Cádiz

Vamos a mi playaLa antigua playita de las mujeres debe a la mano del hombre su configuración actualLa playa de los dos Cádiz

Vamos a mi playaLa antigua playita de las mujeres debe a la mano del hombre su configuración actualLa playa de los dos Cádiz Vamos a mi playaLa antigua playita de las mujeres debe a la mano del hombre su configuración actualLa playa de los dos Cádiz

Vamos a mi playaLa antigua playita de las mujeres debe a la mano del hombre su configuración actualLa playa de los dos Cádiz / Vista del casco

Santa María del Mar es una playa en la que caben muchas playas. A unos cientos de metros de la frontera natural de la capital gaditana, de las puertas que separan Cádi Cádi del resto del universo, en esta playa confluyen ambos mundos. A ella llegan cada día andando tanto ciudadanos del casco histórico como de la zona de extramuros, que se dejan querer por esta recogida playa que se encuentra flanqueada en sus extremos por dos espigones y cuya forma de media luna crece y decrece en anchura al ritmo de las mareas y sus naturales caprichos.

Pero es verdad que pese a su aparente estrechez, pese a que las olas oprimen a veces su arena como si el mar quisiera recuperar aquel viejo embate robado por la mano del hombre, en esta playa caben otras muchas. Cabe aquella playita de Los Corrales o de las mujeres que como nombres definían usos y costumbres; cabe esa playa que intentó privatizarse para unos pocos, esa playa que albergó durante una época un balneario que los temporales destruyeron sin piedad; cabe la playa peligrosa de aguas vivas y derrumbes rocosos que costaron vidas y que llegaron incluso a provocar que se prohibiera el acceso y el baño; cabe por ello aquella playa de acantilados, línea continua del arrecife que ya no está y cuyo paisaje se fue modificando hasta ganar ese lienzo en pendiente que sustituyó el paisaje rocoso; cabe por tanto la playa más artificial que natural que es hoy, la de los espigones norte y sur que la guardan y la protegen, que tratan de controlar oleajes y de evitar la pérdida de arena; y caben las playas de invierno y de verano, la que en el mal tiempo es refugio de tablas y surferos que se mecen con las violentas y esperadas olas y la que ahora, con el estío, se llena de un público diverso, de usuarios de las dos lenguas de tierra de Cádiz que se relajan en sus aguas y su orilla contemplando de cerca la silueta del siempre imponente Campo del Sur con su gran saliente en forma de majestuosa Catedral.

Situada en la zona menos noble del Paseo Marítimo gaditano, de hecho ni siquiera la vía se llama Paseo Marítimo, Santa María es una especial playa urbana con todos los servicios que exige el usuario y con diversos accesos que, precisamente, facilitan la entrada a la arena desde las dos zonas en que se divide la ciudad. Y si alguien no quiere cargar por la acera con los trastos propios del ejercicio playero, una línea de autobuses permite también llegar cómodamente.

Su público, como en el resto de las playas de Cádiz, cambia con las horas. Al usuario de edad, paseantes y corredores de las primeras horas les siguen las familias con niños pequeños y después, en las primeras horas de la tarde, las pandillas de jóvenes y más familias con niños.

Una radiografía simple que apenas difiere del resto de playas de Cádiz pero que en Santa María varía con la presencia de los amantes de la tabla y el surf. Son ellos quienes mejor aprovechan el fuerte oleaje en los días de viento o en los invernales días de temporal. Y eso que el espigón calma las olas que al lado, bajo el baluarte de San Roque, baten con la fuerza y el ímpetu de antaño mientras en la playa el empuje se ha visto reducido por el hombre y para el hombre.

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