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Otros carnavales, más allá del tres por cuatro

El carnaval, que hunde sus raíces en las bacanales romanas o los saturnales griegos, se celebra en España con multitud de particularidades arraigadas durante siglos

José Antonio López

29 de enero 2016 - 06:48

Los carnavales llaman a la puerta. Cádiz, ya se sabe, se prepara a fondo para consumir las últimas sesiones de su concurso de agrupaciones y permitir que la fiesta salga a la calle. Pero no sólo los gaditanos esperan su Carnaval. España entera se entregará dentro de una semana a una mascarada que tiene tantas formas de ser vivida como regiones y comarcas existen en este país. No todo es tres por cuatro.

La diversidad de los carnavales españoles es incuestionable. Acostumbrados como estamos en Cádiz a que el ritmo de la fiesta lo marquen la caja y el bombo, los pasodobles, los cuplés y estribillos, a menudo puede parecer que no existe vida carnavalesca más allá del tres por cuatro. Máxime cuando los carnavales del entorno, los que se celebran en Andalucía y algunos de la zona de Extremadura, son, salvo originales excepciones, un calco del exitoso concurso de agrupaciones del Teatro Falla. Con matices en ocasiones, pero calco.

Lo que sí comparten todos los carnavales, los de Andalucía y los que se celebran hasta en el más recóndito rincón de la geografía española, es el origen de una fiesta que nació como el pórtico desinhibidor que precedía a la austera cuaresma, pero que hundía sus raíces en antiquísimas fiestas paganas relacionadas con las cosechas o con los solsticios, con la naturaleza.

Lo explica la antropóloga jerezana Eva Cote, que ha dedicado muchas de sus investigaciones a descubrir cómo son los carnavales que se celebran en pequeños pueblos de Andalucía y cuáles fueron sus orígenes y sus tradiciones y particularidades más arraigadas.

"Hubo un tiempo -señala Eva Cote- en que nos regíamos por los ritmos de la naturaleza, y los tiempos de trabajo y de fiestas tenían que ver con los cultivos, con la agricultura básicamente. Los cambios de estaciones marcaban el inicio de ciertos trabajos, la siembra y la recogida de la cosecha era el tiempo de la fiesta, de descanso. Ahí se pueden situar las bacanales romanas, las saturnales griegas. Eran rituales de invierno, que se iniciaban a partir del solsticio de invierno, en que los días empiezan a crecer".

La Edad Media y la paulatina cristianización de la sociedad contribuyó a la evolución de esas fiestas: "La Iglesia, en sus comienzos, intentó acabar con todas esas fiestas paganas. Muchas de ellas, muy arraigadas, y no las prohibió, sino que con mucha vista colocó un santo, una virgen o una parte de la historia de Jesús sobre esas fiestas que estaban más asentadas en la población. Tanta importancia tenías esas fiestas que decidió poner una fecha en torno a partir de la cual se rigiera todo el calendario, manteniendo las fechas de las fiestas paganas pero intentando ocultar también el origen, dándole un nuevo sentido para que se olvidase el origen pagano y quedase la simbología cristiana. En el siglo IV, se fija la fecha de la Pascua de Resurrección, según la luna llena. A partir de ahí, se fechan todas las demás fiestas cristianas", confirma Eva Cote.

De hecho, fue la Iglesia quien le otorgó el nombre de carnaval (quitar la carne, adiós a la carne), y, como explica la antropóloga, "concedió tres días antes de ceniza para que se desataran los impulsos".

Estudiosa de las fiestas y tradiciones andaluzas, en particular de los carnavales, Eva Cote recuerda que la tradición se perdió en muchos lugares de la región con la guerra civil y la posterior dictadura franquista, y que fue en la década de los ochenta cuando se fueron recuperando los carnavales en Andalucía, aunque lo hizo en la mayoría de los casos copiando el modelo de Cádiz: "A mí manera de ver, no es tan importante cómo se celebre una fiesta sino lo que significa para la gente que la celebra, cómo se identifica, cómo se relaciona la sociedad a través de ella. La identificación es la base de la fiesta, si se copia, se pierde el origen, el sentido".

Pero no siempre fue así. Destacan los pueblecitos que inundan Sierra Mágina, en Jaén, que rodean a una capital en la que, además, se ha datado el documento escrito más antiguo que cita la fiesta del carnaval. Fue un cronista del siglo XV quien dejó constancia de la celebración del martes de carnaval, con torneos a caballo y figuras que se quemaban.

Eva Cote destaca algunos de los elementos y particularidades de esos carnavales de antaño, como las máscaras, que fueron recuperados tanto en Sierra Mágina como en la comarca almeriense del Andarax, e incluso en zonas de la provincia de Cádiz como Trebujena: "Las máscaras consistían en ponerse una ropa ancha o una sábana, a fin de que no pudieran identificarte, y en la cabeza cualquier elemento doméstico, un colador, algo que no te dejara ver la cara, y cambiar tu voz para que no te reconocieran, e ir gastando bromas a la gente. El que no iba disfrazado tenía que identificar al de la máscara. Así se siguen celebrando los carnavales en Sierra Mágina y en otros puntos de Andalucía".

Hay antiguos rituales, de cortejo o de iniciación, que antaño se incorporaron al carnaval y que, con otro significado, se recuperaron a la par que la fiesta. Por ejemplo, en Albanchez de Mágina, donde se recoge en verano el fruto de la enea, los bordos, y se guardan entre pajas para secarlos. En carnaval, se pelan y se extrae una pelusa blanquecina -como los demonios, aclara Cote- que se arroja a las muchachas: "Es como un antiguo ritual de cortejo, cuanto más bordos tenía la muchacha encima, con más pretendientes contaba. Esto se sigue haciendo, aunque ha perdido el sentido de ritual de cortejo. Estos rituales que se dan en las fiestas de carnaval tiene que ver con sus orígenes paganos, como las fiestas que celebraban la fecundidad".

Y una historia curiosa relata Eva Cote de otro pueblo de Jaén, Larva, casi en la frontera con la provincia de Granada, donde la recuperación del carnaval trajo consigo, por parte de las mujeres mayores de la localidad, el rescate de unos muñecos que se llamaban los Miércoles de Ceniza, que se paseaban por el pueblo y se colgaban en la plaza mientras se comía y bebía. Después, se quemaban. Cuando se recuperó la tradición, cuenta Cote, el párroco de la comarca se negó porque era una fiesta que se celebraba el mismo día de la ceniza: "Pero las mujeres elaboraban los muñecos, los escondían, acudían a la celebración de la ceniza y cuando el cura se iba a otro pueblo, ellas sacaban los muñecos, los Miércoles, y empezaba la fiesta".

Miles de localidades españolas preparan sus carnavales, que nada o poco tienen que ver con los gaditanos. Los que siguen son, por tanto, sólo algunos ejemplos de fiestas que aún guardan en sus entrañas ancestrales tradiciones.

Laza, Orense

Con apenas 1.500 habitantes, este municipio orensano celebra un carnaval que se incluye entre los diez más antiguos del mundo. Su figura más significativa es el peliqueiro, una relevante máscara por la que se han llegado a interesar museos estadounidenses. Quienes se visten de peliqueiros recorren las calles de Laza el domingo de carnaval, aunque el día grande es el viernes anterior a ese domingo.

Sin hablar, con un cencerro en la cintura, deben ir dando saltos y bailando. El público, que puede gritarles, no debe tocarlos si no quiere recibir algún latigazo. Este carnaval se prepara con tiempo, pues los jóvenes que cada año van a vestirse de peliqueiros recorren ya el pueblo el 1 de enero. Tirarse ceniza, harina o tiznarse la cara con carbón son otras costumbres de este ancestral carnaval.

Ciudad Rodrigo, Salamanca

En plena polémica hispana sobre la vigencia de la tauromaquia y sus derivados, llama la atención el carnaval de Ciudad Rodrigo, un precioso pueblo salmantino a orillas del río Águeda cuya fiesta es conocida como el Carnaval del Toro, pues encierros, corridas y capeas se encuentran en la base de la fiesta que precede a la cuaresma, que también se nutre de máscaras y desfiles diversos.

La tradición taurina se encuentra arraigada a este carnaval desde hace siglos, en una tierra en la que pacen algunas de las ganaderías de reses bravas más importantes de España. La plaza mayor de la localidad castellana se disfraza de plaza de toros rectangular en la que se celebran buena parte de los festejos y donde los maletillas buscan su oportunidad delante de alguna res. El principal es el encierro a caballo, en el que los toros bravos son conducidos por jinetes y garrochistas desde la dehesa, a través del campo, hasta la ciudad. La música, los pasacalles y algunas coplillas completan la celebración carnavalesca de Ciudad Rodrigo.

Almiruete, Guadalajara

Almiruete es una pequeña pedanía del término municipal de Almajón, en Guadalajara, que llegó a tener 328 habitantes en 1881 y que ahora cuenta con unos 36 vecinos. Pese a estos números, el pueblo conserva unos de los carnavales más originales de Castilla-La Mancha. Allí, los protagonistas son los botargas y las mascaritas, hombres y mujeres. Ellos, de aspecto más fiero, con caretas de animales, duendes o diablos; ellas, con una máscara más dulce, con un lienzo pintado para la ocasión.

Los botargas, con polainas, cencerros y mantones, bajan en fila por los cerros que rodean al pueblo. Al llegar a Almiruete, hacen sonar sus cencerros y llegan a la plaza en la que tendrán que dar tres vueltas. Después recogen a las mascaritas que les esperan en una casa del pueblo que sólo conocen los botargas. Ambos personajes se unen en el desfile y arrojan confetis y las pelusas de los juncos, como los bordos de Albanchez, que arrojarán a los asistentes como símbolo de fertilidad.

Botargas y mascaritas se quitan las caretas, que ya no volverán a utilizarse nunca más. Los botargas cambian su gorro blanco por el sombrero negro, y llenan el botillo de vino que ofrecen a los asistentes. Éstos, si los botargas se despistan, pueden 'robarles' el botillo y salir corriendo por el pueblo o fuera de él.

Herencia, Ciudad Real

Presumen en Herencia, y con razón, de tener un carnaval con denominación de origen, bien antiguo y que se siguió celebrándose durante la dictadura bajo el nombre de Fiesta de las Ánimas. Máscaras, cabezudos y gigantes protagonizan una fiesta que tiene como preludio, las Deseosas, una cita que se celebra el domingo anterior al carnaval. El estandarte de ánimas o el tradicional perlé son otros de los elementos de este carnaval manchego.

Lantz, Navarra

La historia y la leyenda se mezclan a partes iguales en el carnaval de Lantz, que fue objeto de un documental por parte de Julio Caro Baroja, en 1964. Siendo Lantz un pueblo de paso, ya que era el camino a Francia, la proliferación de bandidos era importante. El bandido Miel Otxin era el peor de todos. Los vecinos de la villa, cansados de sus actos vandálicos, deciden ir a capturarlo. Quien lo consigue es el ziripot, mientras que el caballo del ladrón es zaldiko. Estos personajes, muñecos o disfraces, se completan con los txatxus, que es el disfraz que utilizan la mayor parte de los habitantes del pueblo, que representa en su fiesta aquella historia recorriendo las calles de la localidad con un baile que se denomina zorziko.

Solsona, Lérida

Grandes burros de peluche y cartón piedra son colgados de un campanario en el carnaval de Solsona, mientras el pueblo baila en la plaza. Una fiesta, polémica en los últimos años, que se completa con gigantes que bailan al son del sople y en la que se reparte higos, tortas y vino blanco.

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