La dama blanca ya no vive aquí
Un recorrido por los que fueron los puntos calientes de venta de droga de Cádiz en los años de la heroína donde ahora apenas si existe un disperso menudeo
Caballo, jaco, dama blanca... heroína. Esqueletos a las puertas de búnqueres esperando su dosis. Unas vías del tren como barrera, una zona oscura, dos ciudades separadas por el acero de los raíles. Muerte, sida, bocas desdentadas, hígados reventados de veneno. En las esquinas de La Viña, del Mentidero, trapicheo a la luz del día, intercambio de polvo. El Pópulo con jeringas, Santa María, la boca del lobo. Los años de la droga, principios de los 90, una generación mutilada.
El recorrido por los mismos lugares que fueron símbolo de esa peste negra hoy en día muestra escenarios absolutamente diferentes, donde los porros siguen amenizando las tardes de unos cuantos hombres desocupados, pero en el que el paseo es tranquilo.
Dolores, de 44 años, es una superviviente de aquellos años del caballo. Quedó enganchada al pasado. Desde su bajo en la calle Sor Cristina López García, en el Cerro del Moro, el barrio condenado por la barrera de las vías en los 90, reparte las bolsitas de cocaína. En el barrio hablan de otra veterana que también mantiene la actividad. Tienen una pequeña parroquia de clientes y ambas entran y salen de la cárcel cada cierto tiempo. A Dolores, de hecho, la Udyco le ha pillado in fraganti dos veces en los últimos tres meses. La última vez se madrugó para detenerla. A las siete de la mañana del pasado 23 de marzo salía esposada del Cerro del Moro. Llevaba encima 84 euros, unos pocos gramos de cocaína, algunas posturas de hachís y casi un centenar de pastillas. Esto, no mucho más, es lo que queda de lo que fue el gran supermercado de la droga de Cádiz.
"Aquí hay droga como en casi todos los barrios de Cádiz, pero nada escandaloso. Aquellos años de la droga pasaron a la historia", explica Julia Sánchez, de la activa asociación de vecinos del Cerro del Moro.
Dos son los motivos de este cambio. Por un lado, una actuación urbanística radical que derribó unas viviendas insalubres dispuestas de tal modo que favorecían la clandestinidad y el aislamiento del resto de la ciudad. En el I Encuentro sobre Arquitectura, Vivienda y Ciudad en Andalucía y Latinoamérica, celebrado en Cádiz el pasado año, la actuación del Cerro del Moro fue incluida dentro de la serie Experiencias. Juan Mellado, director general de Arquitectura y Vivienda de la Junta de Andalucía, explicó las claves: "El Cerro del Moro es el mejor ejemplo de intervención, puesto que se han coordinado actuaciones urbanísticas y trabajo social. Es muy significativo observar cómo a través de una rehabilitación arquitectónica se puede producir una mejora en la calidad de vida de todos los vecinos".
El segundo motivo es una enseñanza: la enseñanza de haber visto a mucha gente morir joven. Lo explica Julia Sánchez: "Los jóvenes de ahora vieron esas cosas horribles, se fueron mentalizando, no querían acabar como sus padres. La heroína ha desaparecido por completo y de otras drogas hay como en cualquier otro sitio".
Un paseo nocturno por la zona de Alcalde Blázquez, la calle donde aún quedan viviendas antiguas, las englobadas en la última fase de actuación del Cerro del Moro que no ha terminado de acometerse, muestra un suavizado resto de lo que fue esta barriada. En alguna de las plazas más oscuras holgazanean hombres escuchimizados vestidos con chándal de mercadillo. Observan con desconfianza a los intrusos y en alguno se puede descubrir cicatrices de la mala vida. Pero no hay nada intimidante ni amenazador en ellos. Escrutan, simplemente, mientras apuran una colilla de un porro de hachís compartido.
No mucho más lejos está la calle Barbate, que nace en la Barriada de la Paz y muere en algún lugar sin salida del Cerro del Moro. Es donde dice la policía que puede existir un mayor movimiento de menudeo, principalmente hachís. En el paso de Barbate por la plaza de Ubrique se encontraba la plazoleta que en los años 90 se conocía como el Centro. Ese espacio era el mayor lugar a cielo abierto en el que se vendía todo tipo de droga en la ciudad. El Ayuntamiento puso un parque infantil. A última hora de la tarde del pasado jueves aún quedan unos niños jugando en los toboganes. En los banquitos, dos portugueses poco aseados apuran una litrona de cerveza, ajenos a las voces de los chiquillos. Si se llega hasta el quiosquito de la calle Barbate donde se desarrolla una especie de reunión social de hombres del barrio podremos ver, igualmente, a algunos de ellos fumándose un canuto en compañía y hablando de que en la televisión han dicho que en España ya hay seis millones de parados.
En esta calle aún se recuerda el atroz asesinato de Sofía Sastre, una vecina del barrio. Su sobrino, Agustín Pérez, le pateó la cabeza hasta matarla. Ocurrió en marzo de 2011. Aunque el jurado popular no lo estimó, la defensa argumentó que Agustín era el producto de un coletazo de los años de la droga: politoxicomanías que derivan en enfermedad mental.
David Rincón también fue condenado por el crimen cometido contra su vecina Mercedes en un piso de la que en tiempos fue la conflictiva barriada de Guillén Moreno. De nuevo, fue un crimen salvaje, con ensañamiento. Con un cuchillo jamonero asestó numerosas puñaladas a la víctima, que confiaba en él pese a su adicción a la mezcla de cocaína y heroína. Son dos casos extremos, residuos de lo que en su día, en la crisis de principios de los 90, estaba considerado por los gaditanos como el segundo problema de la ciudad. Ahora, la droga no figura en ese ranking. El paro galopante se come toda la preocupación.
"En Cádiz ciudad no hay una situación de alarma social. Hay droga, naturalmente, siempre hay droga, pero no en el volumen ni con la visibilidad que en otras localidades. La gente acude a El Puerto a comprar droga, que es más barata. Allí sí hay focos como la barriada José Antonio o Los Milagros", explica la fiscal Antidroga Ana Villagómez, que no ha detectado en Cádiz ciudad un incremento de la actividad con motivo de la crisis. "Los que venden son los que han vendido siempre o algunos que venden hachís a pequeña escala, pero no son traficantes, sino buscavidas. El buscavidas siempre ha existido en Cádiz porque, desgraciadamente, en Cádiz siempre ha habido mucho paro".
No hay nada parecido a José Antonio en Cádiz. La mal llamada barriada José Antonio de El Puerto no es más que cuatro bloques de una arquitectura carcelaria que han sido tomados desde hace años por clanes de traficantes y han bunquerizado sus puertas. Allí, cuando entra, la Policía tiene que ir protegida con antidisturbios. Eso, sencillamente, no existe aquí. Lo confirma la policía. No hay ningún supermercado de la droga en Cádiz.
La decadencia de este negocio también se puede ver en el centro. La plaza del Mentidero ha sido durante años un punto caliente en el trapicheo de hachís. Dos de sus esquinas eran lugares de intercambio diario a lo largo de casi todas las horas del día. Esto ha desaparecido. Mentidero es ahora una tranquila plaza con terrazas de bares y con mucha actividad de barrio. Alejandra Ortega, de la Asociación de Vecinos Carmen del Mentidero, lo confirma: "Algo de menudeo siempre hay, pero ni comparación con hace unos cuantos años, cuando siempre había alguien vendiendo en las esquinas. Esto no es nada. Yo creo que se vende en alguna casa, pero no afecta a la vida del barrio".
En cuanto el asunto se desmadra es el propio vecindario quien toma cartas. Una denuncia vecinal permitió detener las pasadas navidades a una familia entera, con la madre de 68 años a la cabeza, que traficaba desde su domicilio en la calle Adolfo de Castro, a la espalda del Mentidero. Los tres hijos vendían la mezcla de heroína y cocaína que es ahora lo más potente que se despacha. La heroína a pelo ya se consume muy poco. El trasiego de clientes empezó a ser notable. La familia actuaba con muy poca discreción y la poli chapó el negocio.
"Entre los 90 y ahora hay muchas cosas que han cambiado -explican fuentes policiales-, pero en lo que se refiere al tráfico hay una fundamental: el móvil. La cocaína en Cádiz se mueve a través de lo que se ha dado en llamar la telecoca. El cliente tiene el teléfono del 'camello' y recibe su pedido puerta a puerta. Es un mercado invisible". Aunque no se puede generalizar, y ahí está el caso del conocido como Pedro el de las Rayas, que operaba desde una copistería de la calle San Rafael, hay más movimiento de cocaína en la bahía en San Fernando y en Puerto Real. Con un poco de humor negro, un policía bromea diciendo que "Cádiz está tan de capa caída de actividad económica que ni en eso destaca especialmente. No hay clanes, no hay grandes traficantes...". Raro es encontrar, como ocurrió la pasada semana, a un incauto que llevaba encima 30 gramos de cocaína en plena plaza de san Juan de Dios.
De hecho, el mayor alijo de hachís cogido en años en Cádiz se saldó con la detención de dos pobres hombres, últimas cadenas del eslabón, trabajadores en paro que cargaron de madrugada dos toneladas de hachís en una furgoneta en las inmediaciones del mercado. Les pillaron por casualidad, por su torpeza. Han llegado a un acuerdo con la fiscalía y aceptarán cuatro años de condena.
Para ver qué fueron aquellos terribles años el recorrido hay que terminarlo siempre en la plaza Cañamaque. Allí siempre se encontrará a un superviviente del caballo. El pasado jueves era un indigente que en sus ojos y en su deterioro se contaba que había mirado cara a cara a la dama blanca.
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