Hostelería

El doloroso adiós a otro negocio con solera

  • Los clientes del Bar Coruña lamentan el cierre y arroparán al propietario en su nueva aventura

Antonio Jiménez junto a unos clientes ayer en la barra del Bar Coruña. Antonio Jiménez junto a unos clientes ayer en la barra del Bar Coruña.

Antonio Jiménez junto a unos clientes ayer en la barra del Bar Coruña. / Jesús Marín

El Velardes Plaza, Casa Samuel, el Pedrín, el Novelty, El Caleta, Los Pabellones, La Pila Vieja, el Mikay... a la plaza de San Juan de Dios ya no la conoce ni la madre que la parió. Quedan en pie el Pasaje Andaluz y la nueva versión de El Sardinero. El último en cerrar sus puertas es el bar Coruña, en la esquina con San Antonio Abad. El domingo, Antonio Jiménez, que lleva allí desde 1989, se despedirá de sus clientes “con mucha pena”. Acaba el contrato de arrendamiento y el propietario, según cuenta el propio Antonio, va a alquilar el local a otra persona. Así se van perdiendo los establecimientos señeros, con historia, de la ciudad. Este data de los años 20, según destaca Jiménez.

Cuando cogió el negocio, que había llevado antes su hermano, a Antonio, el oráculo de los enteraos de Cádiz le vaticinó un corto futuro. “Eran años chungos de El Pópulo y el muelle y Astilleros ya no eran lo que fueron”, reconoce. Luego vino el auge del barrio con su rehabilitación y Antonio mantuvo el tipo con un bar de toda la vida, aunque con unos curiosos azulejos “fotografiados por muchos turistas”.

De los cafés de entre semana al marisco y pescado de viernes a domingo. Ese ha sido el gran secreto del Coruña: los productos de la mar. “Dicen los clientes que cuezo muy bien el marisco... y tengo ácido úrico desde hace años”, bromea. Y la pescadilla de fondón, que no se olvide. Llega Paco Molina, parroquiano habitual, hermano mayor de la cofradía de La Piedad durante 25 años. “Soy cliente habitual y amigo, y es doloroso que se cierre otro local con solera”, expone. Destaca “el género que nos trae Antonio los fines de semana, como para haber convertido esto en una buena marisquería, que falta hace en el centro”. Bueyes de mar, nécoras, huevas... “Me los llevo para casa”, apunta Molina. Un cofrade más de tantos como han pisado el bar Coruña, tan cercano a iglesias con hermandades gaditanas.

Ángel Cortiguera, vecino de la cercana calle Barrocal, acapara en el bar “muchos años de amistad con Antonio y los clientes”. “Si seguimos cerrando establecimientos de este calado, Cádiz se va a morir poco a poco”, lamenta. Deja una reflexión muy compartida en la ciudad: “Algunos propietarios no tienen bastante con los altos alquileres que cobran en vez de mirar por las familias trabajadoras, por los emprendedores. No miran por la ciudad, no piensan en gaditano”.

Llega Mercedes, la esposa de Antonio Jiménez, que trabaja en la cocina del bar de al lado, la Séptima de Malta, regentado por su hijo Leo y pegado al Coruña. Dice que no quiere hablar, sus ojos delatan su emoción por encima de la mascarilla. Una vez se consuma el cierre, Antonio 'fichará' por el bar de Leo. Una gran adquisición. “Tengo casi 66 años años, pero me encuentro bien y estaré hasta que el cuerpo aguante”, advierte Antonio. La Séptima de Malta, en la calle San Antonio Abad, engaña. Por dentro hay mucho espacio. Leo Jiménez apunta que en tiempos se dividió en dos bares llamados La Lancha y Los Patricios. Con Antonio se irán al bar de su hijo algunos clientes. “Podemos aprovechar a alguno para el nuevo negocio”, sigue bromeando.

El domingo se celebrará un nuevo sepelio comercial. Pero correrá el vino por la salud de Antonio, por su nueva etapa, por los momentos vividos en tantos años. Y Cádiz será menos Cádiz despidiendo a otro enclave con sabor.

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