"Ya no tengo ni equipo de música"

Alberto García Lavié, desterrado de su apartamento por armar ruido, es absuelto por la Audiencia de otra denuncia por el mismo motivo que le pedía nueve meses de cárcel. En su nueva casa no hay quejas

Alberto García Lavié, en una de las fotos que le sirven para promocionar su carrera de modelo.
Pedro Ingelmo/ Cádiz

08 de abril 2012 - 01:00

Míster Ruido. El sobrenombre era ingenioso. Alberto García Lavié, Míster Cádiz con 18 años (ahora tiene 31), fue condenado en 2010 a abandonar su casa por molestar a dos vecinas permanentemente con el alto volumen de su música. La sentencia dio la vuelta a España y fue muy aplaudida. Por fin, un juez ponía a un pelmazo en su sitio.

Pero, ¿fue así? Alberto García, ingeniero naval, trabajador de Astilleros, tenía todos los elementos para cebarse con él. Reconoce que en su juventud "he sido muy impulsivo, ahora me estoy calmando". Incluso su aspecto de chico guapo, altanero, engreidillo, juega en su contra. Si a esto se suma su presencia en programas televisivos de gran repercusión como Supervivientes, donde fue expulsado a la semana por montar un pollo de esos que tanto gustan a los guionistas de esos espectáculos, el estereotipo ya está cocinado.

García Lavié cumple su 'destierro' desde el verano de 2010 en la calle Muñoz Arenillas, donde ha encontrado un piso de alquiler mientras sigue pagando la hipoteca de la calle Escalzo. Su presupuesto para vivienda se ha doblado. Dice que, cuando llegó, sus vecinos no sabían que él era 'Míster Ruido'. Y hay que pensar que es así porque si de algo saben en Muñoz Arenillas es de ruido, una calle en la que los vecinos han sido torturados con el bum bum nocturno de la movida durante casi una década. La llegada de Míster Ruido podría haber sido la puntilla. "Puedes preguntar. Ni siquiera tengo ya aparato de música, quita, quita. No fumo, no bebo, salgo de noche lo justo. Todo esto se ha salido de madre. Yo no montaba las que dicen que montaba como para echarme de casa y, después, pedirme nueve meses de cárcel".

El desarrollo de los hechos es el siguiente. Alberto García fue denunciado en 2008 por dos vecinas de la calle Escalzo por tener el volumen de la música muy alto. En las frecuentes visitas de la policía -García aporta partes- los agentes no siempre corroboran la versión de las vecinas. El juez, en cualquier caso, considera probado el tormento y le ordena abandonar su vivienda. Mientras que la sentencia se hace firme, las vecinas presentan nuevas denuncias. García acepta voluntariamente que su equipo de música sea precintado. Una vez puesto el precinto, continúan las denuncias, por lo que ya hablamos de un delito de desobediencia, de romper un precinto, que se pena con cárcel. En primera instancia, García es condenado y apela. La Audiencia, el pasado 15 de marzo, decidió absolverle. La sentencia afirma que "el precinto estaba intacto". Por tanto, aunque hubiera utilizado otro equipo para hacer ruido, no existiría desobediencia. La primera denuncia tras el precinto se produjo sólo dos días después, a las 17,15 de la tarde. La sentencia afirma que "existen dudas de que la música procedente de su vivienda fuera tan elevada que pudiera contravenir una orden de molestar a los vecinos".

García asegura que el caso está viciado desde el principio: "Todo el proceso fue un atropello y un cúmulo de irregularidades. ¿Por qué sólo se quejaban dos vecinas, las de abajo? ¿Por qué nunca se quejó el vecino de al lado o el de arriba? El ruido se expande en todas direcciones". Su principal prueba es el informe de dos péritos que afirman que las pruebas de audiometría se hicieron con arreglo a una normativa antigua y con un aparato que no había pasado la inspección que lo hacía homologable. Los péritos son claros: "La medición es nula". Pero él tiene claro que, una vez acabada la condena, no volverá al bloque de los ruidos.

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