Cuando curro pasó por cádiz
Enfoque de domingo · El dinero de la Expo
Se cumplen 25 años de la culminación del plan Andalucía 92, que dejó 5.000 millones de pesetas que pretendían transformar Cádiz. De los emblemas pensados en aquel tiempo solo uno se construyó, hoy abandonado.
Para los interesados en las entrañas de la política y de los suicidios (políticos) Cádiz ofreció una lección magistral en la legislatura de 1987. En esa legislatura se pensó la ciudad que existe ahora partiendo de barrios como El Pópulo, Cerro del Moro o Santa María, que parecían sacados de los submundos, con un solo agujero (no un váter) para una casa de vecinos, con un solo horno, de carbón, para todos los vecinos... Un hacinamiento insalubre. La otrora ciudad mítica, liberal en el imaginario, rica, culta y avanzada, la esplendorosa Cádiz, había caído en lo más bajo de su decadencia con bolsas urbanísticas de ciudad miseria. Pasaron cosas en aquella legislatura. Por primera vez se pensó en soterrar el tren, cuya vía separaba un mundo del otro. Se dijo que aquello era urbanismo-ficción. Por primera vez se planteó un segundo puente, incluso hubo un estudio de ingeniería madrileño que dijo cómo se podría hacer, aunque también se dijo que había una posibilidad tres veces más barata que era horadar un túnel bajo la Bahía. Pero es que, además, en esa legislatura cayeron 5.000 millones de pesetas del cielo (30 millones de euros). Los 5.000 millones que traía Curro, la mascota de la Exposición Universal de Sevilla, de la que ahora se conmemoran 25 años. La celebración no es caprichosa porque ese año de las Olimpiadas marcó la línea en la que no sólo el mundo cambió la imagen que tenía de España, sino la propia percepción que los españoles teníamos de nosotros mismos. Y fue el año del AVE, que se dijo que llegaría a Cádiz, aunque no se sabía cómo con la vía atravesando la ciudad. Y también la consagración de otros comportamientos, el despilfarro, las comisiones... Je, se nos fue la olla.
Mientras todo esto iba a pasar, los socialistas, que gobernaban la ciudad con el alcalde Carlos Díaz como uno de los más votados de España, se enfrascaban en una pelea a navajazos que finalizó con la pérdida de la alcaldía por 30 años y, por lo que parece, para mucho más tiempo. Pero centrémonos en el Plan Andalucía 92. Me tomo una cerveza en la plaza Mina con Manolo Vera Borja, concejal de Urbanismo en aquella legislatura y protagonista de todo lo que sucedió, si es que sucedió algo -¿se nos fue el tren del 92 o no se nos fue? He ahí la cuestión-, y me mira escéptico, con su melena de toda la vida, ahora toda cana: "¿Y tú crees que a alguien le interesa hoy esto?". "No tengo ni idea".
"Si insistís en los proyectos faraónicos, recordad que las pirámides son monumentos funerarios". Hipólito García ya no era concejal en el Ayuntamiento en el 88, aunque lo había sido desde 1979 y había redactado el programa del PSOE en el 87 con el que Díaz obtendría mayoría absoluta. En esa reunión de socialistas en la que se habló de las pirámides había dos bandos después de que José Rodríguez de la Borbolla, presidente de la Junta, hubiera firmado en el Ayuntamiento el compromiso de 5.000 millones de manera inmediata a la vuelta de que el gobierno municipal le entregara un plan de actuación. "Quiero que cuando llegue ese momento -el 92- los ciudadanos puedan percibir físicamente que su vida ha cambiado", dijo Borbolla tras la firma. Con lo que había que decidir qué se hacía con ese dineral. Por un lado, en el PSOE, que era quien iba a administrarlo, estaban los que apostaban por la rehabilitación de los barrios degradados y otro tipo de políticas sociales, como el propio Hipólito García, que venía del sindicalismo y los movimientos vecinales, y, por otro, estaban los que, según el concejal de la recién creada Izquierda Unida, Fernando Santiago, "querían hacer caso a Borbolla, que apostaba por edificios carísimos y emblemáticos. Incluso se pensó en construir un gran arco a la entrada de todas las capitales, al estilo grandioso del que luego harían en Marbella. Nosotros hicimos un plan alternativo de actuación en las zonas degradadas para gastar ese dinero en materia social".
En definitiva, el grupo municipal que tenía que gestionar 5.000 millones era un gallinero. La batalla, una de tantas batallas socialistas cainitas, era entre varguistas de Ramón Vargas Machuca, y peralistas de Alfonso Perales. "Sacar adelante las cosas en ese grupo municipal era extenuante", reconoce Vera Borja.
El Plan Andalucía 92 era un sistema de ayudas que llegaba en exclusiva a las capitales de provincia. Todas se llevaban la misma cantidad, daba igual cuáles fueran sus necesidades. La filosofía era crear equipamientos que glorificaran el acontecimiento universal. El despiporre del 92 llegaba a Cádiz de esa manera. Para un Ayuntamiento que se había acostumbrado a las estrecheces ver qué hacían con ese dinero se convirtió en un asunto crucial.
José Blas Fernández, concejal de Alianza Popular desde 1983 y ahora del PP, cree que la oportunidad pasó de largo porque no se hizo un diagnóstico adecuado de las necesidades de la ciudad. "Aquí siempre se habla de mirar al mar, pero entonces a donde teníamos que mirar era a nuestras espaldas, a la Bahía. Las infraestructuras eran un desastre, era pésima la ferroviaria y la liberalización del peaje del puente, que nos costó un dineral, 1.200 millones, 600 de principal y otros 600 de intereses, consiguió que en vez de que la gente viniera a Cádiz, la gente se fuera. Nos estábamos quedando aislados. Los municipios de la Bahía, que cada uno era de un color político, no nos poníamos de acuerdo ni para una perrera".
"Se desaprovechó -coincide Hipólito García-. Todo el esfuerzo tendría que haberse concentrado en la infravivienda. Había demasiadas operaciones demasiado grandes y tú tienes que dar a los ciudadanos resultados cada cuatro años. Cuando acabaron los cuatro años los socialistas no teníamos apenas nada que enseñar, a pesar de que se pusieron en marcha proyectos de los que luego se aprovecharían otros. Lo único que podía percibir el ciudadano es que el partido estaba roto".
Vera Borja, un sociólogo urbanístico formado en Madrid, pasó de ser un técnico que venía de trabajar a pie de obra en las actuaciones contra el chabolismo vertical de El Pópulo a ser quien tomaba las decisiones. Tiene recuerdos en los que se mezclan la desazón y la hiperactividad. La desazón era porque la oposición no paraba de darle y, además, lidiaba la guerra interna. Pero no cree que se dejara pasar la oportunidad: "Todo aquel dinero se gastó y se gastó bien, pero una ciudad cambia lentamente. Las buenas ideas son las que se mantienen y se van solapando de unos gobiernos a otros. En esta ciudad estaba casi todo por hacer y pusimos los cimientos para que se hiciera. Y, por supuesto, la infravivienda era el problema. Por eso dedicamos una cantidad importante de esa pedrea de Andalucía 92 a comprar fincas, expropiarlas. Gracias a eso luego pudieron rehabilitarse. No es cierto que el dinero se fuera en obras emblemáticas, pero pensábamos que también se necesitaban referentes".
El referente iba a ser el Palacio de Congresos, que se ubicaría en Santa Bárbara y se encargó a uno de los arquitectos del que más se hablaba en el momento, el cántabro Juan Navarro Baldeweg, ganador por entonces del premio nacional de Artes Plásticas. "Lo que dibujó fue una maravilla", aún recuerda Vera Borja.
Pero la 'maravilla' se había presupuestado en mil millones y Navarro reconoció que por menos de 3.000 no se podría hacer. "Empezaban los años de la arquitectura emblemática. Muchos pensábamos que gastarnos esa supermillonada era un derroche cuando teníamos otras prioridades", considera Hipólito García. Vera Borja aún lo lamenta: "Todos, absolutamente todos, los palacios de congresos que se construyeron en esas fechas tuvieron sobrecostes y, al final, esos sobrecostes los pagó la Junta. No los hubiera pagado la ciudad. El día que fui al despacho de Baldeweg a decirle que no se haría se me saltaban las lágrimas". Baldeweg montó en cólera y calificó al gobierno local de Cádiz de "infantil".
La alternativa no fue mala. "Se permutaron los terrenos de Zona Franca con Tabacalera y nos quedamos con la antigua fábrica. Allí los técnicos municipales hicieron un magnífico trabajo y quedó uno de los palacios de congresos más coquetos de Andalucía", opina Fernández, pero este equipamiento se inauguraría mucho después del año 92 y no lo inaugurarían los socialistas.
El otro fracaso de ese plan sería el Museo del Mar, cuya ubicación era el Baluarte de la Candelaria, que ya se había adquirido a Defensa. "Defensa hizo un gran negocio con Cádiz, parte de nuestros recursos se nos iban en adquirir instalaciones militares. Ellos ponían la mano", afirma José Blas Fernández. El trabajo de los arquitectos Antonio Cruz y Antonio Ortiz fue notable, como defiende Vera Borja, "ya que es el espacio cultural más dúctil y donde se han celebrado las más variadas manifestaciones culturales". Bien es cierto que el diseño impedía que algunas piezas pensadas para ese museo entraran por las puertas. Del Museo del Mar sólo quedó una muestra dedicada al atún con una fiesta gastronómica en la que Josefina Junquera, la delegada de Cultura, lo que inauguró fue una olla popular de atún encebollado.
Se incluyó un plan hotelero que dotara de más plazas a la ciudad ante una supuesta avalancha de visitantes. Para los inversores la dificultades de encontrar terrenos los retraía. Aún así, el Meliá y el Puerta de Tierra, situado donde estaban los chalés conocidos como las Tres Marías, datan de la época. Vera Borja dice que también el 92 dejó el modelo de pequeños hotelitos frente al de grandes establecimientos. También se puso terreno en la antigua cárcel, junto a Telegrafía sin Hilos, para la construcción de la piscina olímpica cubierta que hoy existe.
Pero la tercera gran pieza de los emblemas del 92, junto al Palacio de Congresos fallido y el Museo del Mar que no existe, sí se construyó. Costó 750 millones y en estos 25 años se ha utilizado una semana, la semana de Mundo Vela del 92. Es el edificio Ciudad del Mar, en Puerto América. Su arquitecto, Rafael Otero, tras la remodelación del Falla, se enfrentaba a su primera gran obra singular. Desde su despacho en el edificio de oficinas de Impulsa en El Puerto, aún habla con orgullo de su obra. "Era el primer edificio de un proyecto muy ambicioso que hablaba de delfinarios y zonas de ocio, al estilo de lo que sería el puerto Olímpico de Barcelona. Estaba construido con buenos materiales, hormigón blanco, maderas de construcción naval y tenía la escala de un barco atracado en el muelle. Era una gozada trabajar allí, sobre el mar, con vistas al casco histórico. Constaba de tres fases, pero sólo se construyó íntegra una. Con los años ha sido una gran decepción, he asistido a su deterioro, el hormigón blanco se volvía negro por los okupas que hacían fuegos. Debería rescatarse. No tendría sentido que su destino fuera la piqueta o el abandono", lamenta.
Paseo por este símbolo del 92 erigido en la punta de la ciudad que no fue. "Por primera vez se hablaba de una ciudad de algo, luego veríamos otras ciudades arquitectónicas. Esta no fue ciudad ni fue nada", rememora Otero. Las maderas están saltadas, las ventanas rotas, los accesos tapiados. Decenas de graffitis sobre el hormigón blanco. Un colchón abandonado orinado y quemado. Un simposio de váteres que ha salido de dios sabe dónde. Posiblemente en el 92 se pensó la ciudad que ya no es la de los barrios degradados del 87, pero no la cambiaron los emblemas que soñaba Borbolla. O quizá el emblema, la metáfora del 92, es ésta: la no ciudad del mar.
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