La realidad de los más necesitados en Cádiz

La cita para alimentarse

  • Los comedores sociales de Cádiz han visto incrementar el número de usuarios que reclaman ayuda en los últimos meses

  • María Arteaga o Valvanuz plantean reabrir en septiembre

Colas en el comedor de María Arteaga para ser atendidos.

Colas en el comedor de María Arteaga para ser atendidos. / Jesús Marín

Necesidad y ayuda van de la mano cuando se trata de una carencia para poder, más que vivir, sobrevivir. Aunque por motivos del Covid–19 los comedores sociales de la ciudad tuvieron que cerrar sus puertas, este no ha sido motivo para dejar que las personas sin hogar y las familias más desfavorecidas se quedaran sin sus alimentos diarios necesarios. El Centro Náutico Elcano se encargó de llevar a cabo esta labor recogiendo a estas personas durante el confinamiento.

El comedor social de Calor en la Noche lleva dando diariamente los desayunos en su local de la calle Regimiento de Infantería desde hace cuatro años. “Pensamos que si había un almuerzo en las Hermanas de la Caridad de María Arteaga y una cena en Valvanuz y en Santiago, pues entonces les faltaba una cosa muy esencial como es el desayuno”, cuenta Manuel Mení, presidente de honor de este comedor.

Con la llegada del estado de alarma, la actividad ha estado centrada en llevar los productos para los desayunos a las instalaciones de Elcano para poder ofrecer la primera comida del día. A su vez, cuentan con un equipo de calle desde hace 19 años, cuya labor consiste en formar dos equipos compuestos por cuatro o cinco personas cada uno que atiende Cádiz interior y la zona de Puertatierra “para atender a los que no viven por aquí y sobre todo, a los que les cuesta venir hasta aquí”. Preparan alrededor de 35 servicios para Cádiz interior y unos 25 para Puerta Tierra. Les llevan bocadillos y caldo caliente de puchero, porque según apunta Manuel, aunque ahora en verano se haya intentado quitar “ellos quieren puchero auténtico, no un sobrecito de agua caliente”. Asimismo, recalca que “como no lo queremos nosotros, no los queremos para los demás”.

Durante la desescalada, cuando se les permitió abrir, lo primero que hicieron fue retomar los desayunos en el local siguiendo las regulaciones establecidas por el Gobierno: tomando la temperatura en la puerta, desinfectando continuamente y reduciendo la capacidad a 18 personas en cada mesa, de forma que estuvieran divididas. “Ellos se portan muy bien, a pesar de que ahora tienen que llevarse más tiempo esperando en la cola por temas de protocolo”, afirma el presidente.

Actualmente, están atendiendo a alrededor de 76 personas diariamente, lo que ha supuesto una reducción de personas que han demandado este servicio, ya que antes de la crisis sanitaria tenían a 90 personas diarias que acudían a Regimiento de Infantería por su desayuno. “Incluso también ha habido una reducción de las ayudas, alguno que otro se ha podido alquilar una casa, una habitación y hacer su propia vida”, declara el presidente honorario.

Además, este comedor cuenta con un voluntariado dividido en dos clases: un voluntariado de calle conformado por gente joven de edad mediana y un voluntariado de comedor en el que participan personas mayores que están jubiladas y pueden permitirse el lujo de estar libre de lunes a jueves. Sin embargo, los sábados y domingos se caracteriza de un toque más juvenil en el que participan universitarios y jóvenes que trabajan y que solo disponen de eso días libres para ayudar.

Esta obra social, que forma parte del colegio de La Salle–Viña, participa también dando charlas para darse a conocer en los colegios que las solicitan. Sin duda alguna, la labor que hacen es pura vocación. “Nosotros no tenemos nada, pero nos entregamos de cuerpo y alma”, apunta Manuel Mení.

María Arteaga

En el comedor de María Arteaga que gestionan las Hermanas de la Caridad siguen atendiendo en puerta después del confinamiento encargándose de dar el almuerzo. El número de usuarios ha aumentado cerca de 20 personas diarias. Ayudan también a familias con alimentos en crudo, en un número que también se elevó tras la desescalada. Sobre todo, han ayudado a familias con menores comprándoles lo que les hacía falta y algún que otro dulce para alegrar a los más pequeños. “Hemos seguido haciendo esa criba de familias con menores. Tuvimos más demanda, pero las derivamos a otras entidades”, cuentan.

Al hilo, cuentas estas religiosas con la ayuda de una campaña realizada a través de las redes sociales por el pintor gaditano Pablo Fernández Puyol, que ha estado vendiendo acuarelas durante el mes de junio y ha donado al comedor todo el dinero recaudado.

La idea que tienen es poder abrir el comedor en septiembre, en función de cómo avance la crisis sanitaria. Mientras tanto, seguirán atendiendo a las doce del mediodía en la puerta de la sede de María Arteaga, ofreciendo almuerzos para llevar. Los usuarios hacen cola, respetando la distancia de seguridad, con sus mascarillas y si alguno carece de ella allí mismo se la ofrecen.

La mayoría de los alimentos que reciben son del Banco de Alimentos y, en ocasiones, con la ayuda de algún que otro supermercado de la zona. Por otro lado, el menú registrado durante el confinamiento ha sido bocadillos y un táper de comida caliente, pero ahora durante el mes de agosto optan por cambiar la comida caliente por ensaladas frías propias de esta época. Evidentemente, acompañado de postre, bebida y algún pastel o chocolatina.

Virgen de Valvanuz

El comedor social de la Fundación Virgen de Valvanuz también se encuentra cerrado desde el inicio del estado de alerta. Y como en el resto de entidades sociales, a pesar de ello la actividad no ha parado ni un solo segundo. Tanto, que en el período de confinamiento casi han triplicado el número de personas y familias a las que se atiende. De las 160 a las que llegaban antes del estado de alarma se ha pasado a las casi 400 que tienen en la actualidad.

El problema está en que si llegan más usuarios, necesitarán más recursos. “Hemos estado tirando de los ahorros que teníamos. A partir de ahí tenemos un serio problema si no conseguimos más recursos y lo último sería abandonar a todas las personas que atendemos porque tenemos un compromiso con ellas. Si seguimos así, la cosa se puede agravar bastante”, advierte Mila Aragón, responsable de la Fundación Valvanuz.

Según Aragón, durante este período el perfil de las personas que han estado viviendo de la ayuda de la fundación ha experimentado un cambio. “Ahora vienen incluso los que tenían un pequeño comercio que ha cerrado y no pueden subsistir”, explica. Margarita, una de las voluntarias, que desde que cumplió la mayoría de edad echa una mano en esta institución, declara que “también están volviendo gente que había salido de esto y que ahora están necesitando venir de nuevo”.

La crisis ha dejado graves secuelas en la población, pero los comedores sociales están haciendo una labor inmensa para que a cada persona y familia no le falte de comer tan solo un día.

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