajo cuando cambié de maestro a coordinador de programas en Diputación. Ahí sí que echaba de menos las clases.
-¿Y a qué dedica ahora el tiempo una persona que ha sido tan activa?
-Sigo con la poesía. La música sigue siendo también un denominador común en mi vida. Y también sigo ayudando durante el curso a alumnos con problemas. Me sigo realizando con eso, y además sin cobrar. Lo que queda de tiempo para los amigos, la familia, llevar mi casa y mi cocina adelante... Ahora, precisamente, igual me apunto a clases de bandurria en alguna de las escuelas de música que hay en Cádiz.
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